El hombre condenado por Michael Corleone

2014131121517_2
JAVIER MÁRQUEZ SÁNCHEZ | 12/2/2014

Rodó sólo cinco películas antes de morir de cáncer a los 43 años. Entre todas, hoy legendarias, reúnen 40 nominaciones al Oscar. Ninguna para él. Seguro que recuerdas sus personajes pero, ¿sabes cuál es su nombre?

El Padrino parte I y El Padrino parte II, Francis Ford Coppola, 1972 y 1974. 22 nominaciones al Oscar, Nueve premios, incluyendo en los dos casos el Oscar a la Mejor Película. Algo borracho, cariñoso, tan bebido que no alcanza a transmitir alegría, va dando tumbos por el banquete de bodas. Se sienta junto a su hermano Michael y su prometida. Michael es el hijo respetable de don Corleone, el orgullo de la familia, para el que su padre alberga grandes esperanzas políticas. Nada que ver con Sonny, pasional, violento, irrefrenable a la hora de amar mujeres y de buscar peleas allá donde haga falta; ni con Connie, la hermana educada para ser una buena madre y esposa, tan radiante el día de su boda como cualquier otro del año. Pero, ¿él? Él pasa por ser un invitado más. Ni siquiera tiene el magnetismo del aplomo y la serenidad de su hermanastro Tom, el consigliere de la familia, siempre al lado de don Corleone. No, Fredo es tan insignificante que no parece hijo del gran capo. Nadie lo toma en serio, todo lo más, lo tratan con cierta lástima. Ni siquiera el propio Fredo se tiene en muy alta estima. Pero está ahí, silencioso la mayoría de las veces, sirviendo de bufón casi siempre. Parece que sobra. Hasta que toma una decisión que da un giro radical a la familia, ennegreciendo para siempre el alma de su hermano Michael y dando sentido a este gran drama estadounidense de sello shakesperiano.

Francis Ford Coppola tuvo que hacer frente a no pocas dificultades a la hora de poner en marcha su épica historia de la familia Corleone, estrenada hace ahora cuarenta años, y entre los escollos más complejos de salvar estuvo el cásting. Paramount Pictures quería que Marlon Brando se mantuviese bien alejado de cualquiera de sus películas, y en su lugar, los directivos proponían nombres como los de Robert Redford o Alain Delon. Pacino no convencía como Michael Corleone, papel para el que probaron a Robert De Niro o James Caan, su favorito, pero de coger a éste dejarían entonces ‘vacante’ el papel de Sonny… El proceso de selección de actores fue por tanto largo y tedioso. Coppola y la Paramount no se ponían de acuerdo. Sólo con un actor no hubo conflicto: el que habría de interpretar a Fredo Corleone.

“Ya tenemos a Fredo”

En la novela y en el guión, Fredo es el hijo que hace más humano y creíble a Don Vito Corleone. Su imperfección y su fragilidad alejan la historia de arquetípicos planteamientos de ‘películas mafiosas’ para acercarla a una sensibilidad alcanzable y muy real. Es un papel pequeño, nada lucido. Aparentemente. Así lo ven también los académicos a la hora de repartir candidaturas al Oscar. Y sin embargo algo en ese Fredo, ausente en muchos de los momentos de mayor intensidad, ayuda a cohesionar todo el conjunto. El papel resulta, por tanto, tan confuso, que ni la Paramount ni los propios creadores tenían un candidato para el papel. Ese nombre seguía estando en blanco en la lista de cásting cuando se acercaba la fecha de filmación. Además, ¿qué actor querría interpretar a un frágil y quejumbroso hombrecillo, siempre entre sombras, en una película llena de papeles con tanta garra?

Cuenta Fred Ross, uno de los productores de El Padrino, que fue Richard Dreyfuss quien lo invitó a ver la obra teatral de Israel Horovitz que estaba protagonizando en aquellos días, Line. Sencillamente quería que disfrutase con un gran texto, un montaje y unos intérpretes que habían recibido ya varios premios. Pero una vez que comenzó la representación, Ross cayó bajo el hechizo de un actor en concreto. Era un tipo que se esmeraba
por pasar desapercibido, tan natural en sus
gestos y movimientos que parecía que fuese
alguien del público que se había colado en el escenario. Esa misma noche, al llegar a casa,
Ross telefoneó a Francis Ford Coppola para
decirle que ya podía eliminar una entrada en
su larga lista de problemas: “Ya tenemos a
Fredo”, le aseguró.

El técnico mediocre

La conversación, Francis Ford Coppola,
1974. Tres nominaciones al Oscar, entre ellas
a la Mejor Película. Harry Caul, especialista
en todo tipo escuchas, trata de grabar las confidencias de una pareja en una plaza pública. En una furgoneta camuflada, su socio
Stan se encarga de coordinar las diversas
fuentes de sonido. Stan es un tipo de aspecto
vulgar, de aficiones vulgares, que se aprovecha de las ventanillas del vehículo que
son espejos en el exterior para fotografiar
a las chicas que se acercan para comprobar
el peinado o la pintura de labios. Frente al
serio y estricto Harry, Stan es un técnico eficiente pero nada apasionado por su trabajo,
incapaz de ver sus implicaciones morales y
éticas, o al menos indiferente a éstas. Harry es especialmente celoso de su vida y de los propios casos en los que trabajan, lo que lleva a Stan a abandonarlo para acabar trabajando con su competidor más directo. Cuando se vuelven a encontrar, el rostro de Stan, con una fascinante expresión de dolor y culpabilidad, proclama una humanidad de la que aparentemente carece su ex socio. Harry lo necesita. Para que no desvele sus secretos profesionales, sí, pero también para no volverse loco en su perfeccionismo casi autómata.

Coppola escribió el papel de Stan a su medida. Era el único actor de El Padrino al que volvía a llamar para participar en esta película. Quería tomar un tema tan habitual en los thrillers de espionaje como el de las escuchas –poco después además del escándalo Watergate– y tratarlo con el mayor realismo posible. Y sabía que más allá del trabajo realizado por Gene Hackman como protagonista, contar de nuevo con el actor que convirtió a Fredo Corleone en alguien de carne y hueso sería un gran refuerzo para alcanzar un retrato creíble de la historia. Y no se equivocó. El actor consiguió dibujar a un trabajador sencillo y aséptico, un especialista en tecnología de escucha que viste camisa a cuadros, jersey de nudos, gorro de lana, y que trata de seducir a la mujer más ‘fácil’ de la reunión, consciente de su mediocridad. Y lo mejor es que ese efecto de realidad que logra contagia a cuantos le rodean, tanto que el propio Gene Hackman reconoce que trabajar con un actor como él obligaba al resto a esforzarse más para estar a la altura de su capacidad de concentración, de implicación con el personaje. Y es que, en su caso como en muy pocos, él se ‘convertía’ en el personaje.

Tarde de perros, Sidney Lumet, 1976. Seis nominaciones al Oscar, entre ellas a la Mejor Película, una estatuilla. Tres tipos se disponen a robar un banco. Stevie y Sonny se muestran visiblemente nerviosos. Sudan, titubean. Pero Sal se sienta junto al director, y con la naturalidad con la que otro cogería unos documentos, él saca de su maletín una metralleta y susurra, sin alterar el gesto: “Siga hablando como si no pasara nada”. Sonny parece el jefe, es el que habla, el que da órdenes, el que organiza. Stevie se ‘raja’ y se larga. Sal se limita a encañonar a los rehenes y a observarlo todo con unos ojos tan abiertos que son incapaces de ocultar un temperamento enfermizo. Pronto descubrimos que Sonny no toma ninguna decisión sin consultar a Sal, quien responde a sus preguntas con una cólera que presuponemos a punto de estallar. Sal termina asustando a su propio compa- ñero cuando le recuerda que está dispuesto a seguir adelante con lo pactado: o se largan con el dinero o se pegan un tiro allí mismo. No hay negociación. Y Sonny lee en sus ojos que está dispuesto a hacerlo. Y nosotros también lo creemos.

Lo creemos porque en ese momento, con el arma en las manos, parece realmente que el tipo no es un actor, sino un verdadero atracador con más interés por dar rienda suelta a su agresiva sociopatía latente que por reventar la caja fuerte. Nadie diría que el sujeto inquieto, de frente generosa –por ser amables– y rostro enfermizo, sea en realidad el actor llamado a convertirse en mito de cinéfilos. Un tipo que nació en Revere, Massachusetts, en 1935, siendo el segundo de tres hijos de una ama de casa y un vendedor mayorista de carbón que casi nunca estaba con la familia. Tal vez parte de lo que sabe de interpretación lo aprendió en las clases de teatro a las que asistió en la Universidad de Boston, desde donde se trasladó poco después a Nueva York con el firme propósito de convertirse en actor. Quizás la mejor escuela de arte dramático fueron para él los diversos empleos que desempeñó en la Gran Manzana para sobrevivir, desde taxista a mensajero o fotógrafo. Poco a poco comenzó a conseguir papeles en obras de teatro independientes, algunas de ellas del reconocido dramaturgo Israel Horovitz, como The indian wants The Bronx, donde compartió escenario con su amigo Al Pacino y por la que ambos recibirían el premio Obie.

Improvisando con Pacino

Pacino ha reconocido siempre que trabajar con él fue crucial para desarrollar su método interpretativo. Aprendió mucho observándolo y compartiendo escenas en las tres películas y diversas obras teatrales en las que coincidieron. Al parecer, su técnica en ocasiones consistía en iniciar una conversación del todo intrascendente, improvisada, metido en el papel, y cuando ya la complicidad de ambos intérpretes había logrado arrastrar a sus personajes hasta la naturalidad más cotidiana, entonces, de la forma más inesperada, retomaba las líneas del guión y comenzaba la escena. De ahí que sus interpretaciones fuesen siempre de una sutileza fascinante.

En Tarde de perros, todo en él es cómico, desde su corte de pelo a sus gestos torpes o la mayoría de sus frases, pero cuando se reúnen todos esos elementos y hemos conocido al personaje, lo cómico no hace reír, sino que inquieta, porque subraya esa locura cada vez más evidente del personaje. “Si nos vamos del país no hay vuelta atrás”, le dice Sonny, avanzado ya el asalto. “¿Hay algún país en especial al que quieras ir?” “Wyoming”, susurra Sal tras pensarlo un momento. “No, Wyoming no es un país”, responde Sonny tras una pausa en la que, como el público, se preocupa por el estado mental de su socio. “¡Oh!”, concluye Sal, en lo que fue una escena completamente improvisada por ambos actores.
El cazador, Michael Cimino, 1978. 9 nominaciones al Oscar, 5 estatuillas, incluyendo el premio a la Mejor Película. En la pequeña población de Clairton, en el oeste de Pennsylvania, un grupo de compañeros de la siderúrgica disfruta de tres celebraciones diferentes: el fin de la soltería de Steven, su posterior boda y la despedida de tres de los amigos que han sido movilizados para ir a luchar a Vietnam. Todos los miembros del grupo tienen un carácter muy marcado. Ahí está Nick, al que le encanta apostar; su buen amigo Michael, perfeccionista y bastante reflexivo; Steven, el inexperto recién casado a pesar de no ser el padre de la criatura; John, el risueño tabernero; Axel, el gigante bebedor de cerveza de voz profunda… y Stan, el presumido al que siempre tienen que esperar porque se detiene en cada espejo y cristal para comprobar el peinado o la pajarita; es el tipo algo desastre y patán que intenta pasar por pendenciero esgrimiendo siempre un pequeño revólver, aunque ni por ésas lo toman en serio sus amigos. Stan es un hombre tan consciente de su mediocridad que cuando el cantante de la orquesta saca a bailar a su novia y le agarra el culo, Stan los separa pero le da el puñetazo a ella, ante la atónita mirada del otro. Él marca la diferencia. A pesar de su carácter irreverente y desafiante, es el único de los amigos que se persigna en la ceremonia de la boda, el único que, en lugar de sonreír para la foto de familia, decide comprobar si tiene la bragueta cerrada. El único que se acerca a la desconsolada Linda para darle un beso –tan inesperado por el personaje como por la actriz– al cancelarse el regreso de Michael, el hombre al que ama…

El gran amor de Meryl

El personaje de Linda estaba interpretado por una joven de 30 años a la que el actor, de 43, había descubierto un par de años atrás cuando trabajaron juntos en la obra de teatro Medida por medida. La admiraba tanto que un día le dijo a su colega Al Pacino: “He conocido a la mejor actriz que haya existido”. Pacino pensaba que era una de esas habituales exageraciones en las que todos caemos, pero cuando la vio en escena, coincidió con su amigo. Ella era, claro, Meryl Streep. Y él se enamoró de la chica como nunca lo había estado de otra mujer. El sentimiento fue recíproco.

Cuantos les conocieron aseguran que formaban una de esas parejas que irradiaba ilusión, optimismo. Se necesitaban tanto el uno al otro, se ofrecían tanto el uno al otro, que la suya parecía una de esas pocas relaciones de Hollwood destinadas a hacer historia. Y en cierto sentido así fue, aunque por el dramatismo de su desenlace. Un día, a mediados de 1977, iban paseando los dos por Chinatown cuando él, de pronto, comenzó a toser de forma violenta, hasta acabar es- cupiendo sangre sobre la acera. Cáncer de pulmón.
“Voy a vencer esto”, decía una y otra vez. “Voy a salir adelante”, insistía. Y cuantos le rodeaban compartían esa fuerza inexplicable, esa esperanza ciega ante el destino obvio que nadie, él el primero, quería aceptar. La producción de El cazador ya estaba en marcha y el director Michael Cimino puso su nombre sobre la mesa. Pero el estudio no estaba muy convencido de contar con un actor que podía morir en mitad del rodaje. Es más, la aseguradora se negaba a correr el riesgo. Entonces, Robert De Niro, fichado ya para uno de los papeles protagonistas, se comprometió a cubrir la fianza necesaria para conseguir el visto bueno. Meryl Streep se enteró de esa historia años después, De Niro no quiso que nadie lo supiese. Hay amigos y amigos.

Con el cáncer avanzando rápidamente, los planes de rodaje se alteraron y todas sus escenas se rodaron en las primeras semanas. Mientras tanto, su compañera de reparto y de vida personal se mantenía firme sin separarse de su lado, con una entrega y un amor que sigue siendo recordado con admiración por los amigos y compañeros que lo vivieron de cerca. Siguió junto a él hasta su muerte, el 12 de marzo de 1978, cuando aún se trabajaba en El cazador.

“Sé que fuiste tú”

Fredo Corleone está destrozado, su cuerpo desplomado sobre una hamaca como si alguien hubiese cortado las cuerdas de una marioneta. Su hermano sabe que le ha traicionado, a él y a la familia, y va a condenarlo al ostracismo. Entonces Fredo tiene un arranque de cólera que nadie podría imaginar en él, un estertor en el que exige respeto. Es el hermano mayor, debería ser él quien cuidara de la familia, y no la persona a la que todos ningunean, tienen lástima o amenazan. Es el momento en el que más clara- mente vemos su debilidad, expresada a través del dolor. Después de todo, él es muy consciente de que su padre estuvo a punto de morir tiroteado por su torpeza, y que esa misma torpeza, aprovechada por los enemigos de la familia, le llevó a traicionar a su hermano sin ser consciente de ello, cerca también de costarle la vida.

Es demasiada culpa para un hombre, y la expresividad facial y corporal del actor así nos lo transmite. Cuando volvemos a verlo, perdonado por Michael Corleone, está susurrando una oración en una barca. Supuestamente para atraer a los peces, aunque en realidad él nunca fue tan estúpido como para no saber que está sentenciado. Y así, este actor de aspecto vulgar y enfermizo se convirtió en la víctima más famosa de la saga de El Padrino, protagonista de uno de los crímenes más populares de la historia del cine. ¿Quién no reconoce el rostro de Fredo Corleone? La próxima vez que lo veas, recuerda que el actor se llama John Cazale.

Fuente:http://www.esquire.es/

Un pensamiento en “El hombre condenado por Michael Corleone

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .