La emigración de los viejos | Diario de Cuba

 

Fichas de dominó.

JOSÉ HUGO FERNÁNDEZ

Ciertos estudiosos de las ciencias sociales aconsejan no visualizar con pesimismo el acelerado proceso de envejecimiento que hoy sufre la sociedad cubana. Defienden incluso la tesis (desternillante) de que tal proceso responde al alcance de un alto nivel de desarrollo. No es posible saber si lo hacen por desidia, cinismo, ignorancia, vasallaje trepador, o por todas esas cosas juntas. Tampoco es importante saberlo. Lo que importa, por escandaloso, es que Cuba está perdiendo sus horcones, festinadamente, como quien va la esquina.

Por lo demás, menos los estudiosos de marras, todos sabemos ya que, aunque no es la única, la causa principal de ese envejecimiento social radica en que durante medio siglo los jóvenes se han dedicado masiva y entusiastamente a huir de la Isla, generación tras generación. También sabemos que con las nuevas leyes migratorias, más la viciada bruma que hoy arrojan los generales sobre el panorama, este fenómeno tiende a incrementarse.

Sin embargo, ni para los estudiosos del asunto, ni en general para casi nadie parece ser de interés la estampida de los ancianos, un drama no menos complejo que el de la juventud.

Pueden tener razón quienes pronostican que dentro de un par de decenios nuestra población será la más envejecida del continente, por encima de Uruguay y Argentina. Pero quizá se equivocan al calcular que en 2025 los ancianos con más de 60 años alcanzarán en Cuba la cifra de 2,9 millones: 26% del total. A no ser que vengan a Miami a contarlos, pues me temo que para entonces queden allá tan pocos viejos como jóvenes.

La calamidad marcha por otro rumbo en este caso, pero no por ello resultará menos fatal.

Mientras la escasez de jóvenes puede representar una severa traba para el desarrollo en la Isla, el aluvión migratorio de las personas mayores, aun cuando sea una derivación de la fuga de los jóvenes, representa un conflicto en sí mismo, si no más drástico en términos económicos y de progreso material, sí en lo referido a la salud moral y espiritual.

Visto desde ese ángulo, podría ser un mal con serias trascendencias. A nadie le quedan dudas sobre lo acertadas que son las razones de los jóvenes para abandonar Cuba. Tampoco hay dudas sobre las que tiene el régimen para estimularlos. Ambos ganan con la escapada. ¿Pero serán tales ganancias proporcionales con las que obtienen las personas mayores? ¿A quién le preocupa verdaderamente y quién emplea su tiempo meditando hoy en torno a las ganancias y pérdidas de la emigración para los viejos cubanos?

Generalmente se van por seguir a sus hijos y a sus nietos. También, en la mayoría de los casos, lo hacen para asumir aquí los asuntos domésticos, atender a niños y enfermos, cocinar, hacer los mandados, cuidar la casa… apuntalando la retaguardia de la avanzada familiar.

En la recta final de la existencia, luego de una extensa etapa de trabajo y ocupaciones diversas, y habiendo malgastado sus mejores años entre escaseces y sacrificios inútiles, estas personas se ven precisadas a dejar atrás el medio, las costumbres, la cultura, las reglas de convivencia y hasta muchos de los afectos que cultivaron a lo largo de toda su vida, para empezar otra vez de cero, luchando contra la nostalgia y los achaques. Y si bien no lo hacen con disgusto (sino al contrario, muy resueltas y hasta un tanto esperanzadas, en busca de la recuperación del seno familiar que les fracturó el régimen castrista), es una realidad que para ellas la aventura se asume con más resignación que ilusión. Incluso, no son pocos los casos en que se asume también como una especie de inmolación.

Debe ser mínimo el número de personas mayores que emigran en todo el mundo, y más escaso aún el de quienes lo hacen por iguales motivos que los cubanos. He aquí un dato en el que tal vez no escarben —porque no los dejan o no les conviene— los gárrulos doctores de las ciencias sociales en Cuba. Es perfectamente entendible, por demás, que los jóvenes de aquí y los viejos de allá aspiren a recomponer sus hogares perdidos. Pero ello no mengua el carácter de grave anomalía que corresponde al fenómeno. Ni siquiera lo reduce la vertical bondad con que los contribuyentes estadounidenses apoyan el reacomodo de nuestros ancianos en su tierra, facilitándoles seguro médico y otras ventajas.

No serán buenas condiciones materiales de vida (las que jamás les brindó el fidelismo) lo que les falte aquí a estos ancianos. Sin embargo, les faltará algo indudablemente mucho más esencial, que es todo aquello que creyeron suyo hasta el día en que una catastrófica dictadura desvertebró su familia, y entonces tuvieron que adaptarse a vivir en el limbo, con la mente y el alma escindidas entre las dos márgenes del Estrecho de la Florida.

Origen: La emigración de los viejos | Diario de Cuba

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