Instituto del Colón: La fábrica de estrellas

Del Instituto Superior de Arte del Teatro Colón surgieron Julio Bocca, Paloma Herrera y más figuras. Hoy sigue funcionando al máximo nivel.

A volar. Disciplina y destreza, las claves para destarse en el Instituto de Arte del Teatro Colón. Foto: Lucía Merle

El tránsito infernal de la avenida 9 de Julio, la urgencia de la gente por llegar quién sabe dónde, las bocinas, las sirenas, en fin, el caos y el ruido ensordecedor del centro porteño parecen disolverse y dejar de existir cuando se alcanza un subsuelo del Teatro Colón. Allí, en la sala Rotonda, hay otro mundo: alrededor de cuarenta niños están tomados de la barra que circunda el salón; las nenas con sus mallitas rosas, los varones con remeras blancas y pantalones negros; todos impecables. La música acompaña los ejercicios, la voz de la maestra cuenta los compases y hace correcciones.

Todo es serio, disciplinado, sereno. Y hasta el más pequeño de los gurrumines parece tener clara conciencia de que está ejecutando una ceremonia: ese conjunto de ejercicios que todos los que aspiran a ser bailarines de ballet y que todos los bailarines de ballet vienen cumpliendo desde hace más de trescientos años. La clase diaria es el alimento del bailarín, aquello que lo forma y lo perfecciona y que seguirá haciendo hasta el último día de su vida profesional.

El Instituto Superior de Arte del Teatro Colón tiene en el área de ballet -porque abarca también formaciones en música, escenografía y caracterización- un prestigio totalmente merecido; a pesar de su lejanía de los centros más gravitantes de la danza en el mundo, el Instituto formó total o parcialmente a muchos artistas que ocuparon y ocupan hoy lugares relevantes en las más conocidas compañías de ballet internacionales.

No hace falta remontarse más atrás en el tiempo que hasta Julio Bocca porque de lo contrario, la lista sería muy larga. De su generación y las siguientes, Maximiliano Guerra, Iñaki Urlezaga, Paloma Herrera, Herman Cornejo y su hermana Erika, Luciana Paris, Marianela Núñez, Ludmila Pagliero fueron o son primeros bailarines de compañías muy importantes. Y no es justo dejar de lado a bailarines brillantes, también formados aquí y que prefirieron hacer su carrera en el país y en el propio Colón. La lista es larga y sería injusto dejar gente afuera.

Desde hace siete años el Instituto tiene como directora a Tatiana Fesenko, una hermosa y algo tímida señora nacida en Rusia, formada en la prestigiosísima Academia Vaganova de la entonces Leningrado -hoy nuevamente San Petersburgo- y compañera de promoción de Mijail Barishnikov. Su historia es curiosa: hace veintidós años llegó con su marido Vasily Ostrovsky a la ciudad de Rosario invitada por el Teatro El Círculo para crear una escuela de danzas bajo el modelo de la Academia Vaganova. El compromiso, que era por un año, se prolongó en el tiempo y de esa escuela ruso-santafesina han salido bailarines que hoy trabajan en el exterior.

Algunos años después de haber llegado el matrimonio a la Argentina, un bailarín del Colón, Martín Miranda, descubrió a ese tesoro semioculto en Rosario llamado Tatiana Fesenko. Así ella comenzó a viajar a Buenos Aires para preparar a primeras bailarinas del Colón en las sutilezas de los roles académicos: Giselle, Odette, Aurora. Paloma Herrera también le pidió ayuda cuando tuvo que interpretar El lago de los cisnes con el Ballet del Colón.

Es la experiencia, la formación y la sensibilidad de Tatiana Fesenko las que marcan al Instituto de los últimos siete años. También su respeto por la tradición en todos los aspectos que conciernen a las ceremonias de ballet: cuando entra a un salón de clase o a un ensayo los alumnos dejan aquello que estaban haciendo y dedican una reverencia a ella y a quien la acompañe. ¿Si es algo anticuado? En ese marco, absolutamente no. Tatiana cree, y no parece estar equivocada, que es entre otras cosas el respeto a la tradición lo que mantiene vivo al ballet.

-¿Qué elementos nuevos introdujo en el Instituto?

-En primer lugar, que desde el primero hasta el último año exista el mismo sistema, la misma técnica de las clases de ballet. Para mí es muy importante cómo se mueven los brazos, cómo se colocan las posiciones de las piernas, las posturas. Es importante la prolijidad, ser muy “limpio”, como se dice en el ballet.

-De alguna manera la formación de bailarines del Teatro Colón siempre tuvo una influencia rusa.

-Sí, siempre hubo en Buenos Aires grandes bailarines y maestros rusos o coreógrafos. Me parece que yo establecí más claramente todo eso. En los últimos años, chicos que ni siquiera alcanzaron a completar el Instituto, han logrado becas completas en la Escuela de la Opera de París, en la Opera de Viena, de Berlín, del Bolshoi de Moscú. El año pasado una parejita de alumnos ganó la medalla de oro en un concurso de ballet en Barcelona. No nombro todo porque es mucho.

-¿Tiene alguna explicación para este fenómeno? La Argentina está lejos del resto del mundo pero los bailarines formados aquí hacen carreras extraordinarias afuera.

-No sé, creo que los argentinos tienen condiciones naturales para la danza y mucho sentido artístico.

Hoy es uno de los cuatro días de la semana en los que a partir de las seis y media de la tarde se realiza una “noche de práctica”. Es también algo incorporado por Tatiana: ella monta con los alumnos de todos los cursos fragmentos de ballets académicos. Tatiana señala algunos chicos que ya revelan grandes condiciones (ver recuadros), “otros no son tan dotados; pero es importante que en todos se vea una escuela. Montamos las coreografías originales de Petipa o de Bournonville. Para hacer otras versiones de los clásicos ya tendrán tiempo”.

Casi cien chicos de entre nueve y veinte años, ocupan la sala de ensayo llamada 9 de Julio, también ubicada en un subsuelo del Colón. Tatiana y algunos maestros (Karina Olmedo, primera bailarina; Igor Gopkalo, ya retirado del Ballet del Colón) siguen el ensayo. Se ven escenas de conjunto y pas de deux. Cuando un alumno hace una variación particularmente lograda sus compañeros aplauden calurosamente. Entre los que miran, no todos están quietos. Continúan incansablemente repasando sus partes, saltando, girando. Es seguramente, el fervor y el entusiasmo de la juventud. Pero también es el fervor por la danza: ningún bailarín, nadie que se esté formando para serlo, piensa que la carrera es un sacrificio. El único sacrificio, en todo caso, es no poder bailar. Pregunta inevitable: ¿cuántos de estos chicos tan dotados quedarán en el país?

De 200 inscriptos por año, quedan 15

El área de ballet del Instituto de Arte del Teatro Colón fue desarrollándose con el tiempo en una historia un poco zigzagueante. En su origen fue una sección pequeña del Conservatorio nacional de música y declamación creado en 1924.

Desde hace mucho tiempo, el programa del Instituto abarca varias disciplinas de danza: además de técnica de ballet -obviamente la formación central y por la que se destaca en todo el mundo-, los alumnos reciben clases de danza contemporánea, danzas españolas, jazz y folclore. También estudian historia de la danza, música y francés.

Durante décadas el Instituto funcionó en el propio Teatro, lo que permitía a los alumnos un contacto enriquecedor con el Ballet Estable, como por ejemplo ver los ensayos. Cuando el Colón se cerró por refacciones en 2006 las clases del Instituto se trasladaron a un edificio en Villa Luro; en ese momento disminuyó mucho la inscripción a la carrera, y aunque esta situación se revirtió grandemente en los últimos años, el área de ballet no volvió del todo al Colón. Algunos de los cursos se dan allí y otros en lugares que se alquilan: la Casona del Teatro en Corrientes y Riobamba y el estudio de Olga Ferri.

Las salas del Teatro Colón que antes estaban destinadas al Instituto fueron recicladas para oficinas y bar.

Hoy, igual que siempre y que en cualquier escuela de ballet del mundo, el ingreso al Instituto no es fácil: el examen dura tres días y atiende a las aptitudes físicas, el estado de salud y las potenciales condiciones artísticas. Sobre unos doscientos inscriptos, ingresan alrededor de quince. Y de esos quince, ¿cuántos llegarán a hacer primeros roles y se consagrarán como estrellas?

Tres historias de vida

María Paz López Orozco tiene 20 años y entró a los 15 al Instituto después de formarse en la Escuela de Danzas de La Plata. Durante cuatro años viajó todos los días a Buenos Aires, levantándose a las 4 de la mañana. Ahora comparte aquí un departamento con una amiga y tiene un contrato con el Ballet del Colón como refuerzo del cuerpo de baile; en 2016 bailó en Oneguin y La bayadera. ¿Qué ocurriría si sólo quedara como ser miembro del cuerpo de baile? “Sería una frustración; ahora aprendo mucho, pero luego querría ser solista”. Tiene clases de las 7 y media hasta las 13, luego ensaya con el Ballet hasta las 17 y sigue en el Instituto hasta las 21. “Es una profesión exigente, pero cuando estás en el escenario, cambia todo”.

Valentín Fresno está en primer año del Instituto, tiene diez años y vive en Morón. Comenzó a estudiar danza clásica a los seis años en la Escuela Municipal de Morón y también aprendió folclore y tango. Mirando la tele descubrió a Hernán Piquín y le dijo a su mamá que quería bailar de esa manera. A las seis de la mañana sale de su casa para ir al Instituto, toma clases durante toda la mañana y al mediodía, tren y colectivo hasta Ramos Mejía y luego otro colectivo que lo lleva hasta el colegio. Almuerza siempre en el tren, “carne, ensalada de lechuga, depende; si me siento engripado como más nutrientes”. Llega a su casa a las 5 y media de la tarde. Algunos de sus compañeros van a verlo en el teatro. “Nunca me canso porque bailar me gusta mucho”.

Martina Di Ninno tiene 11 años, está en segundo año del Instituto y vive en Mataderos. Hija única, su papá trabaja en una pizzería y su mamá es ama de casa. Fue su mamá la que averiguó por el Instituto, porque vio que a Martina le gustaba bailar. Empezó a los cuatro años en una escuela del barrio, pero no recuerda cuándo o dónde había visto bailar por primera vez, Ahora está en sexto grado de la escuela primaria y hace las tareas en el viaje de regreso del Instituto. Es una alumna de asistencia perfecta. Nunca se cansa. Como casi todos sus compañeros, mira muchos videos de ballet en YouTube y se hacen recomendaciones entre ellos. Le gusta ir al shopping el fin de semana y comprarse ropa. Su color favorito es el rosa.

Origen: Instituto del Colón: La fábrica de estrellas

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