Mundos íntimos. Antes de morir, papá decía: ¿por qué no nos habremos abrazado más?

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Cuando un ser querido no está más, comienza una etapa en la que se entienden palabras y actitudes que antes costaban ver. Como si la relación aún creciera pese a la ausencia. Por Eugenia Braguinsky.

Riesgos. Los padres de Eugenia se exiliaron y ella se quedó con la abuela. Como supieron que no estaba bien, regresaron al mes. Foto: Luciano Thieberger.

Mi papá se murió hace seis años de un cáncer fulminante que lo fue apagando en pocos meses. Todos, incluido él, sabíamos que no tenía cura. Su oncólogo, que luego supimos que transitaba la misma enfermedad durante el mismo tiempo, le hablaba de sobrevida, de tratamientos paliativos, de la inmediatez del final.

El 2009 fue una pesadilla. La angustia permanente y un pensamiento me invadían aunque no tuviera mucho sentido. Me decía y repetía que si podía negociar meses de su vida por calidad, no lo dudaba. El cáncer tiene eso, uno sabe lo que viene, las etapas, el dolor físico, el deterioro y yo se lo quería evitar. De nada nos servían a nosotros, y mucho menos a él, esos últimos días. Pero, obviamente, era una negociación imposible. No tenía con quien hacerla y tampoco sabía si era lo que mi papá quería.

Cuando se moría, ya en el final, me arrepentí un poco de ese deseo. En realidad lo quería conmigo más tiempo. A pesar de tener 34 años me sentía aún joven para quedarme sin papá. A lo largo de nuestra vida, él me manifestó muchas veces su preocupación acerca de cómo yo sobrellevaría su ausencia. Vería en mí cierta fragilidad y necesidad de protección. Creo que tenía razón. A partir del momento en que se murió, la angustia se transformó en tristeza. La opresión en el pecho desapareció para dar lugar a un sentimiento que todavía hoy se reconstruye. Hay veces en que lo extraño intensamente y otras en que tengo la necesidad, incluso física, de hablar con él. Por suerte lo encuentro en los sueños, solemos tener charlas muy lindas y escucho su voz, exacta, tal cual era. Es en el único lugar donde la recuerdo. Me despierto tranquila, movilizada pero feliz.

Su enfermedad transformó la dinámica familiar, la casa, nuestros estados de ánimo y las relaciones entre nosotros. También lo cambió a él. Después de la segunda quimioterapia, su cuerpo se resintió y si bien ese tumor en el pulmón con metástasis en el cerebro y luego en la pleura fue lo que lo mató, esas largas jornadas en las cuales un combinado de drogas se introducía en su cuerpo, lo enfermaron más.

Yo lo miraba y lo veía irse. Quería abrazarlo, decirle que se quedara un poco más, que íbamos a salir. Pero no siempre lo hacía. Llorar delante de él era debilitarlo también. Elegía entonces irme a mi casa, con mi niño de poco más de un año que, por eso solo, ya era fuente de alegría y felicidad. Poder salir de allí me generaba alivio con destellos de culpa con mi papá y con mi mamá. Ella debía quedarse aunque se angustiara, vivía ahí, no tenía vía de escape más que alguna cena con amigas para tomar aire.

¿Y mi papá? Él llevaba el cáncer dentro suyo, lo acompañaba en cada pensamiento, en cada acto, en cada lugar. Los años y su ausencia me hicieron quererlo aún más, un amor edípico tardío. Cuando era chica, mi papá se quejaba de que no era tan afectuosa como lo era con mi mamá. Solía estar siempre a upa de ella. Ya de grande iba a visitarlo muy seguido a su consultorio. En el hueco entre paciente y paciente mi papá abría la puerta y les explicaba “es mi nena, vino a visitarme”. Y yo entraba sintiéndome enorme, la persona más querida del mundo, la más especial. Lo era para él, pero me gustaba que lo demostrara también a esa gente desconocida, que confiaba tanto en su doctor. Eran encuentros cortos, de algunos minutos. Pero si estaba triste, la tristeza allí desaparecía.

Me llevó todos los días a la escuela primaria. Un camino absurdo. Vivíamos en Recoleta, él trabajaba en el Ramos Mejía y me llevaba a Villa Crespo. Nada quedaba de paso, pero era un espacio de los dos que, sin darme cuenta en ese momento de lo que significaba, lo atesoro entre mis recuerdos. Como hija de profesionales de clase media altamente educados y preocupados porque mi formación fuera diversa, además del colegio doble turno y otras actividades, hacía flauta dulce.

En los viajes en auto al colegio –el camino era Ayacucho, Las Heras, Plaza Italia, Thames, Corrientes, Serrano– yo practicaba y le mostraba a mi papá los avances que iba adquiriendo. No estoy segura de cuán bien me salía, pero él me felicitaba y se aguantaba aquel ruido a tan tempranas horas de la mañana. Serán también estas cosas que unen a los papás con los hijos.

Medicina, cultura, política conformaban su mundo de intereses. Estudiaba sobre nutrición y la epidemia de la obesidad como se apasionaba por los debates políticos, la democracia y los avatares de nuestro país. Como buen representante de su generación, militó en la Juventud Comunista. Los años del proceso fueron muy difíciles para mis viejos. A mi papá lo echaron del Hospital Rawson y le “advirtieron” que le convenía irse. Tuvieron un exilio fallido. Volvieron de Caracas al mes pensando que ya se habían olvidado de ellos y porque mi abuela Adela, que se había quedado al cuidado de nosotros hasta que nos llevaran a Venezuela, no evitaba ocasión para comunicarles lo mal que yo la estaba pasando. Al reconstruir esos años, mi papá nos contaba que se dormía recién cuando Castor, el encargado de nuestro edificio, empezaba a baldear la vereda. Sentía que a partir de ese momento estaba protegido, que con tanto movimiento nadie entraría a buscarnos.

Eugenia Braguinsky y su papá cuando todo era sorpresa.

Eugenia Braguinsky y su papá cuando todo era sorpresa.

Vengo de lo que hoy llamamos familia ensamblada. Cuando mi papá conoció a mi mamá ya estaba divorciado y con tres hijos varones. Años más tarde lo tuvieron a mi hermano Nicolás y después llegué yo. La única hija mujer, la más chica. Él eligió mi nombre: Eugenia, como su abuela.

Tuvimos una relación intensa. Cuando yo tenía dos años se tiró al Río Luján, a donde daba nuestra casa del Tigre, en pleno junio, vestido, para buscar la hebillita que se me había caído al agua. Y a mis doce, cuando ya pretendía salir en Villa Gessell a deambular por la Avenida 3, él prendía el pasacassette para decirme “Que va a ser de ti lejos de casa. Nena que va a ser de ti […] Y hoy te preguntas por qué un día se fue tu pequeña, si le diste toda tu juventud, un buen colegio de pago, el mejor de los bocados y tu amor… Amor sobre las rodillas. Caballito trotador”. Yo era, entonces, la encargada en casa de pedirle las cosas complicadas (“Euge, andá vos, si se tiró al río…”).

El día en que se internó para ya no salir yo estaba en Pinamar, era un 26 de diciembre y, supuestamente, me iba a quedar unos días antes de pasar año nuevo en Buenos Aires. Hablamos por teléfono, se sentía muy mal y le dije que me volvía, que quería estar con él. Me contestó: “Uqui, no vuelvas, no hace falta, nosotros vamos a estar juntos toda la vida”. Volví al día siguiente y le conté de las olas y la playa y él comió un bocado más de gelatina para “ponerme bien y poder ir pronto”. El mar era lo que más le gustaba en el mundo y los baños en el agua helada de la costa atlántica siempre lo estaban esperando.

En la habitación del Otamendi, mi papá prestaba atención selectiva: al comentario que alguna visita hacía de un libro, a los niveles de saturación del oxígeno que nos decía el médico que venía a controlarlo o a alguna noticia del diario que yo le leía con dedicación. Allí despidió el 2009 junto a mi mamá y se murió poquito después de comenzado el año nuevo. Fueron 7 días largos, intensos, tristes, acompañándolo en ese difícil y traumático camino a la muerte.

Me mandaba muchos mails de cadenas, historias, paisajes. En una oportunidad recibí uno acerca de la necesidad de los abrazos, que escondía cierto reproche acerca de lo poco que lo hacíamos nosotros. Entre respuesta y respuesta me escribió una frase que guardo para siempre, que describe su amor hacia mí, pero también el de cualquier padre o madre hacia sus hijos: “Desde el día en que naciste, no tuve dudas de que te quería más que a mi propia vida”. Imprimí ese correo y lo tuve pegado durante años en mi escritorio del trabajo. Un amor infinito, indestructible, eterno.

A los pocos días de enterarme de su enfermedad le escribí unas líneas: “Pa querido: Quiero saber cómo estás, y hoy lo único que quiero es estar con vos. Manu está jugando al mon –avión en español versión Manuel año y medio– y me mata de ternura, pero ahora me siento más hija que mamá. No quiero con estas líneas ser solemne y tampoco trágica ni melancólica. Me gustaría poder trasmitirte, con la fuerza necesaria para que lo sepas siempre, todo lo que te quiero. Los momentos malos como el que estamos pasando movilizan y si tienen algo bueno creo que es que todos nos ponemos más honestos y sensibles. Nos tenemos que prometer que en el futuro, cuando esta situación la miremos hacia atrás, nos vamos a seguir diciendo cuánto nos queremos y nos necesitamos. También quiero decirte que aunque a veces mami y vos duden de mi capacidad de “aguantar” situaciones feas (sé que lo hacen desde el más profundo amor, pensando en mi todavía como su “nenita”) yo estoy para todo, que tengo resto y fuerza. Creo que de esta se sale también con buena onda y cierta actitud positiva aunque corramos el riesgo de quedar como medio ingenuos. Cada vez que pienses en mi, pensá que yo pienso en vos y que estoy cerca. Pensá que te estoy diciendo que vos sos lo importante y la fuerza que tuviste siempre, pensá en lo bueno y no en lo malo. Pensá que te cuidamos y que para eso “está la familia” como me dijiste vos en una de malas. Pensá solamente todo lo que te quiero.” Empezaba a abrazarlo, como tanto me lo había pedido. Eso decía mi padre: por qué no nos habremos abrazado más.

Su muerte permitió que pudiera congelarlo en el recuerdo que yo quiero tener de él. Seguramente, quien lo haya conocido encontrará en el relato de mi papá algunas imágenes que no coinciden con quien fue. ¿Dónde está ese personaje a veces agresivo con sus palabras, alejado de las personas, estricto con muchos de nosotros?

No sé si puedo responder esa pregunta. Sé que él fue todo eso y también todo lo que yo reconstruí. Estoy convencida de que la muerte de los seres queridos cada uno la vive y la procesa de la mejor forma que puede. Yo pude así. No hay recetas. Me acerqué a él en estos años de ausencia más de lo que lo hice en vida.

Me sorprendo de lo parecida que soy a mi papá. En algunos de sus rasgos positivos pero también en aquellos que me molestaron siempre. No tengo su ego, su aparente amor propio, su andar triunfalista por la vida. Fui adquiriendo a lo largo de la adultez –¿o será que las neuras, los estados de ánimo, las pinceladas un poco oscuras de la personalidad están en nuestro ADN?– comportamientos, posturas, formas de ser que le reconozco a él. Como si me hubiese puesto todas sus características encima para llevarlo conmigo un rato más. Tengo una gran vida interior, cierta incapacidad de conectar con las personas en lo que hace a las cuestiones más profundas. No de los demás, sino de las propias. Mi papá lo llamaba “el metro de distancia”. Es un metro simbólico pero muy descriptivo. Solo algunos, y no siempre, logran pasar esa barrera. Pero cuando la atraviesan, conocen el lado sensible, frágil, que deja ver lo que causa dolor y lo que genera alegría. A más de un metro todo está más o menos bien. Esa es la clave.

“Un duro blando”, lo definió hace muchos años Leonor, mi analista. Con 41 años, una familia y un hijo precioso, al que amo más que a mi propia vida desde el día en que nació, sé que soy menos dura que mi papá, que en mi carga genética tengo la amorosidad de mi mamá, la capacidad de mantener a mis amigos que son familia e incorporar a nuevos que me llenan la vida de felicidad. Pero, de algún modo, esa definición hoy me sienta bien. Finalmente, lo que uno lleva bordado en el orillo allí queda. Y me gusta que así sea.


Eugenia Braguinsky es politóloga, se especializó en temas de transparencia y lucha contra la corrupción; hoy es la Directora de Acceso a la Información Pública de la Universidad de Buenos Aires. Desde chica tiene la práctica de escribir sobre sus estados de ánimo, sus relaciones personales, aquello que le hace bien y lo que molesta. Sabe que es una buena forma de comunicarse con uno y con los demás. Es mamá de Manuel y con él entendió -asegura- lo que significa el amor incondicional.

Origen: Mundos íntimos. Antes de morir, papá decía: ¿por qué no nos habremos abrazado más?

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