‘Criaditas’: cuando el esclavismo se disfraza con la promesa de la educación

En Paraguay, más de 47.000 niñas son explotadas laboralmente a cambio de la promesa de poder estudiar en una escuela

Por: Margaryta Yakovenko

Lo único que recuerda Tina Alvarenga de su primer viaje en avión es que no entendía por qué estaba allí. ¿Por qué se tenía que ir de su casa a un lugar a 700 kilómetros de distancia? ¿ Por qué le habían dicho que, a partir de aquel día, iba a tener que vivir sola con una familia a la que no conocía?

De pronto, con apenas 10 años y después de haber tenido una infancia sumamente feliz, Tina aterrizaba a bordo de un armatoste de hierro en Asunción, la capital de Paraguay, para servir a un matrimonio rico a cambio de poder ir al colegio.

Aún no lo sabía pero durante 8 años de su vida Tina fue criadita, una clase social que oscila entre un niño común, un esclavo y un sirviente.

I. Una práctica centenaria

Actualmente, en Paraguay viven, según una última estimación realizada en 2011, cerca de 47.000 criaditos. La práctica, sin embargo, hunde remotas raíces en el colonialismo español, cuando existía la Naboria, una costumbre según la cual los españoles se repartían a los indios que servían como criados a cambio de un lugar donde dormir y comida.

En la actualidad, esos criados suelen ser niñas pequeñas, provenientes de familias pobres e indígenas y habitualmente criadas en las zonas rurales. Según Norma Duarte, de la Asociación Callescuela, en el criadazgo hay dos familias que pactan: la de origen y la receptora, que suele ser de clase social alta y residente de núcleos urbanos.

En la actualidad, las criadas suelen ser niñas pequeñas, provenientes de familias pobres e indígenas y habitualmente criadas en las zonas rurales.

En el acuerdo se concierta que la niña acogida podrá ir al colegio y será tratada como si fuera una hija más de la casa. Pero en cuanto se hace efectiva la “cesión”, comienza el calvario: se les obliga a limpiar, cocinar, lavar la ropa y planchar a cambio de un poco de comida, una asistencia irregular a clase y en algunos casos hasta abusos físicos.

“Si bien la señora tenía una empleada doméstica remunerada y adulta, yo quedé como la criada porque había esa costumbre de tener a una niña a la que se le daban tareas diferentes. A mí me tocaba limpiar la casa, hacer los mandados, servir la mesa, entre otras cosas”, relata Tina recordando los años que pasó en casa de su patrona.  

II. Estrategias de supervivencia

El primer año de Tina en Asunción transcurrió entre un intenso sentimiento de abandono, el más absoluto desprecio, la discriminación y el desarraigo. Normal si pensamos que, en la mayoría de las ocasiones, las criaditas que son arrancadas del seno familiar no vuelven a tener nunca más contacto con su familia. A una edad muy temprana estas niñas sufren una pérdida de identidad que trastoca sus cimientos.

En el acuerdo se concierta que la niña acogida podrá ir al colegio y será tratada como si fuera una hija más de la casa. Pero en cuanto se hace efectiva la “cesión”, comienza el calvario: se les obliga a limpiar, cocinar, lavar la ropa y planchar a cambio de un poco de comida, una asistencia irregular a clase y en algunos casos hasta abusos físicos

“El primer año fue muy duro porque justo falleció mi hermanita. La señora me dijo muy fría que había fallecido, sin darme siquiera un abrazo, y cuando le dije que quería volver a casa me contestó: ‘¿Qué sentido tiene si tu hermana ya está muerta?’ Yo solo buscaba que alguien por lo menos me abrazara o me diera una palabra de aliento”, recuerda Tina.

Tina Alvarenga en la casa donde fue criadita. Fotografía de Cecilia Rojas.

A esa situación se sumó que cuando Tina llegó a Asunción tuvo que empezar el colegio en español, idioma que no sabía hablar porque solo se comunicaba en guaraní. En la casa, la niña tenía restringido el acceso al frigorífico, no podía usar el baño que usaban los señores de la casa ni sentarse en el sofá del salón.

Me mandaban a hacer mandados a zonas muy peligrosas, debía pasar por una zona roja llena de prostíbulos y en más de una ocasión, debido a mi inocencia, me quedaba en esos lugares a ver la televisión porque la señora no me dejaba verla en casa”, cuenta Tina.

Como parte de sus tareas diarias, la niña debía ir a hacer la compra semanal para toda la familia y luego cargar con las bolsas hasta casa. Le daban el dinero justo pero gracias a una picardía innata, aprendió desde muy pequeña diversas estrategias de supervivencia para salir del paso.

Negociaba con los comerciantes para que le bajaran el precio de lo que compraba pero apuntaran una suma más grande. El dinero sobrante se lo guardaba para poder coger un bus en el que cargar sus compras.

“Me mandaban a hacer mandados a zonas muy peligrosas, debía pasar por una zona roja llena de prostíbulos y en más de una ocasión, debido a mi inocencia, me quedaba en esos lugares a ver la televisión porque la señora no me dejaba verla en casa”.

En el colegio, muchas veces aprovechaba para hacer lo mismo. Después de iniciar su jornada limpiando la acera de la calle frente a la casa y preparando el café de los señores desde las 5:30 de la mañana, a las 7:00 Tina tenía que estar ya sentada en clase.

Para llegar al colegio, había un camino de 5 kilómetros para el que los señores le daban dinero. Sin embargo, nunca le dieron dinero para poder comprarse comida en el recreo. Para no desfallecer de hambre, Tina a veces prefería ir a la escuela andando y guardarse las monedas para comprar algo de comer.

III. Explotación infantil en nombre de la caridad

A pesar de que durante 8 años Tina sufrió discriminación y trabajó hasta la noche a cambio estudiar, reconoce que en su caso tuvo suerte. Pudo ir al colegio, donde sacó las mejores notas de la clase, y sus patrones le compraron 5 libros de las 11 materias que tenía. Los demás libros se los copiaba a mano en su tiempo libre en la biblioteca.

Admite que ella no sufrió en ningún momento abusos a pesar de vivir con un miedo constante en el cuerpo. “Cuando venían los hijos de la señora a comer los sábados se traían a las empleadas domésticas y yo escuchaba sus conversaciones que acabaron por hacerme no dormir bien todas las noches. Tenía miedo. Yo escuchaba que a las empleadas domésticas las acosaban sus patrones. Cuando me quedaba sola por la noche, ponía detrás de la puerta un baúl y cosas que hicieran ruido para que me pudiera despertar si alguien entraba. Sin embargo mi señor era muy respetuoso”, asegura Tina.

El caso de Antonia, sin embargo, fue muy distinto. Era criadita cuando fue violada en Buenos Aires por el señor de la casa. La esposa del señor, cuando se enteró, le dijo únicamente un “seguro que te ha gustado”, según relata en el libro Criadas hasta cuando…, editado por la oenegé Global Infancia.

Pero el caso que más ha removido la conciencia nacional e internacional ha sido el de Carolina Marín, una criadita de 14 años asesinada a golpes a principios del 2016 por el exmilitar con el que vivía.

Carolina llevaba sirviendo en su casa y la de su mujer desde los 3 años de edad. Todos los habitantes del pueblo sabían que era maltratada pero nadie hizo nada. Nadie denunció a su asesino porque era una persona influyente.Ahora, la pareja está en prisión acusada de homicidio doloso.

Protestas por el asesinato de la niña Carolina Marín.

A pesar de que el criadazgo en Paraguay no es legal, sí es una práctica cultural aceptada en la que el trabajo doméstico no se considera explotación infantil sino una compensación por la educación, la comida y el techo que se les da a los niños.

En muchos casos, las familias más pobres confían en este método para que sus hijos puedan formarse. Pero, según Marta Benítez de Global Infancia, la mejora solo es ilusoria. “Las niñas no siempre terminan la escuela porque no tienen tiempo para hacer sus deberes y muchas acaban siendo empleadas domésticas”, confiesa Benitez.

El caso que más ha removido la conciencia nacional e internacional ha sido el de Carolina Marín, una criadita de 14 años asesinada a golpes por el exmilitar con el que vivía. Carolina llevaba sirviendo en su casa y la de su mujer desde los 3 años de edad.

En muchos casos su destino es bastante peor. Según la oenegé de Benítez, 9 de cada 10 adolescentes rescatadas de la trata de personas en Paraguay fueron en su infancia criaditas.

Captura del periódico ABC Color de una mujer que busca criadita.

Los agentes sociales coinciden en que las autoridades no trabajan lo suficiente para erradicar un fenómeno, a pesar de lo común, es ilegal. “Las inversiones en políticas sociales son muy débiles y están muy lejos del promedio nacional”, denuncia Benitez.

Las oenegés se esfuerzan en visibilizar la problemática, defendiendo que, lejos de ser una práctica caritativa, el criadazgo es un abuso en toda regla donde los derechos de los niños son vulnerados sin cesar. La historia pública de Tina y los trabajos de las oenegés locales junto a Unicef o Save the Children dan cierta esperanza.

Benítez explica que, tras el caso de Carolina, la presión social va en aumento. Cuenta el caso de una mujer que puso un anuncio en las redes sociales criadita. “Se le echaron encima y la denunciaron”, relata.

“A ver si me funciona”. Anuncio publicado en 2015.

IV. “¿Por qué tengo que hacer esto?”

El caso de Tina tiene un final más feliz que el de muchos otros miles de criaditas. Ella pudo acabar la escuela y la secundaria a pesar de todo el desprecio y el bullyng que soportó durante años. Después de graduarse, a los 18, conoció por primera vez lo que era tener un grupo de amigos. Hizo formación docente, trabajó en un internado de voluntaria y dejó la universidad por la política. Llegó a ser concejala del Departamento Central, el de más habitantes de Paraguay.

Ahora Tina tiene 52 años y es consultora independiente, trabaja con la ONU Mujeres y Unicef y visibiliza los problemas de las mujeres indígenas de su país. Reconoce que ya no duerme con miedo por las noches pero que sus estrategias de supervivencia aprendidas por necesidad en la más tierna infancia la acompañan día a día.

Las niñas no siempre terminan la escuela porque no tienen tiempo para hacer sus deberes y muchas acaban siendo empleadas domésticas

“La primera vez que me pude sentar en la mesa con los señores fue cuando años después, siendo ya docente, les visité. Y me valoraron más aún cuando me casé con un español. ¡Guau! Eso para ellos fue… ya era casi de su clase. Cuando se lo conté, me pude sentar en el living en el sofá en el que siempre me había querido sentar“, confiesa Tina.

Jamás le preguntó a sus padres por qué la enviaron de criadita. Entiende que en su situación y con 5 hermanos más, no quedaba otra opción. Sin embargo, durante muchos años Tina se preguntó: “¿por qué yo tengo que hacer esto?”.

Décadas después, la historia de Tina se sigue repitiendo en miles de hogares paraguayos, donde 47.000 niños se están haciendo a diario su misma pregunta.

Origen: ‘Criaditas’: cuando el esclavismo se disfraza con la promesa de la educación

En el norte de Brasil tambien sucede lo mismo.

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