¿Sos un padre tibio?

Delegan su autoridad esencial, sacan el cuerpo y se van al extremo de la hiperpermisividad.

Actualmente hay muchos padres preocupados porque no encuentran el rumbo en la crianza de sus hijos.

“Espero que de mí heredes la sensación de que nada es imposible”

Hago lo mejor que puedo, pongo cuerpo y alma en mi paternidad, tarea no fácil a pesar de mi profesión que me “acredita” como especialista en familias. Más de una vez me encontré sin saber qué hacer en las lides de la crianza de mis hijos, claro que sí.  Pero no dudo, ni dudé a la hora de decirle a Ignacio, mi hijo mayor, hoy de 23 años, esto que enuncio arriba, mi deseo de que pueda tomar de mí la tozudez y empecinamiento en que las cosas pueden ser, en que vale el esfuerzo intentar.

Aciertos y errores, muchos tuve y tendré, pero sobre este punto, no hay duda alguna. Y veo en estos tiempos adultos que dudan, por miedos, por inseguridades, no por desamor. Dudan y delegan. Un ejemplo: llega la madre con su pequeña de 8 años a la puerta del consultorio. Aclaro que mi indicación fue que la primera reunión era solo con adultos, sin la nena. Me saluda formal y dice: “Licenciado, acá estamos, yo voy a tomar un café, la dejo en sus manos”. Hago pasar a las dos, la niña en la sala de espera, la madre al consultorio, y antes de tomar asiento, o inmediatamente después, aclaro, y dejo la cuestión del lado que debía quedar. “Lamentablemente no puedo tomar en mis manos a tu hija. Puedo ayudarte, si querés, a que intentemos que vuelva a estar en las tuyas”.

Casi un psicodiagnóstico en menos de dos minutos. Padres que delegan su autoridad esencial, padres que desligan, padres que sacan el cuerpo. Padres tibios, mal de nuestros tiempos.

Escribí hace poco en mis redes sociales:

Me preocupan los hijos de padres tibios y en retirada. No porque no quieran, sino porque no saben.

Me preocupan los padres de muchachitos silenciosos, la adolescencia es bullicio revuelo, hormonas,  y se ha transformado en muchos chicos en apatía, calma y días grises. Veo muchachitos de ojos apagados, me da tristeza, mucha. Hablé de ojos brillantes, no los veo a mi alrededor como quisiera.

¿Qué no estamos haciendo los adultos que los ojos de nuestros chicos no brillan? Veo miradas desafiantes que esconden tristeza profunda y pedido de ayuda. No confundamos los padres, confrontación con  autonomía. Nos necesitan de pie y con la llama vital flameando vívida y los brazos prestos para el abrazo, que no nos pueden pedir pero que necesitan.

Me preocupan los hijos de padres tibios. Me preocupan y me ocupan, armemos redes y guardemos la impotencia en el ropero. Es tiempo de levantar miradas y escuchar señales.

Me impresionó el debate que generó este texto, las opiniones encontradas, la preocupación de muchos adultos que no encuentran rumbo a la crianza de sus hijos. Padres que delegan autoridades, que transfieren lo esencial del ser padres: poner el cuerpo, poner el alma. Sin inmolarse claro, pero la tibieza no está permitida en el ejercicio de la crianza.

Cuento, como ejemplo, una de las situaciones que en mis casi 30 años de profesión más me impactó en el ejercicio de orientación a familias. En una charla para una comunidad educativa, me enfrenta, desafiante un hombre con celular en mano (nunca había levantado la vista del aparato en toda la actividad) y me dice “yo en mi casa tengo un indoor (sic)”. Miro asombrado, mi cara delataba mi ignorancia respecto a qué era lo que este señor tenía en su casa, me explica que se trataba de un invernadero de cannabis puertas adentro.

“Si mi hijo va a fumar, que sea algo bueno, que no se arruine la salud”, me dice, provocador, después que yo enunciara los motivos por los cuales NO negocio con el consumo de cannabis en los jóvenes. Eso fue hace unos años, a lo largo de este tiempo escuché varios argumentos similares, me horroriza, me preocupa, me asombraba (ya no), pero no puedo, no quiero naturalizarlo.

Hace muy poco escuché en mi consultorio una frase demoledora de un hombre desesperado (con lo que la ausencia de esperanza significa): “Yo no puedo hacer absolutamente nada si ella me golpea, voy a responder con la misma moneda y terminamos en una pelea callejera, ¿eso sería la indicación? Ya va a crecer y podremos llevarnos de otra manera.” Palabras de un padre que recibe castigos corporales de su hija adolescente quien, furiosa, descarga impotencia y pide a gritos que los adultos recuperen el mando perdido. Hija tirana, padre rehén, padre tibio, y sufre él, sufre ella.

Hijos tiranos, padres rehenes, un juego en el que todos pierden. Cuando los adultos no asumen su lugar desde una posición clara, firme y desde el amor responsable, los hijos comienzan a intentar distintos tipos de reclamos en pos de obtener lo que de sus padres necesitan. Cuando esto no resulta, y a partir de la combinación de distintos factores, el vínculo se desnaturaliza, la violencia se apodera de la escena; la violencia en manos de los hijos, el miedo del lado de los padres.

Hijos tiranos, padres sometidos; pero hijos también sometidos a su propia tiranía que los toma de rehenes a ellos mismos.

El juego del sinsentido, el juego del disparate, el juego de padres e hijos que pelean como perro y gato. Y se olvidan de quererse, de cuidarse, de ser padres, de ser hijos. Estamos en presencia de padres que han sido hijos temerosos y que en el esfuerzo por que sus hijos no sufran sus propios padeceres se pasan al extremo de la hiperpermisividad.

Los limites alivian, no son ni deben ser penitencias, castigos, revanchas, ni nada que se instrumente desde lo punitivo, son medidas de cuidado. Y la sobreprotección genera una dependencia y una modalidad de vínculo que a veces suele ser riesgosa.

Los chicos saben, saben mucho más de lo que los adultos nos damos cuenta, simplemente a veces nuestra atención está en otro lado.

Un pequeño de cinco años, con cuyos padres trabajo en un espacio de orientación, recibe de su madre la novedad de que ya va a tener que cepillarse solo los dientes, vestirse solo e ir al baño sin compañía de sus padres, como acostumbraba a hacer. La hermana mayor, atenta, aclara y sale en defensa corporativa: “¡Esas son cosas de Alejandro! (conocen los niños de mi existencia ya que los padres a menudo para reforzar sus intervenciones me citan). ¡Este hombre está cambiando las tradiciones familiares! Decile que él sabe hacer todo eso, simplemente a la mañana tiene mucha fiaca!” Maravilloso, y un clarísimo ejemplo de cómo los hijos están a la espera muchas veces de que tomemos decisiones que intuitivamente entienden que son para su bien.

La pregunta es: ¿cuántos ojos estoy haciendo brillar en mi vida? Digo y agrego yo: ¿brillan mis ojos? ¿Logro que los de mis hijos puedan brillar?

La pasión se contagia, con pasión se educa. En el último año, en mis presentaciones (conferencias y talleres) a lo largo del país, invito a la gente a un ejercicio tan esencial como complejo, mirarse a los ojos unos instantes en silencio. Risas nerviosas, cuerpos inquietos que ayudan a atravesar ese difícil momento de conectarse. Solo logran la calma cuando les digo que cierren los ojos y se desencuentran de la incómoda situación de estar juntos sin monitores. La secuencia se repite sistemáticamente en grandes, pequeños y en cada una de las provincias del país.

Muestro también una imagen en donde unas diez personas esperan el tren en un andén mirando a sus celulares. Uno de ellos, solo uno, no tiene el aparato en sus manos, y está recuadrado con rojo.

Pregunto qué le pasa a Ted (así lo nombré). Las hipótesis se repiten calcadas en cada encuentro y son: 1) No tiene celular 2) Se quedó sin batería 3) Está viendo a quien le roba el teléfono ¡ es un sospechoso!

A nadie se le ocurre pensar que puede simplemente, querer mirar a los ojos y estar conectado.

Compartí hace pocos días un fin de semana mágico en la montaña con amigos y educadores después de una apasionante jornada de trabajo.

Dos de ellos me contaban historias de padres e hijos. De expediciones en un cerro, frente a la casa donde, con mochila y rollo de cocina (que hacía las veces de telescopio) y bolsa de nylon (cofre del tesoro) salían a la búsqueda de tesoros increíbles. Salían también a cazar animales mágicos, dinosaurios, osos feroces, que solo existen en la cabeza e imaginación de estos padres, de estos hijos.

Pero ¿para qué más? Padres con ojos brillantes, niños que replicarán cuando les toque ser padres, cuando sea tiempo para ellos de cuidar.

La buena noticia es que la esencia de los ojos brillantes y la pasión está en cada uno, no es un don privilegiado que algunos tienen y del que otros carecen. Está ahí al alcance de la mano, solo que hay que disponerse a buscarlo. Como estos amigos, como tantos otros que deciden correrse del lugar de la tibieza y ponen el cuerpo, el cuero, el alma en la aventura de ser padres. Lo digo siempre, hagamos, por nosotros, por nuestros chicos.

*Alejandro Schujman es psicólogo especializado en familias. Director de Escuela para padres. Autor de Generación Ni-Ni y coautor de Padres a la obra.

Origen: ¿Sos un padre tibio?

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