Sudán del Sur: crónica desde el infierno africano

“He visto morir a gente, he matado a gente. Pero eso es la guerra: morir o sobrevivir”.

“Hace cuatro días que llegamos, con los niños a cuestas. Nos robaron todo lo que teníamos por el camino”. Nos habla Mary, madre de cuatro niños, desde una choza de 8 metros cuadrados. Su marido mira la escena con aire apesadumbrado. “Esta es una familia que ha crecido en la paz, – nos dice-, ahora que llevamos tres años de guerra no podíamos seguir alimentándonos, así que decidimos salir de la ciudad para buscar refugio en este campo”.

En Sudán del Sur, el país más joven de la tierra, hay casi dos millones de desplazados internos y más de un millón de refugiados en los países vecinos. Desde que empezó la guerra, según los últimos informes de UNICEF, más de la mitad del país, casi cinco millones de personas, se encuentran en situación de crisis o emergencia humanitaria. En un par de meses llegará la época más seca del año y la ONU tiene previsto declarar el país en riesgo de hambruna extrema.

Actualmente existen repartidos por todo el país cinco PoCs (Protection of Civilians), eufemismo que la comunidad internacional utiliza para referirse a los campos de desplazados. Doscientas mil personas que, como la familia de Mary, han huido a consecuencia del abuso y la violencia. En el mayor de ellos, el de Bentiu, viven 120.000 personas. En él hemos vivido una semana y estas son nuestras impresiones.

Muchas de las personas que viven en el PoC de Bentiu provienen de la ciudad con ese mismo nombre, la capital de Unity, una de las regiones norteñas del país, actualmente reducida a escombros. En la entrada de la ciudad, como en todos los enclaves ahora dominados por el gobierno, les da la bienvenida un enorme cuartel militar coronado con un tanque como medida disuasoria. Por la calle soldados y comerciantes se mezclan entre los restos de camiones destrozados, casas derruidas y material de guerra esparcido por el suelo. Dicen que Bentiu era una de las ciudades más bonitas de Sudán del Sur, ahora es una planicie devastada, con restos de barbarie evidente y edificios en ruina. De las pocas cosas que aún se mantienen en pie es la torre de la mezquita, la misma en la que masacraron a la población que huyó a refugiarse en ella, pero poco más: el hospital, el estadio de fútbol, el mercado, todo ha sido reducido a su mínima expresión.

Entre la ciudad y el PoC hay ocho kilómetros que recorren cada día miles de personas con sus familias, enseres y tristezas a cuestas. Muchas de ellas lo hacen con grandes bloques de madera en la cabeza, la mayoría mujeres, que durante el trayecto caminan descalzas a pleno sol soportando temperaturas de 36 grados. La escena se asemeja a la de un corredor de la muerte.

Entrar en el campo de desplazados significa pasar varios check points, algunos gubernamentales, otros controlados por los cascos azules, hasta llegar a un pasillo de alambres, controlado día y noche por soldados fuertemente armados, que divide la realidad entre el territorio controlado y la desolación. En total, el campo lo constituyen unos doce mil habitáculos entre tiendas y barracones. En cada sector la organización es la misma: varios corredores internos dividen las viviendas, en los aledaños una zanja permite organizar el agua de lluvia cuando esta llega. Junto a ella hay diversos retretes de metal y plástico conviven entre las gallinas y los escombros sobrantes que cada día son cuidadosamente apilados y recogidos; todo ello aderezado con la algarabía que representa que casi 50.000 menores de cinco años corriendo a sus anchas por todas partes. Cada vez que aparecemos una avalancha de risas y peticiones nos abruman. Son las caras de los inocentes que no son conscientes de lo que está sucediendo.

Aquí los niños son los protagonistas. Teniendo en cuenta que la falta de alimento afecta a pequeños y a mayores por igual, hay que destacar los centros de detección de la desnutrición, las escuelas o los espacios de ayuda psicosocial orientados a promover un futuro para ellos. Un futuro que se prevé difícil, ya que no existen centros de educación superior en el campo. Aquellos que deciden seguir estudiando deberán salir del PoC para buscarse la vida en los países vecinos. Nairobi, Addis Abeba, son algunas de las capitales que se nutren de este exilio involuntario.

Pero los hay que vuelven. Kim, por ejemplo, nuestro guía a lo largo de todos los días que pasamos allí, fue un niño afectado por las guerras anteriores que encontró en UNICEF una oportunidad para seguir estudiando en el extranjero. Una vez formado, consiguió un buen trabajo en las oficinas internacionales de la agencia. Pero al ver que estallaba esta última guerra decidió volver para ayudar a crecer a su país.

Hablamos con Kai, un chaval de 16 años que fue secuestrado por el gobierno y obligado a la fuerza a combatir contra los rebeldes. “Nadie quiere vivir en una ciudad ocupada”, nos dice. “Por eso cuando eso sucede, hay que conquistar la siguiente”. Durante los 6 meses que vivió la guerra a Kai lo ascendieron, cosa que significa que demostró valor y destreza a la hora de defender a sus colegas y atacar al enemigo. “He visto morir a gente, he matado a gente. Pero eso es la guerra: morir o sobrevivir”. Kai, que perdió a su familia por el camino, ahora forma parte de uno de los servicios de atención psicosocial del campo y su único deseo es volver a ver a su familia. Kim nos advierte que este tipo de niños necesitan una cierta introducción antes de empezar a hacerle preguntas difíciles y así lo hacemos, comentamos sobre su tareas cotidianas, sobre su reincorporación al colegio y todo eso gracias a la calma que Kim imprime a la escena. Al final, Kai tiene prisa por acabar la entrevista porque ha quedado con sus amigos para organizar un partido de fútbol. Kim lo sienta y reflexiona con él sobre lo que acaba de suceder. Confesar un crimen delante de una cámara, recordar la atrocidades vividas, no es algo que pueda banalizarse. Una vez acaban de conversar, Kai se levanta más tranquilo. Niño al fin y al cabo, todavía conserva una sonrisa limpia después de haberse escapado de la milicia. Como él, hasta 16.000 niños han sido forzados a batallar en una guerra que no es la suya, una guerra donde la violación es parte del botín y en la que las familias viven aterrorizadas.

El único futuro posible para este país es que él, como cualquier otro niño o niña del campo, consiga recuperarse del trauma y se enganche al ritmo de la escuela. “No hace mucho, los niños se suicidaban al llegar al campo”, nos confiesa Mustafá, el jefe de UNICEF en este país. Hoy empiezan a escolarizarse antes. Escuelas donde las aulas son de un fango húmedo en época de lluvias y quebrado cuando llega la sequía.

Entramos por la reja que separa las chozas del colegio y nos encontramos un gran descampado donde los más mayores juegan a voleibol mientras los pequeños cantan canciones tradicionales, escuchan los cuentos que las animadoras teatralizan o elaboran figuritas de barro que luego servirán para decorar cualquier esquina. Aquí reina la alegría. Y lo corroboran las sonrisas de los maestros y de los niños que no paran chutar la pelota, perseguirnos para sacarles una fotografía o sonreír, vergonzosos, cada vez que nos acercamos.

En Sudán del Sur hay dos cosas que, más allá del negocio del petróleo, miden la capacidad adquisitiva: la leña y las vacas. Las vacas sirven para comprar mujeres y los pastores las conservan a base de AK47s; la leña, en cambio, sirve para comprar alimento. Martha, una madre que perdió a su marido en la guerra, nos cuenta que ella antes vivía en una casa de ladrillos, desayunando pasteles cada domingo; hoy vive en una choza que limpia cada día, “es importante seguir manteniendo la dignidad”, nos dice.

Cada día Martha sale del campo en dirección a ese camino transitado, exponiéndose a las vejaciones y los robos, para recoger la leña que le debe servir, una vez apartada la que necesita, para intercambiarla en el mercado por azúcar, té o algo de alimento. Ese es su día a día, proveerse para no morir de inanición. Eso y salir a la iglesia donde se encuentra con un grupo de mujeres para hablar de política y de la situación en la que se han visto envueltas. “Hace dos semanas hicimos una huelga de hambre. Rezábamos para que termine la guerra”. 

¿De dónde proviene la fortaleza del ser humano para que alguien que apenas come lo que equivale a cinco galletas al día sea capaz de renunciar a ello para rezar a Dios sin perder la esperanza?

La respuesta es sencilla: cuando no tienes nada, lo único que importa es la familia. Los lazos que te unen con los tuyos es lo único que no se puede arrebatar. Cuenta Marianne, responsable de comunicación de UNICEF en Sudán del Sur, que en una travesía a través de los pantanos se encontró una casa con nueve niños. Cuando le preguntó a la joven cómo era posible que tuviera tantos hijos la respuesta fue que cinco de esos niños habían llegado en canoa, una noche de lluvia, sin saber de dónde. Ocurre que mientras la guerra va conquistando ciudades y poblados, llega un momento en que no hay suficiente espacio para huir. Entonces los padres desesperados lanzan a sus niños por los ríos, solos y desconcertados, a la suerte de la naturaleza. Ríos en los que viven algunos de los animales más mortíferos que existen: serpientes enormes, cocodrilos, hipopótamos… En la travesía, ellos reman sin saber hacia dónde. El resultado: nueve niños sin ropa, sin el alimento necesario y una madre joven asumiendo una nueva responsabilidad. No dudó ni un instante. Esos niños se habían convertido de la noche a la mañana en parte de su familia. Lo cierto es que en un país donde casi nadie posee partida de nacimiento, ni documento alguno que acredite su identidad, será muy difícil que se reencuentren con sus padres. Todo el mundo tiene claro y lo asume con una naturalidad sobrehumana.

El 100% de estas familias reciben, al menos, una ración de comida al día, porción manifiestamente insuficiente cuando, entrando en uno de los centro de desnutrición advertimos que, entre enero y septiembre de este año, han pasado por allí casi doce mil personas. Mujeres y niños hacinados en un pasillo esperan a ser atendidos. Febrero y agosto son los peores meses del año. Ambos coinciden con un pico al alza de las intervenciones sanitarias: malaria, desnutrición, diarrea, infecciones respiratorias son las principales causas de mortalidad en los menores de cinco años. Los antibióticos y las vacunas que llegan de las donaciones internacionales no dan abasto.

Es hora de empacar. Volvemos a casa. Veinte horas de viaje entre las esperas y los cambios de avión. El último enlace lo hacemos en Roma y mientras caminamos hacia la puerta de embarque atravesamos un duty free lleno de productos de consumo: tabaco, muy pocos fuman en un campo de refugiados, alcohol, nadie puede pagarlo, ropa, muchos viven con una sola camiseta y bombones, miles de bombones en los escaparates que terminaran en la papelera.

En África, al menos en Sudán del Sur, al menos en el campo de desplazados de Bentiu, nadie se queja. Allí la gente vive con lo que tiene y no se preocupa de lo que no pueden controlar. La felicidad debe ser eso: ser y no desear. Cuando no posees nada, nada importa. En el PoC de Bentiu la autenticidad cobra su versión más extrema. Una autenticidad que nos recuerda el significado olvidado de la verdadera belleza. Puede que Sudán del Sur se haya convertido en un infierno insoportable, pero hasta en el más oscuro de los infiernos, aunque parezca imposible, triunfa la luz.

* El viaje se realizó ste contenido se realizó gracias a la invitación de UNICEF España

Origen: Sudán del Sur: crónica desde el infierno africano

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