Una adolescencia bajo el yugo del Estado Islámico en Mosul

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“No salíamos mucho nosotras (las chicas) ni íbamos muy lejos de casa”, recuerda Yumana, que luce ahora una larga cabellera que no oculta bajo el velo.

La Gaceta

Como todas las chicas de su edad, Heba, de 20 años, y Yumana, de 19, tenían sus sueños, amigos y estudios, además de su teléfono móvil, pero sus vidas se vieron interrumpidas bruscamente por la llegada del grupo terrorista Estado Islámico a la ciudad iraquí de Mosul en junio de 2014.

Heba estaba haciendo los exámenes del último curso de bachillerato en aquel momento y no los pudo terminar, relata a Efe, y desde entonces no ha vuelto a abrir un libro.

Ahora, después de haber podido finalmente escapar del barrio de Al Arabi, en el este de Mosul, tras la llegada del Ejército iraquí el pasado domingo, Heba espera poder retomar los estudios e ingresar en la Universidad, donde quiere estudiar Filología inglesa.

“No sé si iremos a Bagdad o a Kirkuk, lo decidirá mi padre. Quiero volver a estudiar, me da igual dónde”, añade Heba, a la que el EI le robó más de dos años y medio de juventud.

Desde la llegada de los extremistas, esta chica delgada y alta permaneció en su casa, con su hermana Yumana y el resto de la familia, sin salir apenas a la calle a no ser que fuera necesario para hacer algún recado.

Cuando salía, Heba se vestía de negro de los pies a la cabeza, con una larga túnica que le cubría el cuerpo y el “niqab” (velo que deja al descubierto sólo los ojos) e incluso guantes para ocultar sus manos, explica, vestida ahora con unos pantalones vaqueros.

“Estaba encerrada en casa y no podía hacer nada, excepto llorar y consultar Facebook”, y en algunas ocasiones -confiesa- se maquillaba aunque solo fuera para andar por la casa, ya que en la calle estaba totalmente prohibido.

Las redes sociales eran su ventana al mundo y su único contacto con amigas y parientes, aunque tampoco estaban exentas de riesgos: “Tenía miedo de que me mataran (los yihadistas) porque les criticaba en Facebook y por teléfono”, asegura Heba, la cual emplea un nombre falso en Internet.

Por la noche, escondía su móvil debajo del colchón, por miedo a que lo descubrieran, ya que el empleo de los teléfonos celulares está prohibido bajo el gobierno del EI y su empleo es castigado incluso con la muerte.

Heba se vio aún más aislada cuando, hace unos siete meses, los yihadistas cortaron la conexión a Internet en Mosul, así como la señal de televisión, en un intento de evitar que sus residentes conocieran las noticias sobre la campaña militar que las autoridades iraquíes estaban preparando para recuperar el control de la urbe.

“No sabía nada de mis amigas ni de lo que estaba pasando, sólo podíamos escuchar las noticias en la radio Al Gad”, una emisora establecida para combatir la propaganda y la ideología extremista.

A través de la radio, Heba supo que las fuerzas iraquíes estaban irrumpiendo en su barrio para liberarlo del yugo del EI, del cual ella y su familia no pudieron escapar en todo este tiempo.

“Me gustaría haber hecho mi vida en otras circunstancias”, se lamenta por el tiempo perdido, pero feliz por haber al fin salido de la cárcel en la que se había convertido Mosul.

Su hermana Yumana, un año menor y más tímida, cuenta con nostalgia que “la vida era normal y bonita en Mosul” antes de la llegada del EI, y en las zonas del centro se podía pasear e ir de compras.

Después del establecimiento del autodenominado califato, en julio de 2014, Yumana pasaba su tiempo navegando en internet, pero abandonó sus estudios y ahora se siente frustrada por haber olvidado muchas cosas que estudió, incluido el inglés.

“No salíamos mucho nosotras (las chicas) ni íbamos muy lejos de casa”, recuerda Yumana, que luce ahora una larga cabellera que no oculta bajo el velo.

Quiere ser periodista o juez, “para contar la verdad y hacer justicia”, porque “en Irak hace mucha falta”, explica, soñadora, sin dejar de mirar con sus grandes ojos.

Las dos hermanas relatan que en los últimos días, en los que se libraron los combates por el control de su barrio, la familia se refugió en el sótano, para estar a salvo de posibles proyectiles de mortero que los yihadistas lanzaban contra las tropas y los civiles.

“Tenía miedo por los cohetes y por los disparos, pero estaba feliz porque ya el Ejército había llegado”, dice Yumana, mientras que Heba da las gracias porque su casa no ha sufrido daños -sólo las ventanas están rotas-, aunque ambas se preguntan cuándo podrán regresar a su hogar y rehacer sus vidas.

Origen: Una adolescencia bajo el yugo del Estado Islámico en Mosul

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