Mundos íntimos. Memorias de un niño que se sentía olvidado y demasiado solo

el

Cuando los chicos perciben que no aportan felicidad y piensan que estorban, su infancia y su futuro están comprometidos. Se los convierte en testigos de dolores que no logran entender.

Ya adulto, en Neuquén. El autor hoy tiene una librería en la que sus propias historias se conjugan con las de los libros que ofrece.

Javier N. Fernández

Neuquén, en esa época, era una ciudad chica, más parecida a un pueblo grande que a otra cosa y nosotros vivíamos en el borde. Subiendo hasta las bardas, orillados a ese sinfín de greda, arcilla y piedra. Tres o cuatro cuadras más allá, no había nada.

Recuerdo tener unos 8 o 9 años y la soledad.

Mamá trabajaba todo el día limpiando casas y por las noches solía irse hasta tarde con algún tipo. No los recuerdo a todos pero sí a dos o tres. En especial a uno. Fabio, así se llamaba.

Mamá siempre estaba cambiando de novio. Sería para vengarse de papá, pensaba yo, en silencio, mirando por la ventana cuando ella se iba. Pero sólo hasta ahí llegaban mis especulaciones. La verdad es que no quería ahondar mucho en el asunto. Sabía, aun con mis pocos años, que el terreno era barroso.

Papá era albañil y cuando perdió el trabajo se dedicó a tomar. Después de eso, a romper cosas en la casa. Así de sencillo. No sé bien de dónde sacaba la plata para tantas botellas pero ahí estaban. Y papá las vaciaba, una a una, con celeridad, transformándose en un Hulk desteñido o en un Mr. Hyde de barrio. Maltrataba mucho a mamá y a mí eso me dolía. Pero no opinaba. Me quedaba en silencio, tratando de pasar desapercibido.

Después, un día cualquiera, así como así, papá salió por la puerta con un bolso al hombro y nunca más volví a saber de él. Por un lado fue un alivio, por otro una maldición.

Nos quedamos solos y mamá comenzó a prenderle velas al Gauchito. Velas rojas y blancas. También le dejaba alguna bebida y puchos. Yo no podía entender cómo eso nos iba a ayudar, porque mamá así lo decía. Pero igual, aunque no estaba tan seguro, también, cada tanto, yo le prendía una, por las dudas.

La última vez que Fabio vino a buscar a mamá yo le abrí la puerta y él me saludó dándome la mano. Eso era raro para mí.

-Se está cambiando -le dije, tímido.

-Claro -dijo, como si no le importara, mirando alrededor, frotándose las manos, caminando lento por la cocina-comedor, que también, por las noches, se convertía en mi cuarto. Como la casa era chica y había una sola pieza yo dormía en el sillón.

Cuando mamá salió del baño, Fabio le dio una palmada en el culo y la agarró con fuerza de la cintura. Mamá era flaquita y Fabio, creo, un ex boxeador. Tenía los músculos pesados, el pelo al ras y la cara marcada por algunas cicatrices.

De dónde los sacaba no sé.

Mundos íntimos. Memorias de un niño que se sentía olvidado y demasiado solo

Enigmático. El gesto habla de lo que vivía.

Vamos, má, recuerdo que le dijo, haciéndose el chistoso. Yo lo miré con una rabia disfrazada de ignorancia, o quietud, daba lo mismo.

Fabio arrinconó a mamá en una pared y la besó en el cuello, insistente. Mamá se rio como una tonta y lo sacó, empujándolo con el hombro mientras intentaba ponerse un arito en la oreja. Era una pluma roja, me acuerdo bien de eso. Como si hubiera pertenecido a un ave exótica.

-Nos vamos, nene -me dijo má, buscando algo en la cartera.

Después tiró algunas puteadas al aire porque lo que buscaba parecía no estar ahí. Fabio se cruzó de brazos y se quedó mirándome. No sé por qué. Tal vez era mi posición la que le intrigaba. Me había ovillado, agarrándome las rodillas, quieto en la única silla que había en la casa y estaba decidido a no mirar más que a la pared. Cosa que no pude cumplir.

-Bueno, ahora sí. Nos vamos -dijo.

Pero no podía ser. La miré rápido y le dije, en voz baja, como pidiendo disculpas:

-¿Me quedo solo? Má, ¿me voy a quedar solo otra vez?

-Arreglate -dijo, mirándome seria.

-Arreglate un rato.

Y antes de que yo pudiera hablar, porque vio mi cara, gritó:

-No sé, no sé –respondiéndole, enojada, a mi silencio a punto de estallar.

Cuando salieron, Fabio simuló darme un disparo usando la mano como un revólver y me guiñó un ojo. Mamá ni siquiera dijo chau.

Me quedé solo. Jugué con un muñeco de Rambo. Miré por la ventana. Llovía. Volví a ovillarme en la silla. Esperé. Fui al baño y esperé más. El Gauchito me miraba desde una estatuilla en la mesita ratona.

Los minutos se hacían eternos. Encontré cinco pesos en un cajón. No los toqué para que no me fajen. Agarré el muñeco y le saqué las piernas y los brazos. Lo dejé en la mesa y lo miré. Las gotas golpeaban el techo de chapa produciendo diminutas explosiones. Esperé. Fui hasta la heladera y la abrí. Me serví jugo. Dejé el vaso en la mesa, al lado del Rambo desmembrado.

Esperé. Esperé. Pasó una patrulla por la calle. Fui hasta la ventana y miré afuera. Pensé en papá. La patrulla desapareció en la esquina. Me dio frío. Estaba helado. Temblé, por el frío y la soledad. Volví al baño y pensé que nadie en el mundo se acordaba de mí.

Mundos íntimos. Memorias de un niño que se sentía olvidado y demasiado solo

Sonrisa. Aunque hubiera momentos mejores, Javier ya sabía que el mundo era difícil.

Pero no era así. Después de un rato (no sé cuánto tiempo pasó) llegó Etel, mi vecina, o imaginé que llegaba. A esta altura no sé si ella existió o solo fue parte de mi fantasía para rellenar el hueco que me dejaban. Si no lo viví, igual lo soñé.

Etel puso un disco en el equipito de música.

-¿Qué hacés, pibe? -me dijo, dándome la espalda.

Etel era así, cuando no había nadie más en el mundo y la soledad de un niño como yo dolía, de golpe, aparecía. Supongo que estaba alerta.

-Nada -dije, desconfiado.

-Bueno, escuchá esto que te va a gustar.

Puso el CD. La música empezó a sonar y, mientras yo miraba la cajita del disco que era el nombre de la banda escrito con Plasticola verde, Etel sacó de su mochila una cerveza.

Como yo no dejaba de mirar la caja me dijo que eran Los Redonditos de Ricota y después me dijo cómo se llamaba el disco. Repetí el nombre, trabado. Era muy raro para mí. El primer tema se llamaba Barbazul versus el amor letal. Más raro aún. Pero no estaba nada mal. Me gustó.

Etel prendió un cigarrillo, destapó la cerveza y llenó el vaso. Su actitud era parecida a la de mamá cuando tomaba. Escuchamos el disco sin hablar. Cuando terminó, y sin que nos diéramos cuenta, volvió a empezar. Así que escuchamos de nuevo: “Esta vez, por fin, la prisión te va a gustar”

Etel terminó la cerveza. A mí ya me gustaban Los Redonditos y se lo dije. Era algo distinto a los boleros que mamá escuchaba.

Etel me sonrió y me preguntó si ya tenía novia. Le dije que no. Que todavía no. Que en cualquier momento. Pero ya no me estaba prestando atención.

Al rato tocaron la puerta. Yo pensé, primero, que era mamá. Pero después me di cuenta que no tenía sentido que mamá tocara la puerta. Me ovillé y miré la imagen del Gauchito.

Etel se levantó de la silla y abrió. Eran dos pibes de su misma edad, o un poco más grandes. No estoy seguro.

-Buenas, buenas -dijo uno.

Llegó el delivery de birra -dijo el otro, riendo.

Saludaron a Etel, pasaron y dejaron las cervezas que traían en la heladera, menos una que destaparon. El más flaco me dijo algo pero no le entendí. Que te corras, me dijo Etel. Así que me levanté y me quedé al lado de la ventana mientras los dos se sentaban en el sillón. Esa es mi cama, pensé.

Uno sacó de la campera lo que al principio pensé era un cigarrillo y lo prendió. El olor no era a tabaco, me di cuenta. Lo fueron pasando mientras tomaban y al rato todos se estaban riendo. Todos menos yo.

Agarraron a Etel y la sentaron en el medio de los dos. Charlaron de música. Uno giró la cabeza, veloz, como un búho, y empezó besarla. El otro le metió la mano adentro de la camisa. Etel no dijo nada y por eso, creo, le desabrocharon todos los botones. Etel se dio cuenta de que yo todavía estaba ahí y me mandó a la habitación. Igualita a mamá, pensé.

Entré rápido en el cuarto y apagué la luz. Dejé la puerta entornada para ver. Etel ya no tenía nada de la cintura para arriba. El que le sacó la camisa se bajó los pantalones y yo cerré la puerta. Ya no quería seguir viendo. Abrí y cerré algunas veces la puerta. Los sonidos de jadeos iban y venían. Pero también las quejas y negativas de Etel. Escuché un golpe, dos tal vez. Golpes sórdidos que entraron en mi memoria como raíces o marcas de nacimiento.

Al rato, no sé cuánto tiempo pasó, los tipos se estaban riendo, satisfechos. Pero Etel no. Miré por la abertura de la puerta y los vi agarrar las cervezas e irse, dando un portazo. Se me revolvió la panza.

Miré a Etel que, como una réplica mía, se había ovillado en el sillón, desnuda, agarrándose las rodillas, quieta, mirando el piso.

Me acordé de la letra de la canción. Barbazul. Barbazul y el amor letal.

Fui y me senté a su lado, lento. Le pregunté si estaba bien y le alcancé la ropa que había quedado tirada en el suelo.

-¿Yo te caigo bien? -me preguntó.

Asentí con la cabeza. Tímido, sin llegar a entender por qué lo preguntaba.

-¿Soy buena? -dijo. Y yo volví a asentir.

Sos lindo. Mirá que sos lindo -murmuró, secándose una lágrima. Tocándose el ojo que comenzaba a ponerse negro.

¡Etel!, mi única compañera en este mundo estaba derrotada. Como si todo lo que girara alrededor mío se contaminara de miseria. Desdicha, humo y miseria. Así era todo.

Pensé en papá, en mamá, en Etel y en mí. Las imágenes llegaban cruzadas como si se tratara de una enredadera y se extinguían como los sueños. Agarró su ropa y se vistió.

-Me voy. Quedate el CD. Te lo regalo. Feliz cumpleaños -me dijo con una tristeza que me dolió.

-Pero no es mi cumpleaños –dije, inocente.

Etel se rió, me dio un beso y se fue. Pero antes que saliera de casa le alcancé a gritar, le voy a prender una vela al Gauchito, para que estés bien.

No me respondió.

El frío volvió. Miré el muñeco desmembrado en la mesa. Miré por la ventana. Miré al Gauchito con desconfianza. No sabía qué más mirar. Di unas vueltas. Busqué un poco de algodón y temperas. Teñí el algodón de azul y me hice una barba. Agarré cinta y me la pegué en la cara. Caminé por la casa. Me miré en un espejo. Agarré un peine y soñé que era un micrófono. Que yo era una estrella de rock, frente al público. Intenté algunos pasos, algunas poses, a lo Elvis. El gran Barba Azul, pensé, pero no había aplausos esa noche. Me acosté congelado. El frío parecía entrarme por los huesos y, definitivamente, papá no iba a volver.

Cuando mamá llegó, todavía no me dormía. La miré, estaba empapada, tenía un ojo negro y le caía un poco de sangre de la oreja. Tenía un corte que le nacía en el agujero donde iba el arito y bajaba hasta cortar, así, la oreja en dos. Quise hacerme el dormido pero no pude. Pensé en Fabio, el boxeador.

Ahí me di cuenta que mamá también había llorado. Se le notaba en la cara. Me preocupé. Todo el mundo la pasaba mal y los milagros aún no llegaban. Era una goleada en contra y de visitante.

Me levanté. A mamá no le importó mi barba.

-Acostate -me dijo. Pero no le hice caso.

Mamá dejó el bolso en la mesa y miró hacia el equipito. Escuchó y miró para ese lugar porque se dio cuenta que lo había usado.

-¿Quién te dijo que podías tocar mis cosas? ¿Quién te dejó usar eso? Acostate, pendejo. Acostate antes que me caliente -me gritó. Pero era un grito cansado, apagado por la lluvia de la noche y por la sangre.

Me acosté sin decir nada. La cama estaba fría. La música terminó y volvió a empezar. Era el primer tema del disco, otra vez. Lo escuchamos con el ruido del agua de fondo, golpeando el techo de chapa, con el cansancio de la noche y el Gauchito observándolo todo.

Yo quería que mamá me abrazara pero no lo hizo. Tenía las dos manos apoyadas en la mesa, de costado, como un Chaplin, pensé. Y lo único que hacía era mirar un punto fijo en la pared.

La música siguió y la lluvia parecía estar a punto de parar. Fue una noche larga. De esas que no terminan nunca.

——-

Javier N. Fernández nació en 1983 en Neuquén. Sus oficios pasan hoy por el mundo editorial: se declara escritor, librero y corrector. En el 2012 fue uno de los ganadores del Premio Planeta Digital y fue editado por el sello Booket en la antología “Alte Killer y otros cuentos”. Ha recibido una mención honorífica en el concurso Iberoamericano Julio Cortázar 2014 por su cuento “El Ruso” y editado por Letras Cubanas. Ha sido, también, uno de los ganadores del concurso Itaú de Cuento digital (2014) con su cuento “Crisálida” y editado en la antología digital “Ocho mil caracteres”. En el 2015 quedó entre los finalistas del concurso Haroldo Conti. En el 2016 fue seleccionado para publicar en la antología “Pobre diablo” de la Editorial Pelos de Punta. En materia poética ha publicado “Poesía extraña, buena y barata” (2001), “Poemas inconclusos y porquerías varias” (2002) y “Ausentalia” (2011). Actualmente se lo encuentra en su librería, Factotum, en la capital neuquina.

Origen: Mundos íntimos. Memorias de un niño que se sentía olvidado y demasiado solo

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s