“JOAQUINA” Por Hugo J. Byrne”

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Matanzas ,Cuba
Amigos: el presente trabajo lo escribí hace diecisiete años. Fue a principios del presente siglo o a fines del pasado. Lo leo con frecuencia en cada oportunidad en que me asalta la nostalgia de mi tierra natal y especialmente de mi patria chica; Matanzas. Lo estoy enviando a un grupo selecto de lectores. Si ya lo han leído, perdónenme. Si no lo conocen espero que les guste.
HJB
No sé cuando llegara a mi casa, pues no estoy seguro si entonces ya yo había nacido. Lo único que recuerdo oído decir es que la pobre muchacha recién había perdido un bebé y que convalecía de una enfermedad venérea contraída del bribón responsable por su maternidad malograda y de su evidente infelicidad. Este último había desaparecido sin afrontar responsabilidades ni dejar rastro. Al ser seducida, Joaquina Ramos era legalmente menor, pues tenía entonces apenas diecisiete años. Su depresión, decían, era muy obvia. Siempre tenía la vista baja y lloraba en silencio. Joaquina estaba extremadamente delgada y su aspecto general era lastimero. Repito que todo esto lo sé de oídas, porque recuerdo a Joaquina desde antes de tener uso de razón. De cómo fue Joaquina recomendada a mis padres para trabajar en mi casa, o por quién, no lo sé. 
 
También por mis familiares y de ella misma supe después que provenía de los alrededores de Arcos de Canasí y que era huérfana.  Su único pariente era un hermano mayor trabajador del agro, quien la quería mucho. Pastor Ramos poseía una modestísima parcela con un rústico bohío en la zona de Canasí y fue él quien la escoltara hasta la casa de mis padres.  Pastor era un guajiro legítimo, de quien había que pensarlo dos veces antes de estrechar su mano, pues aunque no apretara la sensación era la de agarrar un pedazo de madera de tanto callo que tenía en la palma.   
 
Al contraer matrimonio mi padre compró la casa donde nacimos mi hermano y yo, edificando un segundo piso con dos habitaciones para su residencia y la de mi madre. La planta baja con tres habitaciones fue destinada a mis abuelos paternos y a mi tía Angélica, la menor de tres hermanos, quien era soltera. La tercera habitación era algunas veces ocupada por mi tío paterno, el hermano mayor, entonces soltero, quien por esa época residía en el Hotel Sevilla de La Habana. Allí también estaba su bufete de abogado. Ahora ese inmueble es poseído por los Castro, junto al resto de todas las antiguas propiedades privadas de Cuba, el territorio y la gente.
 
No alcancé a conocer en persona a mis abuelos paternos, ya que ambos murieron de súbito y en rápida sucesión, más de un año antes de mi nacimiento. Mi hermano había nacido en vida de esa abuela aunque sólo por unos meses y no la recordaba. 
 
La nueva huésped de mi casa se suponía que sirviera en labores domésticas y como compañía a mi tía Angélica, quien había quedado devastada tras la muerte casi simultánea de sus padres.  La llegada de Mario en mayo de 1933 y la mía en octubre del año siguiente cambiaría todas las cosas y todos los planes. Joaquina sería nuestra “nana”, “ama de crianza” o“manejadora”, cómo le llamaban a esa labor doméstica en Cuba.
 
En una época en que no existían lo que conocemos por “guarderías infantiles”, la presencia de una persona de confianza a cargo de cuidado de los niños pequeños era una necesidad imprescindible y en el hogar de mis padres los tres adultos trabajaban fuera de la casa durante horas. Mi padre era el Inspector de escuelas públicas urbanas para toda la provincia de Matanzas, mi tía paterna, Inspectora escolar del Distrito de Matanzas y mi madre, entonces era profesora de una Escuela Primaria Superior.
 
En ese ambiente Joaquina llenaría esa necesidad como el bastón al lisiado. En retorno, en nuestra casa Joaquina encontró no sólo techo, comida y estipendio, sino una familia. El amor real no tiene precio, es totalmente gratis.  Joaquina se convirtió en parte inseparable de nuestro hogar. Esa condición la conquistó con bondad y dedicación. Creo que mi hermano y yo fuimos los beneficiarios del sentimiento maternal que el destino le impidió a Joaquina ofrecer a su malogrado retoño. Castro despojó de mucho a todos los cubanos, pero no pudo arrebatarnos los recuerdos. Productos bastardos, nacidos de una familia disfuncional, los Castro carecían de semejantes dulces memorias. Quizás sea por eso que odian tanto.
 
Refiriéndose a su hermano, Joaquina siempre decía “mi hermano Pastor”, costumbre peculiar que en la inocencia de mi primera infancia se tradujo en interpretar la frase “mi hermano” como parte integral del nombre de Pastor. Una mañana Pastor Ramos llegó a mi casa y fui yo quien lo recibí en la puerta. Inmediatamente corrí a decirle al resto de la familia que había llegado “mi hermano Pastor”, provocando un estallido general de risa: Joaquina y su único hermano eran tan negros como el azabache.
 
Joaquina había quedado totalmente traumada después de su gran tragedia personal y en consecuencia nunca más se interesó en otro hombre.  Sin embargo, era habladora y sociable y en breve tiempo hizo amistades entre las “nanas” de otros párvulos y algunos de los vendedores ambulantes en el “Parque de la Libertad”, cómo se conocía a la plaza central de la ciudad de Matanzas.  Ese parque quedaba escasamente a dos cuadras de distancia de nuestra casa y Joaquina nos llevaba hasta allí casi todas las tardes.
 
Mis padres confiaban en Joaquina totalmente y ella nos protegía contra todo peligro con más celo que una leona con sus cachorros. Un día Joaquina compró en el parque unos caramelos enormes que cortaba con esmero en dos pedazos para que los pudiéramos tragar sin dificultades.
 
A diferencia de Mario, quien siempre fue más maduro y responsable, yo tenía la tendencia, casi la capacidad de buscarme problemas desde muy pequeñito. Cuando Joaquina no estaba mirando, metí la mano en la bolsa de los caramelos y tomando uno lo saqué de su envoltura, tratando de deglutirlo entero sólo para frustrar a la pobre Joaquina que se había distraído unos instantes.
 
El dichoso caramelo se me atascó en la laringe, impidiéndome totalmente la respiración. Joaquina trató en vano de que escupiera el caramelo con fuertes palmadas en mi espalda. Cuando empecé a ponerme casi tan negro como ella se desesperó y empezó a llorar a gritos. Por suerte otra señora cercana me agarró por los tobillos y poniéndome de cabeza me sacudió verticalmente.  El caramelo salió y pude respirar. En lo adelante Joaquina nunca me quitaría los ojos de encima.
 
Sería imposible enumerar las veces en que Joaquina me rescatara de las dificultades increíbles a las que me llevaran mis maldades, incluyendo una vez que iracundos vecinos querían llevarme a la estación de policía. Merecía que me lincharan, pero ya ni recuerdo por qué. Conmigo Joaquina tenía la paciencia de Job.  No sé que hubiera sido de mí sin esa paciencia suya y su infinito amor.
 
Con el paso de los años, la necesidad de una niñera desapareció, pero para ese entonces aquella negrita flaca, desgarbada y fea era tan miembro de mi familia como mis padres. Ella continuó sirviendo los intereses de la familia en general y los de mi hermano y míos en particular. Era un empleo vitalicio. Mis padres, Mario y yo éramos su familia y ella nuestra segunda madre.
 
Por una evidente ventaja educacional sobre mis compañeros de escuela, al finalizar el cuarto grado de primaria mis padres y maestros decidieron promoverme directamente al sexto grado. Retrospectivamente no sé si esa promoción fuera ventajosa en el aspecto didáctico, pero puedo afirmar que en el orden social fue un verdadero desastre. Mis nuevos compañeros de clase nunca me aceptaron y eventualmente me hicieron la vida muy difícil. El “monosabio” se desquitó obteniendo la más alta puntuación de la escuela en el examen de admisión al Bachillerato.
 
Eso me infundió confianza y coincidió con que durante el verano me desarrollara velozmente. Simplemente pasé de niño a hombre en tres meses. Pero sólo físicamente. La inmadurez me obsesionaba con el desquite y busqué a todos los “bullies” de antaño. Sólo encontré a uno, sentado en la puerta de una iglesia y aunque lo insulté con los peores epítetos no quiso pelear.  Eso me frustró, pues ese día tenía que pelear con alguien.
 
En consecuencia, me dirigí a una zona de “lamparita roja” de Matanzas y la que sólo se frecuentaba con un objetivo específico: empujé al primero que me pareció capaz de responder.  Enorme error. En vez de intercambiar golpes, el agredido produjo una gran navaja. Instintivamente lo empujé de nuevo con todas mis fuerzas haciendo que callera en la cuneta, lo que me permitió una retirada ignominiosa. Mayor y bastante más pesado que yo, el individuo ni siquiera intentó alcanzarme. 
 
Fue entonces cuando me percaté de que me dolía la mano derecha.  Tenía un corte diagonal de casi tres cuartos de pulgada en la base de la falange del dedo medio y sangraba profusamente. Era sábado en la tarde y la única persona en mi casa era Joaquina. Mi hermano, padres y tía estaban visitando amistades. Aunque gritó como una condenada al ver mi rastro de sangre, Joaquina me acompañó a la consulta del médico de la familia que estaba al doblar la esquina al sur de nuestra casa y no dijo ni esta boca es mía mientras que yo le inventaba un aparatoso “accidente doméstico” al Dr. Guillermo Caballero.     
 
En 1947 Joaquina empezó a tener serios problemas de salud. Encontraron que tenía un enorme fibroma en la matriz. Los más reconocidos doctores la atendieron y un eminente cirujano la intervino. Tuvo a su disposición todos los recursos disponibles entonces.
 
La extensa cirugía tuvo éxito, pero durante el período postoperatorio se le presentó una parálisis del intestino. En ese tiempo no existían los extraordinarios adelantos médicos de hoy. Joaquina murió diez días después. Nacida un año antes de iniciarse el siglo XX, mi antigua manejadora tenía sólo 47.
 
Sus funerales fueron en mi casa.  A ellos asistió la legión de nuestros amigos de Matanzas para expresarnos su condolencia y despedir a un familiar nuestro a quien querían y admiraban. Joaquina Ramos fue enterrada en el panteón de la familia de mi madre, en el Cementerio de San Carlos en Matanzas. Desde entonces, hasta nuestra mudada para La Habana en 1953, “mi hermano” Pastor Ramos nos regalaba un pavito en cada nochebuena.
 
Un día ya cercano, cuando en algún lugar del infinito me reúna con mis padres y el resto de mi rama de la familia Byrne de Matanzas, seguramente encontraré allí a Joaquina. Será una oportunidad feliz.
 
Mientras tanto, la llevaré siempre en mi memoria y en mi corazón.   
 
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