«No les preguntamos quiénes son, sólo les ayudamos»

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Internacional -Refugiados

Reportaje / El drama humanitario
Los hospitales israelíes se han convertido en la última esperanza de los ciudadanos sirios que cruzan la frontera desesperados en busca de ayuda sanitaria

Jana Beris.

 

Una niña siria se recupera en un hospital israelí

Una niña siria se recupera en un hospital israelí
J. Beris

La guerra se ha convertido en un auténtico desafío para su vecino del sur, Israel, que maniobra entre la política de no intervención y la defensa de sus propios intereses de seguridad mientras se compromete con la dimensión humanitaria. Hasta la fecha, ha dado tratamiento médico a aproximadamente 3.000 heridos sirios en sus hospitales, a pesar de que se trata de ciudadanos de un país que sigue formalmente en guerra con Israel.

Los heridos comenzaron a llegar hace tres años, y normalmente son trasladados hasta la frontera por sus familiares o amigos. Las patrullas israelíes los recogen una vez llegan a los puestos de control y los trasladan a los hospital, principalmente al Ziv de Safed y al Centro Médico de la Galilea. En algunas ocasiones, son atendidos en un hospital de campaña instalado en los Altos del Golán debido al estado de sus heridas.

Los sirios que llegan a territorio israelí parecen venir de «otro mundo», dicen quienes los atienden. Al principio están muy asustados. Algunos se desmayan al despertarse y percatarse de que están en Israel, un país al que desde pequeños les obligaron a odiar. Pero pronto se dan cuenta de que aquello tan sólo eran falsos mitos. «Aquí me han tratado como a un ser humano, no como a un enemigo», dice Razi, de 31 años, natural de Damasco y que lleva cuatro meses en el Centro Médico de la Galilea. «Iba por la calle y me dispararon en la rodilla. Me han operado dos veces y espero la tercera», confiesa desde una silla de ruedas.

En el Hospital Ziv atienden a Fares, un agricultor de 24 años de la zona rural aledaña a Damasco que pisó una mina y estuvo a punto de perder las dos piernas. «Al principio era extraño saber que estaba en Israel. Pero aquí me dan lo mejor, me tratan muy bien y así lo diré a mis amigos y familiares cuando vuelva a Siria», asegura. Ese eventual retorno está envuelto de incertidumbre porque Fares desconoce dónde están ahora sus familiares. A su lado, está el doctor Alexander Lerner, director del Departamento Ortopédico, experto en traumatología que explica que «no preguntamos quiénes son. Son pacientes que necesitan ayuda y aquí estamos para ellos. No importa su identidad. Es una gran satisfacción ayudarles, ver el estado en que llegan y luego observarles cómo salen caminando del hospital».

En la cama contigua a la de Fares está Abu Hamza, de 35 años, que resultó herido mientras trabajaba como médico en un hospital de campaña en las afueras de Damasco. «El enemigo está solamente en la mente de Bachar al Asad», subraya Hamza. «A mí me hirieron mientras trabajaba como médico, no era combatiente. Pero sí apoyo sin duda la revolución», sentencia. Se detiene un segundo y aclara: «Creíamos que todo el problema era el régimen de Asad, pero ahora vemos que si el Estado Islámico sigue avanzando toda la región estará en problemas». A él, personalmente, lo que le hizo volar una pierna fue un proyectil del grupo yihadista, que impactó en el vehículo en el que viajaba.

El doctor Lerner resume con orgullo todos los logros obtenidos en el proceso de curación y alberga la esperanza de que «nuestros tratamientos hagan un pequeño aporte a la construcción de la paz en nuestra región». Un colega suyo, el doctor Sela, enmudece cuando relata la trágica historia de Majed, de 23 años, que llegó al hospital con la cara destrozada por un impacto directo de bala. Muestra sus fotos, pide no publicarlas para no exponerlo a ningún peligro ahora que ya está de regreso en Siria, y los ojos se le llenan de lágrimas. «Majed había llegado al hospital en un estado terrible, de hecho sin mandíbula, sin lengua, sin labios… No podía ni comer ni hablar. Y no quería volver así a Siria. Pasó numerosas operaciones, la primera de ellas duró 17 horas», recuerda este médico israelí. «Gradualmente, le reconstruimos la cara, le devolvimos la capacidad de expresar emociones en sus gestos. Seis meses después, volvió a Siria. Hoy no sabemos nada de él».

Las historias se multiplican y reflejan la masacre que se está viviendo dentro de las fronteras sirias. Así lo confirma Qusay, de 23 años, que llegó hace meses a Israel con serias heridas en sus manos debido a una bomba que explotó en el campo en el que trabajaba como agricultor. Estando en el hospital israelí recibió a través de la Cruz Roja noticias sobre su familia. Estaban vivos. Una buena noticia entre las miles de desgracias. La mayoría de los hospitalizados no vuelven a ver a sus seres queridos. A su lado está Razi, que lamenta no tener noticias de sus familiares desde que cruzó la frontera. «Es muy difícil pensar en una salida para Siria, la intervención de países extranjeros, tanto de EE UU como de Rusia, cada uno por sus intereses, no nos ayudan en nada».

Los médicos israelíes prefieren no entran en análisis políticos y mostrar la realidad a través de sus pacientes. Por eso, Sela trae a colación el caso de un hombre de 33 años que llegó con una herida en el cuello que no dejaba de sangrar. Perdió la conciencia. «Nunca lo olvidaré. Lo operamos, estuvo en cuidados intensivos y cuando despertó y le sacamos el tubo respiratorio, nos preguntó por qué le habíamos salvado», relata. Lo último que recordaba este joven era la imagen de sus hijos de tres y cinco años que habían fallecido por el impacto de un proyectil que cayó en su casa.

En el centro médico Ziv de Safed, Lerner tiene muy presente a una niña siria de ocho años. Llegó con las dos piernas destrozadas. «Tras dos meses y medio de intenso tratamiento, pudo salir a caminar sola por el pasillo con las prótesis especiales que recibió. Todo el mundo la aplaudía», cuenta Lerner. Una historia feliz que a los médicos les ayuda a seguir adelante, en medio de este fuego cruzado que ha destrozado la vida de miles de familias.

Origen: «No les preguntamos quiénes son, sólo les ayudamos»

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