Vida de gitanos: son 300 mil en el país y cargan con el peso de la mirada ajena

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Esta semana fueron noticia por una fiesta que terminó con  escándalo mediático.Pero más allá del caso, una comunidad  lucha por sostener sus valores y contra la discriminación.

Vida de gitanos: son 300 mil en el país y cargan con el peso de la mirada ajena

Gitanos en Argentina. FOTO: ESTEBAN WIDNICKY

Julieta Roffo

Todavía se acuerda. Pasaron más de cuarenta años de aquella mañana pero se acuerda y vuelve la bronca: “Me estaba atando los cordones, había ajustado la rueda de un auto que estaba por vender y entonces el tipo que lo iba a comprar me dice ‘Mirá esa gitana toda sucia, gitana de mierda’. Lo corrí dos cuadras con la llave cruz para cagarlo a trompadas. La gitana que barría la vereda de mi casa era mi mamá”. Ahora está sentado en el escritorio de su agencia de autos. Cerca suyo, hay una calcomanía de la iglesia evangelista gitana a la que concurre, una foto de los autos de lujo que ostentaba en su agencia de Barcelona hace algunos años, y el mate que comparte con su primo gitano, con quien también comparte antepasados rusos.

No dirá su nombre, no saldrá en fotos: “Nos meten a todos en la misma bolsa. Si sos gitano, sos un delincuente; todo el mundo desconfía de los gitanos, y hay gitanos delincuentes y no delincuentes, como hay descendientes de italianos y de españoles delincuentes y no delincuentes. No tengo ganas de poner la cara en un momento en el que nos miran con desconfianza ni de meterme en líos con mi comunidad por hablar con medios”, aduce. El lunes pasado, su hijo mayor fue a comprar el diario. El canillita le dijo: “Qué quilombo armaron anoche”. Se refería a los incidentes que se produjeron cerca de Costa Salguero tras la fiesta de 15 años de la hija de Jorge Luis Miguel, que es miembro de la comunidad zíngara. Tras conducir a contramano y chocar contra otro auto, Miguel, de 35 años, se bajó de su BMW M4 -de más de 170 mil dólares- e increpó a la Policía y a periodistas con un arma. Desde entonces, Miguel permanece detenido y los zócalos de los canales de noticias dicen “El gitano sigue preso”. “Creen que todos hacemos quilombo, que todos somos delincuentes, caemos todos en el mismo prejuicio”, protesta el hijo mayor del patriarca, mientras va y viene con una caja de herramientas en la agencia de autos.

Según un relevamiento de la Asociación Identidad Cultural Romaní de la Argentina (AICRA), viven unos 300 mil gitanos en el país. “Las mayores concentraciones se dan en Capital Federal, el Gran Buenos Aires, Mar del Plata, Córdoba y Comodoro Rivadavia, pero hay comunidades en todas las provincias”, explica Jorge Bernal, presidente de AICRA y heredero de un apellido español que impusieron a sus antepasados gitanos hacia 1902. En Argentina, cuenta Bernal, están presentes los tres grupos predominantes de gitanos: los rom, que llegaron desde Rusia, Grecia y Moldavia, y hablan la lengua gitana original; los calé, que llegaron desde España; y los ludar, de Rumania y Serbia. En Buenos Aires viven cientos de familias zíngaras especialmente concentradas en Villa Devoto, Flores, Monte Castro y a lo largo de la Avenida de Mayo. Pero viven bajo el peso de la mirada de los otros: un estudio de la UBA señala que los gitanos triplican el nivel de rechazo que sufren la mayoría de las colectividades.

“Está instalado el estereotipo, la idea falsa de que todo lo que tienen es robado y que ofenden al país con sus acciones. Preguntas, ¿si un gitano mata en una picada, lo largan como al resto? ¿Por qué los cronistas elaboraron la lista de regalos del cumpleaños que fue noticia como si fuese la lista de lo robado? ¿Cómo va actuar la prensa si mañana detienen a un gitano femicida o a un pedófilo?”, plantea Jorge Nedich, autor del libro “El alma de los parias” (2014) y miembro de la comunidad. “Hace años que recorro los ministerios pidiendo incluir dentro de los planes educativos a todos los argentinos de origen gitano, jamás me recibieron”, se lamenta.

Vida de gitanos: son 300 mil en el país y cargan con el peso de la mirada ajena

Gitanos en Argentina. FOTO: ESTEBAN WIDNICKY

Igual que él, varios referentes de la comunidad han tenido reuniones con funcionarios de la Secretaría de Derechos Humanos y presentado denuncias en el INADI. Pero ante la falta de respuestas, la posición general parece ser de retraccción y desconfianza. Los casos de bulling en escuelas a chicos gitanos aumentan la deserción escolar. Y muchas mujeres abandonan el uso de trajes típicos para dejar de ser miradas.

“La presencia en Argentina no es significativa. En el mundo viven 20 millones de gitanos, pero aquí se replican muchos de los prejuicios que vienen de la Edad Media en Europa, donde actualmente hay entre 14 y 15 millones”, reflexiona el titular de AICRA. La discriminación, sostiene, se repite cotidianamente.

En la agencia de autos no está ninguna de las mujeres de la familia: les gritaron a sus familiares que no hablaran con ningún periodista, hablaron rápidamente en lengua gitana y entraron a la casa. “Mi papá pagó 65 monedas de oro por mi mujer; ahora una chica gitana cuesta 12 monedas de oro”, cotiza el dueño del local, con la vista siempre clavada en sus interlocutores varones a. “Se mantiene la tradición de la dote, que es la que certifica un matrimonio bajo la ley gitana: la familia del novio paga por la chica, por su crianza, y la familia de la novia devuelve ese importe en regalos para el nuevo matrimonio”, justifica Bernal, consultado por la mercantilización de la mujer. “Las gitanas, más que los gitanos, han tenido que cambiar sus costumbres para no ser discriminadas: la ropa es de colores más sobrios que antes y ya no usan trenzas para que no se las rechace; mucha gente cree que los vas a estafar”, explica el comerciante. “A la discriminación que empieza por la ropa y que hace que cuando una gitana entra a un supermercardo la sigan por todas las góndolas, se suma la que surge cuando nos escuchan hablar la lengua gitana. Hay muchos gitanos que tienen una inmobiliaria o una agencia de viajes que ocultan su origen porque si no, no podrían hacer negocios; yo he tenido amigos que se fueron cuando supieron que soy gitano”, agrega Bernal.

Vida de gitanos: son 300 mil en el país y cargan con el peso de la mirada ajena

Gitanos en Argentina. FOTO: ESTEBAN WIDNICKY

Muchos años antes de que el canillita le atribuyera a toda su comunidad el incidente de Costa Salguero, el hijo mayor de esta familia de vendedores de autos se negó a ir a la escuela. Tenía 8 años, se puso a llorar y le dijo a su papá que no quería ir porque un compañero le pegaba. Su papá lo subió al auto y, cuando se bajaron en la vereda de una escuela pública de Devoto, un compañerito le gritó: “Gitano de mierda”. “Armé lío y el director me dijo que pensara en llevarlo a otro colegio, y yo le dije que si tenía que ir a hablar con el Presidente para que mi hijo se quedara ahí, iba”, recuerda el dueño de la agencia.

Vida de gitanos: son 300 mil en el país y cargan con el peso de la mirada ajena

Gitanos en Argentina. FOTO: ESTEBAN WIDNICKY

Sus hijos fueron a la primaria pero no a la secundaria: “En general, los gitanos no van a la secundaria porque a esa edad empiezan a trabajar al lado del padre o, las chicas, a ocuparse de la casa”, cuenta. Su abuelo francés vendía caballos: “Puede que nos dediquemos a vender bienes muebles porque nosotros nos movemos de un lugar al otro”, reflexiona. Para él, el prejuicio contra los gitanos surgió cuando, hace siglos, las comunidades zíngaras se asentaban en carpas en las afueras de algún pueblo: “Los hombres trabajaban de artesanos, las mujeres tiraban la suerte y si en el pueblo había un robo, culpaban a los gitanos”, arriesga. Esos son los prejuicios que, según Bernal, han sobrevivido al paso del tiempo. “Es una herida con la que tenemos que vivir”, se lamenta el vendedor de autos. Y se acuerda de la vez en que una familia gitana del barrio entró a robar una casa: “Mandaron un patrullero al frente de mi negocio y estuvieron una semana. Como si fuéramos la misma cosa”. En la tele, un magazine m

 

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