Daniel Ulanovsky Sack -La lejanía como atracción

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Foto: Web | La sorpresa

Los exilios argentinos. Voluntarios, más o menos obligados o imprescindibles para salvar la vida. Nuestro país se ha balanceado siempre entre los extremos: atrajo población de lugares impensables pero expulsó también a muchos otros. A gente que se hartó o que necesitaba nuevos aires y a gente cuyo único pecado -pienso en los pueblos originarios- era no entrar en los cánones de la reconocida civilización. Se les tenía reservado un exilio en las márgenes de su propia tierra.

Estos vaivenes han creado frases tan creativas como penosas. ¿Se acuerdan de aquel graffiti “La Argentina tiene una salida: Ezeiza”? En países como España se sumaron, como capas geológicas, camadas de emigrados: los que escaparon de la dictadura, los que no llegaban a fin de mes con la hiper, los que no conseguían trabajo en los 90, los que se saturaron con el populismo unos años después.

A veces es difícil identificar estas causas como base de un viaje juvenil que sólo consiste en explorar otros mundos. Sin embargo, todo eso está allí. En muchas culturas los recorridos iniciáticos son populares. Enhorabuena. Pero en la mayoría de los casos, también, la gente vuelve a excepción que forme pareja allá lejos o que suceda algo relativamente extraordinario. En la Argentina el “ver si a lo mejor regreso”, en cambio, suma muchos votos. Como que el país agota con sus vueltas carneras, con esa sensación de que los problemas se clonan y tarda tanto en aparecer el sentido común.

Entre los que se han ido sin plan, hay varios conjuntos. Los que están bien y no encuentran razón para regresar. Los que sobreviven más o menos, pero tienen cierta tranquilidad que acá extrañarían. Y los que viven de sueños postergados: nadie los estaba esperando con los brazos abiertos pero cuando se dieron cuenta era triste volver. Mejor seguir esperando.

Están, también, los que vuelven. Por un plan de vida, porque la Argentina tiene ese extraño imán que atrae aunque a veces expulse. Quizás esa sea la causa de nuestra añoranza permanente. No el barco del inmigrante, como nos han dicho, sino la sensación de querer vivir acá hasta que todo cambia y surge el impulso de la lejanía. Paradojas de un país que ha tropezado dos veces, y varias más, con la misma piedra.

Origen: La lejanía como atracción

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