Ser blanco en Estados Unidos. El color como programa político 

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La elección de Trump como presidente -en la que el tono de piel jugó un papel central en la distribución de votos- convirtió la identidad blanca en un proyecto celebrado y resistido

PARA LA NACION

Ilustración: Decur
Ilustración: Decur

El hostel está en la Octava Avenida, entre las calles 55 y 56, en el Midtown de Manhattan, Nueva York. La sala de estar del tercer piso tiene sillones y pufs, un gran televisor sintonizado en un canal de deportes, un afiche de Taxi Driver, una máquina de gaseosas, una pequeña biblioteca. Un comediante de stand-up hace una actuación para promocionar sus presentaciones en un café de Hell’s Kitchen. Es un hombre blanco de unos treinta años; el público del hostel consta de seis o siete extranjeros incapaces de pescar la mayoría de las referencias que cruzan la política, la cultura, la raza y la geografía nacional para generar estereotipos que, al entrar en fricción entre sí, deberían causar chispazos humorísticos. Bromea sobre white trash, rednecks, crackers, hillbillies y okies, adscripciones peyorativas para referirse a los blancos pobres que viven en zonas rurales del sur y del centro del país, en las montañas, en parques suburbanos de casas rodantes; para emitir un comentario sobre su moral, su inteligencia, su conducta y su falta de méritos.

“Hablando de los votantes de Donald Trump -retoma el comediante, quien ya ensayó media docena de observaciones similares-, ¿saben cómo le dicen en un parque de casas rodantes de Texas a una chica blanca de trece años que corre más rápido que su padre, sus tíos y sus nueve hermanos mayores? ¡Virgen!”

El hombre percibe la falta de respuesta, se ríe como disculpándose, se explica: “Bien, bien, sólo soy un tipo blanco haciendo chistes sobre tipos blancos”. En verdad, sus comentarios son el resultado de múltiples procesos estructurales y discursivos de descivilización y demonización de la pobreza, de creación y mantenimiento de identidades raciales estigmatizadas y subordinadas.

Existe un montón de formas de entender “la blancura” en Estados Unidos, diversas maneras en que las personas se representan a sí mismas y a las demás como blancas, en que establecen jerarquías y posiciones de dominación dentro de la misma categoría racial. La elección de Trump como presidente no hizo más que sacarlas a flote como pilar de filiación y de alteridad, de privilegios ganados o reclamados, y a la vez, como problema conceptual a ser analizado, discutido, impugnado.

Trump es el primer presidente blanco de Estados Unidos. Lo es en el mismo sentido en que Barack Obama fue el primer presidente negro. Por segunda vez en la historia estadounidense, la raza del candidato presidencial jugó un papel central en la distribución de votos, rechazos y simpatías, en el modo en que se suponía que un ciudadano debía comportarse por pertenecer a una raza y no a otra.

Desde George Washington, en 1789, hasta George W. Bush, en 2009, todos los presidentes (y quienes compitieron con chances reales por el cargo) fueron varones blancos. Los votantes blancos elegían presidentes blancos y las minorías sólo estaban ahí para darle color al escrutinio; esto era un hecho naturalizado de la vida política hasta que dejó de serlo. Un presidente negro, un electorado latino capaz de balancear los comicios hacia un lado o hacia el otro exigieron un nuevo escenario: la conversión de la identidad racial blanca en programa político blanco.

Grado cero

Las elecciones presidenciales de 2016, señaló la historiadora Nell Irvin Painter, profesora emérita de Princeton y autora de libros como The History of White People, constituyeron una inflexión en el derrotero de la identidad blanca porque la obligaron a pensarse como identidad racial: “Gracias al éxito de ?Make America Great Again‘ como un retorno a los tiempos en que las personas blancas gobernaban, y gracias al amplio análisis de las preferencias de los votantes en términos raciales, la identidad blanca quedó marcada como identidad racial. Al ser individuos que expresan preferencias individuales en la vida y en la política, la era Trump estampa a los estadounidenses blancos con una raza: la raza blanca”.

Por raro que suene, lo blanco había sido hasta entonces el espacio no racializado del entramado social y político, un grado cero, una suerte de normatividad neutral y dominante. Excepto para los extremistas con una esvástica tatuada en la frente y una bazuca en la mesita del living, los blancos se definieron por su invisibilidad racial: la naturalidad con la que aceptaban su posición hegemónica, la falta de reflexión sobre la contingencia de su propia tipificación racial. Los estudios de la blancura (whiteness studies), un campo académico de investigación multidisciplinaria que tuvo su pico de creatividad en la década de 1990 para pronto caer en la redundancia, propusieron desarmar la noción de “raza blanca” para hacer visible ante los mismos blancos los privilegios que conlleva, los mecanismos de poder que autoriza y los principios de separación, desigualdad e inequidad que institucionaliza. Trump, a fuerza de bravuconeadas, colocó todo eso en primera plana.

La raza blanca estadounidense no es monolítica ni homogénea; no es un paquete de significación compacto y sin fisuras. Por el contrario, es un terreno de disputas y contiendas, una categoría resbaladiza en la que los participantes pueden ser asimilados, expulsados y desdeñados.

A mediados del siglo XIX, por ejemplo, los anglosajones protestantes, ya instalados en el país, se resistían a las oleadas migratorias de celtas católicos; los tildaban de borrachos, sucios y vagos. Cuando comenzaron a desembarcar migrantes del sur y del este de Europa, los irlandeses escalaron posiciones; ahora los blancos indeseables eran italianos, griegos, polacos, judíos. Antes de la Primera Guerra Mundial, ser blanco sajón estaba bien visto debido a las raíces alemanas; al final de la Segunda Guerra, estaba mal visto por las mismas razones.

Como taxonomía biológica para encasillar a los seres humanos según sus rasgos fenotípicos, la raza es una antigualla científica que quedó obsoleta con el siglo XX. Nadie -bueno, casi nadie- considera a las razas humanas como realidades biológicas esencialistas, sino como construcciones sociales e históricas fluctuantes. La Oficina del Censo en Estados Unidos se cuida en remarcar que son artefactos político-sociales con una utilidad metodológica determinada, que no tienen bases biológicas ni genéticas, que no responden a circunscripciones científicas ni antropológicas sino a características sociales, culturales y de ascendencia familiar. Según el último censo, de 2010, una persona blanca es aquella que tiene orígenes en pueblos de Europa, Oriente Próximo y Norte de África. Hispano y latino se consideran características étnicas, no raciales, por lo que una persona de raza blanca puede ser latina o no latina.

Ésta es la definición gubernamental; en la práctica cotidiana -yendo al supermercado, al cine, tratando de obtener un empleo, un préstamo estudiantil o un crédito para una casa- la ascendencia portorriqueña, iraquí, mexicana o siria difícilmente facilite una posición acomodada en la blancura estadounidense. Aunque en los papeles se pertenezca a la raza blanca.

White Trash

“En seis meses nadie dirá ?basura blanca’ [white trash]. Es la última cosa racista que podés decir y salirte con la tuya”, afirmó el director y escritor John Waters. En el prólogo de la antología White Trash. Race and Class in America, la periodista Annalee Newitz y el sociólogo Matt Wray anotaron: “Los estadounidenses aman odiar a los pobres. Últimamente parece no haber otro grupo de gente pobre al que les guste odiar más que a la ?basura blanca’. A pesar de la premonición optimista de Waters, ?basura blanca’ no parece estar yéndose a ninguna parte. Seis meses han ido y venido y, para bien o para mal, el término parece estar acá para quedarse porque muchos estadounidenses lo encuentran útil. En un país tan empapado en el mito de no tener clases, en una cultura en la que a menudo nos falta explicar la pobreza, el estereotipo de ?basura blanca’ sirve para culpar al pobre por ser pobre. El término ?basura blanca’ ayuda a solidificar en las clases medias y altas un sentido de superioridad cultural e intelectual”.

Parece una conversación de esta mañana, pero John Waters arriesgó su pronóstico en 1994 y el libro de Newits y Wray se publicó en 1997. Hace veinte años Trump no era presidente de Estados Unidos, aunque de seguro había comediantes de Nueva York haciendo bromas sobre la vida en los parques de casas rodantes de Texas.

Debilidad y vulnerabilidad por los cuatro costados. Eso era lo que quedaba al descubierto cuando un blanco pobre trataba de hacer planes, encontrar trabajo, cuando los padres eran incapaces de dar de comer a sus hijos, cuando una familia lo perdía todo por un suicidio o por una mala cosecha, por las enfermedades, la violencia de la meteorología, la escasa alimentación, el caos económico, la miseria, el lugar de residencia, los prejuicios. El historiador Greil Marcus describió de este modo, en Mystery Train, su libro de 1975, la pobreza rural blanca en la que Elvis Presley se había criado: “La humillación de un sistema de clases que le ofrecía una identidad para luego burlarse de la misma”. Humillación, clases, identidad, burlas. Estaba todo ahí. Faltaba la raza, acaso porque simplemente se la daba por sentada: sólo un tipo blanco haciendo chistes sobre tipos blancos.

A la mayoría de las personas blancas, señaló Painter, su “blancura” les permitió evadir la raza, no confrontarla. Para los blancos pobres, en cambio, esa evasión es imposible. La “basura blanca” no puede tomarse a sí misma como norma de neutralidad porque es consciente de ocupar una posición subalterna frente a otros grupos definidos por la raza y por la clase. Los obliga a cuestionarse qué es una identidad blanca aceptable, quién determina que así sea, cómo se sostiene, por cuánto tiempo.

Cuando la identidad blanca se superpone con la raza blanca, cuando forja un proyecto político igualmente celebrado y resistido, el terreno queda desbrozado para hacerse la pregunta que los estadounidenses nunca antes habían tenido que hacerse: ¿queremos, por primera vez en la historia, a un presidente blanco? Y de ser así, ¿estamos dispuestos a afrontar las consecuencias?

Origen: Ser blanco en Estados Unidos. El color como programa político – 23.04.2017 – LA NACION

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