María Nieves Rego, tango de amor y odio 

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María Nieves Rego / ARCHIVO PERSONAL DE MARÍA NIEVES REGO

María Nieves Rego se crio entre miseria, con una madre analfabeta y un padre golpeador. A los 9 años se empleó como sirvienta y a los 11 ya fumaba 50 cigarrillos diarios. En la milonga conoció a Juan Carlos Copes. Juntos bailaron la vida. Nos lo cuenta en su casa de Buenos Aires.

RECOGE EL PLATO de la cena, va hasta la cocina, lo lava. Regresa a la pequeña mesa que está contra la pared en el recibidor y repasa las cajas con medicamentos por ver si se ha olvidado de tomar alguno (aunque ha perdido la fe en que los medicamentos sirvan para algo). Se sienta en el sofá de la sala, la espalda contra los almohadones impecables como están impecables el modular del televisor y el pequeño baño impecable y la impecable habitación en la que duerme y en la que, sobre una cómoda, hay retratos de ella misma, untuosa, arqueada, el pelo cortísimo, los ojos solares, fumando con boquilla; y como están impecables el cuarto impecable donde guarda los vestidos de baile de los últimos años –negros, con brillos y escotes magnos– y el pequeño patio impecable con la soga de tender la ropa que lava a mano porque no tiene lavadora. Quizás le dé algunas pitadas al cigarrillo electrónico. Quizás, ahora que ha apagado la radio que permanece encendida desde la mañana, mire un programa en NatGeo. Quizás repase las cosas que tiene que hacer al día siguiente: ir al supermercado, llamar a alguien. La persiana del departamento –una planta baja que da a la calle en un barrio de Buenos Aires cercano a Palermo– está baja, pero siempre está baja: de día, de noche. Son las ocho. En breve se irá a dormir. Esa es la vida ahora. ¿Esa es la vida ahora?

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Con Juan Carlos Copes en un set de televisión en los sesenta. ARCHIVO PERSONAL DE MARÍA NIEVES REGO

EN EL PRINCIPIO ES LA VOZ. Una voz en el teléfono que suena áspera, levantisca, que dice “Hola” como quien pregunta “¿Quién molesta?”, y que apenas después se lanza en una conversación encabritada.

–Yo ahora ni me maquillo. Para qué. Si ya dejé de bailar. Después de la película dije: “Voy a descansar” y soné. Se me taparon las arterias y no puedo bailar. El médico me dijo que si me opero me pongo peor. Yo fumaba desde los 11 cuarenta o cincuenta cigarrillos por día, nena. Ahora me duele cuando camino, empiezo a renguear, y no me gusta que la gente me vea así. Yo me juré que nadie me iba a ver decadente. Siempre fui reticente a la prensa. Ahora, como ya tengo mi biografía y una película, digo que el que quiera saber algo que vea eso. Pero si querés vení y hablamos. Llamame el día anterior, por si me olvido.

Pero el día anterior a la entrevista, María Nieves Rego (82 años, la bailarina de tango más emblemática de la Argentina que, junto a Juan Carlos Copes –su pareja de baile durante más de cuatro décadas, su pareja de todo lo demás durante periodos intermitentes nunca demasiado claros–, formó la dupla de tango de escenario más reconocida de todos los tiempos, bailando en el programa de Ed Sullivan y en la Casa Blanca, girando por medio mundo) no se ha olvidado. Ese día el teléfono suena pocas veces.

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Imagen de María Nieves tomada en 1959 en Nueva York. En la segunda foto, un retrato reciente.

–Ah, nena. Claro, te espero. Pero no sé qué vamos a hablar. Si ya tengo la biografía, y la película.

La biografía se titula Soy tango, su autora es la periodista María Oliva y fue publicada por Planeta en 2014. La película es Un tango más, su director es el argentino residente en Alemania Germán Kral, tiene dirección ejecutiva de Win Wenders y es de 2015. Ella considera que esas dos formas de exposición pública son suficientes para que se conozcan su vida y su obra.

–No me vas a tener un día entero, eh. Ni dos.

EL TIMBRE suena con tanta fuerza dentro del departamento que se escucha desde la calle. Segundos después, María Nieves cruza el hall del edificio con paso elástico. Tiene el pelo corto y una sonrisa de escenario: genuina y, a la vez, una gran construcción pensada para proyectarse hasta la última fila de la platea.

–Hola, nena, pasá.

En el departamento hay una radio encendida a volumen discreto.

–Sentate.

En el recibidor, sobre una mesa pequeña, entre cajas con medicamentos, hay un paquete de cigarrillos y un cigarrillo electrónico. El parqué del piso brilla como cada adorno, como cada mueble. Todo está sumido en la luz de un foco de bajo consumo, pero aun en esa semipenumbra puede verse que es una casa refractaria al caos, un lugar donde las cosas están pulidas hasta los huesos, como si todo –las paredes, el piso, los adornos– acabara de ser sumergido en un enorme tanque de líquido limpiador.

–Ahora está todo así nomás. Cuando yo estaba bien no sabés cómo limpiaba.

Tiene dedos largos y uñas fuertes, que se lucían cuando posaba, hasta hace poco, en fotos en las que se la ve fumando con boquilla, el tajo del vestido lamiéndole la pierna hasta la ingle.

–Este cigarro electrónico lo compré hace un año. Tengo que controlarme. Por las arterias. Después de la película se me tapó, perdoname, hasta el culo.

Usa un fraseo teatral, modulado, haciendo pausas dramáticas, con frases plagadas de groserías leves y un slang reo (bacán, yeite, cajetilla) que ha viajado con ella desde el siglo pasado, como tantas otras cosas han viajado con ella: las piernas largas, el vicio por la lubricidad del tango, la mirada pícara que ya tenía en fotos que la muestran, en los años cincuenta, autoconsciente de una belleza vandálica, libidinal.

MARÍA NIEVES REGO FORMÓ CON JUAN CARLOS COPES LA DUPLA DE TANGO MÁS RECONOCIDA DE TODOS LOS TIEMPOS

–Te vas a asustar de lo maleducada que soy. Yo jamás me imaginé que era tanto trabajo una película. Y el director quería la pelea con Copes. Yo no lo quiero ni nombrar a Copes. Reconozco que fue el mejor bailarín de tango. Pero como tipo, no. Yo ya quiero borrar mi historia. Y no quiero que me jodan más. No puedo hacer lo que yo hice toda mi vida, que es bailar. Entonces, hablar a mí no me interesa.

Un manejo excelso de las inflexiones de voz hace que, por momentos, parezca una mujer de mansedumbre absoluta y, por momentos, un dragón sorprendido en cólera deslumbrante.

–Bueno, dale. Empecemos.

JOSÉ REGO Rico. Repartidor de leche. Gallego llegado a Argentina en un año indeterminado del siglo XX. Marido de Josefa Freire Pértega, gallega llegada a Argentina en un año indeterminado del siglo XX. Padres de cinco hijos. Dos mayores –Alfredo, Ñata– y dos menores: Cristina (Pirucha) y Cacho. En el medio, dividiendo las aguas, nueve años de diferencia con Cristina, María Nieves, venida al mundo el 6 de septiembre de 1934 en un hospital público y rápidamente trasladada al inquilinato del barrio de Saavedra en el que vivía la familia.

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Rego y Copes, en el cumpleaños de Ronald Reagan en 1986. ARCHIVO PERSONAL DE MARÍA NIEVES REGO

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origen: María Nieves Rego, tango de amor y odio | Documentos | EL PAÍS Semanal

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