La droga asesina – Le doy mi palabra

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Roberto Moro, el titular de la Sedronar denunció que nuestro país está en el peor momento del consumo de droga de su historia. Más que un título informativo de alto impacto es un grito pidiendo ayuda.
El consumo, la producción, la exportación y el lavado de dinero proveniente del narcotráfico son los cuatro eslabones que completan esa cadena criminal nefasta. Todo el país está atravesado por semejante drama y es una de las malditas herencias que les debemos a 12 años de kirchnerismo. Nos dejaron altísimos índices de pobreza inflación negada, una corrupción colosal y el odio que alimentó la fractura social expuesta. Pero seguramente la peor de las asignaturas pendientes que dejó Cristina tiene que ver con los estupefacientes.
La gran mayoría de los argentinos todavía no tomó conciencia de la gravedad del tema del narcotráfico por un lado y del consumo de droga por él otro. No se generó el suficiente escándalo moral que nos haga levantar la voz y exigir que todos los involucrados trabajen duro y en forma mancomunada para terminar con estos dueños del veneno que mata a nuestros hermanos y que se llenan los bolsillos con dinero sucio.
La droga es el principal enemigo del pueblo. El último intento de instalar el tema de verdad en el debate público lo hizo la Comisión Nacional de Pastoral sobre Drogadependencias, que coordina el padre José María “Pepe” Di Paola. El documento fue contundente al pedirle a las autoridades la urgente declaración de la “emergencia nacional de adicciones” para empezar a cortar por lo sano y para ganar algunas batallas en esta lucha desigual que, según el especialista en desarrollo social Daniel Arroyo, “estamos perdiendo 10 a 0”.
El texto de los curas que ponen el pecho y el cuerpo todos los días en las villas y en los hospitales pegó un alarido: “¡Basta! ¡Basta! ¡Ni un pibe menos por la droga! Hay que ponerse a trabajar”. También ratificó su firme rechazo a “las políticas liberales que reclaman el derecho de cultivar, tener o consumir drogas”, en clara referencia a la marihuana. Se agradece esa postura tan taxativa frente a muchos presuntos progres y chicos cool que se creen que la legalización puede ser un camino de salida cuando, en realidad, es la puerta de entrada de los sectores más necesitados.
El documento de los curas villeros puso el dedo en la llaga cuando dice que hay que cortar el circuito financiero. Dinamitar la ruta del dinero que enriquece a estos criminales que trafican con el dolor de nuestras familias.
El texto dice que “El narcotráfico es una red multinacional con gerentes y CEOs, que saben tanto de complicidades políticas como de comunicación, de maquillar la realidad con teorías novedosas surgidas en universidades prestigiosas, de hacer lobby y buscar leyes favorables a sus negocios”. Una denuncia corajuda que describe la magnitud de la guerra que nos han declarado.
Los representantes diocesanos no creen conveniente politizar el tema. Dicen con claridad que “no se trata de un gobierno u otro, sino más bien de un problema que fue creciendo y, como una espiral, avanza profundizando el deterioro de la vida de nuestros jóvenes y destruyendo el tejido social”.
Denuncian que cotidianamente, llegan a sus parroquias e instituciones presentes a lo largo del territorio nacional, a los pueblos y ciudades muchos pibes, gurisas, changos y chinitas que perdieron su libertad por la falta de sentido y oportunidades, y quedaron entrampados en las redes del consumo de alguna droga, tanto legal como ilegal. Acompañamos el sufrimiento de sus familias y seres queridos. Esto sucede incluso en los pueblos más chiquitos, en los que para poder ver a un psicólogo o especialista en salud mental hay que viajar 100 o 200 km. La situación es desesperante y nos preguntamos cuál es la respuesta que como sociedad estamos ofreciendo. Debemos sincerarnos. En los centros urbanos estamos discutiendo modos novedosos de intervenir, organizando congresos y analizando las falencias de los distintos paradigmas y modelos teóricos, muchas veces importados, y la respuesta sigue siendo insuficiente, mientras hay cerca de un millón de jóvenes que no estudia ni trabaja en nuestro país.
Rechazan los enfoques represivos hacia las víctimas que consumen y explican que si a nuestros jóvenes no les ofrecemos oportunidades reales para crecer, para descubrir el sentido de la vida, políticas públicas de prevención y un sistema de salud adecuado, van a ser estructuralmente vulnerables. No alcanza con perseguir al narcotráfico, hay que cuidar a los pibes.
La ministra de seguridad Patricia Bullrich dijo que nuestro país “tiene un mercado perfecto para los narcos y por eso iniciaron una lucha frontal y concreta. Argentina exporta cocaína por las hidrovías”.
Y está claro que la prevención siempre es el camino más barato y efectivo. Porque el narcomenudeo llegó a todas las latitudes. Porque la cultura que se instaló muestra al vendedor de droga como alguien exitoso que se llena de plata y que tiene las mejores motos y zapatillas frente a la miseria que lo rodea. Es un liderazgo absolutamente tóxico. Un patrón del mal que produce una verdadera implosión social allí donde se instala: los robos y los asesinatos se multiplican en forma proporcional a la cantidad de droga que se consume y trafica. Y a las instituciones que han sido perforadas y prostituidas por la corrupción.
El anterior gobierno tenía una actitud cómplice y negadora. No solo por los millones de dólares que embolsaron con el contrabando de efedrina y por el triple crimen. También porque personajes fuertes del gobierno como Aníbal Fernández miraban para otro lado y subestimaban el problema. Hay que revisar a fondo los aportes que recibieron en la campaña electoral de la mafia de las droguerías y sumar dos más dos.
Hay que decirlo con todas las letras: no hay droga buena. Hay que decirlo de la manera más descarnada posible: no hay droga buena porque no hay muerte buena. Y la droga asesina. Todas las drogas matan: Más temprano o más tarde. Algunas matan en forma fulminante y otras lo hacen por goteo: primero te esclavizan, te hacen adicto, te dominan hasta que finalmente, cuando menos lo esperas, te clavan un puñal por la espalda.
No solamente la droga mata. En general, en la mayoría de los casos, mata a pibes. Es un crimen a la vista de todos que liquida a los jóvenes. La iglesia ya puso el grito en el cielo. Ahora nos toca a nosotros levantar esa bandera y llevarla a la victoria. “Ni un pibe menos por la droga” debe ser nuestro objetivo colectivo. Nuestra epopeya nacional. Ni uno menos por la droga. Ni uno menos.
No hay otro camino que matar a la droga antes de que la droga nos mate a nosotros

Origen: La droga asesina – 17 de mayo 2017 | Le doy mi palabra

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