“Aprovechadas, calientes e ignorantes”: el estigma de ser una mujer negra casada con un hombre blanco

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La aprovechada, la mantenida, la caliente, la limpiadora… la lista es infinita.

Cuando estaba embarazada fui con toda la ilusión al CAP del barrio y ahí es cuando empecé a notar algo raro. Me pedían muchas más pruebas y análíticas que al resto de mis amigas que también habían sido madres”.

Le pedían, por ejemplo, la prueba del SIDA. Sus analíticas recientes estaban en orden, así que no entendía por qué la doctora se empeñaba en repetirlas una y otra vez. Silvia se negó. Salió de la consulta con su libreta médica sellada y con unas letras en las que, para más inri, se podía leer “ex toxicómana”. Todo porque, con total sinceridad, había dicho que de joven había consumido eventualmente alcohol y drogas recreativas. Silvia pidió un cambio de médico y salió de la consulta sin entender nada. O, mejor dicho, sin querer creer que todo le estaba pasando era por ser negra.

“Ese fue el momento más denigrante y racista que he vivido. Salí de ahí convertida en algo que yo no soy”, explica esta mujer de 44 años, hija de madre guineana y padre nigeriano. Para la médico que le atendió: mujer, negra, ex toxicómana, y ya está. Estereotipo fabricado. Hasta el momento de quedarse embarazada, Silvia, quien lleva casada con su marido catalán más de 10 años, reconoce que las cosas fueron relativamente sencillas.

El entorno del mundillo cultural en el que ambos movían naturalizó sin mayor problema esta relación birracial, un fenómeno creciente en España que se estima representa entre un 10 y un 15% de las parejas. No existen cifras oficiales.

Antoinette Torres junto a su hija y su marido, sentado en el sofá. Foto por Luis Areñas

“Hay un gran desconocimiento sobre este tipo de parejas. La mujer en estos casos está sumamente cosificada. En muchos casos se lee como una mujer sin historia, casi como un souvenir que se ha traído a España, sin pasado, sin historia”, explica en este caso Antoinette Torres Soler, de 42 años, nacida en La Habana, profesora en feminismos negros y diplomada en pedagogía y psicología.

Antoinette está casada desde hace años con el asturiano Ángel. A pesar de que llevan más de 10 años casados, Antoinette y Ángel siguen recibiendo miradas de extrañeza por la calle por el simple hecho de ser una pareja de dos colores. “A veces me han confundido con la cuidadora de mi hija —de pequeña era muy clara— e incluso con la limpiadora de mi propia casa”, explica Antoinette.

“Te he visto en la calle con una mujer con gafas blancas”, espetó un día un compañero del trabajo a su marido. “¿Quieres decir que me has visto con una mujer negra? Es mi mujer”. Este tipo de miradas extrañas, preguntas profundamente incómodas o directamente absurdas, son una constante en la vida de Antoinette y Ángel, pero también en la Silvia y su marido. Y en la de muchas otras.

El estigma en este caso es doble: por ser negras y por ser mujeres. 

La familia

“Primero es esa cosa guay de estar con una brasileña. El problema es cuando se intenta llevar una relación formal. Una mujer latina, que baila, todos esos clichés… no se nos ve como una mujer para estar en serio”, relata Mariana por conversación telefónica. Incluso hoy en día, ya casados, hay quienes son incapaces de preguntarle por su marido. “Me preguntan por el novio, suena menos fuerte, como si no se lo acabaran de creer”.

Esa incredulidad, esa mezcla entre ignorancia y rechazo, lleva a algunas familias del cónyuge a negarse a aparecer el día de la boda. Ni en la boda de Mariana, ni en la de Antoinette. Las familias españolas de sus respectivas parejas no acudieron al enlace.

“Es un tema que puede doler, e imagino que incluso más a él que a mí. Su familia no estuvo en la boda. ¿Cómo interpretar eso?”, se cuestiona Mariana. “ Era un 7 de agosto y hacía un calor tremendo. Ese día me acompañó mi familia materna, mis compañeros de trabajos, incluso algunos alumnos tocaron ese día un ave maría. Sin embargo, faltaba la familia de Ángel. Nadie quiso estar”, sostiene Antoinette. De hecho, tuvieron que pasar dos años de noviazgo para que Antoinette pudiese entrar en la casa de Ángel. En el caso de Antoinette la situación se ha complicado con el tiempo hasta el punto que tienen una niña de 4 años que no conoce a su familia paterna aunque viven en el mismo país.

¿Qué hay detrás de todo esto? ¿Son familias especialmente racistas? ¿Se reconocerán ellas como tal? Para Silvia, hay algo ahí que ni siquiera es perceptible a los ojos. Un racismo subcutáneo que de tan sutil es incluso más doloroso.

“Mira, en mi caso, su familia me adora y todo, pero en todos estos años no hemos conseguido que mi sobrino de diez años me llame tieta (término cariñoso para referirse a la tía en catalán)”. Para ese crío ella es Silvia y siempre lo será a pesar de que pasen las vacaciones, las Navidades y todas las fiestas juntos. “Hay una cosa que está como por debajo, el tema del color que nos diferencia, por mucho que quieren, no pueden dejar de verlo”. La pareja de Silvia intentó hablar con su familia y tratar de cambiarlo, empezó a llamarla también él “tieta”. No hubo manera. No les quedó más remedio que aceptarlo.

“Yo la lectura que hago es que yo no soy de su familia, no formo parte de ellos. Y me pregunto cuándo pasa uno a formar parte de la familia”.

Foto de Diara Balla

“¿Por qué te maquillas para ir al supermercado?”

Muchas parejas birraciales encuentran algunas diferencias en su comportamiento y forma de hacer durante la convivencia. Cuando Mariana empezó a convivir con su marido se dio cuenta de algunas cosas que hacían distinto los dos y que, inevitablemente, tenía que ver con su raza.

“Me ha costado tiempo darme cuenta de que esa cosa de ir siempre arreglada o un poco maquillada era una forma de defensa. Mi pareja nunca tuvo esa necesidad y alguna que otra vez le preguntó que por qué se maquillaba para ir al supermercado. “ Él es blanco y tiene los ojos claros, nunca ha tenido que preocuparse por eso, ¡puede ir vestido como un mendigo si quiere!”, relata entre risas. Tanto a ellas, como a sus amigas, se las penaliza si un día deciden ir de compras un poco más informales. “Notas que el segurata está pendiente de ti”.

Silvia confirma este privilegio del hombre blanco: “ Yo no puedo vestir de una forma más relajada, porque para mí tiene un coste. Yo si quiero ser tomada en serio no puedo ir como me de la gana. Si voy al banco, por ejemplo, tendré que medir mi escote, el largo de mi falda y la intensidad del color de mis labios”.

Todas ellas coinciden en que tienen que hacer un sobreesfuerzo en demostrar su valía, en demostrar que no son lo que los otros son. Mariana, al principio de la relación, se avanzaba siempre para pagar la cuenta. No quería confirmar bajo ningún concepto el estereotipo de mantenida”. “Hay que demostrar cierta cultura, cierto conocimiento, independencia económica. Hay que hacer un esfuerzo doble para ser tratadas como igual”, agrega Silvia.

Además, es consciente que incluso hay microracismo dentro de la propia pareja: “Me di cuenta, por ejemplo, de que mi marido asume algunas cosas de mi personalidad como si fuera algo extensible a toda mi raza, no a mi. Eso lo he visto con algunas comidas, con ropa…”. Es decir: lo que le gusta Silvia es porque “le gusta a todas las negras”. Este hecho se manifestó, por ejemplo, cuando tuvieron el bebé y Silvia optó por llevarlo colgado en ropas. Tanto su pareja como su familia asumieron de inmediato que eso era “una cosa de raza”. Y se lo dejaban caer en algunos comentarios. “Y, a ver, quizás hay algo ahí, en el fondo, de mis ancestros. Pero en realidad lo hago por comodidad, por estar más en contacto con el bebé los primeros meses de vida, como otras muchas mujeres”, explica.

La mulanita, la exótica, la negrita…

Luego están, claro, los estereotipos asociados al sexo, los más recurrentes. Que se lo digan, sino, a Silvia: “ Me pedían que me hiciera la prueba del SIDA porque estaban asumiendo que yo era un ser mucho más promiscuo que mi marido. A pesar de que llevábamos más de seis años de pareja estable”.

“Los amigos de mi pareja le decían ‘mira, ya tienes una mulatita’. Eso tiene que ver con la hipersexualización constante de nuestros cuerpos. Dando por hecho que nosotras somos mucho más calientes”, explica Diara Ballo, una chica de 28 años, nacida en Barcelona, de padre maliense y madre española. Durante más de cinco años estuvo emparejada con un novio español. Vamos, que nada que ver con Cuba. Al final lo dejaron, entre otras cosas y según ella, por algunos choques culturales. Diara sabe que el hecho de ser mestiza es un privilegio frente a otras personas negras, por una cuestión de simple colorismo. Sin embargo, también sabe que ella es menos privilegiada que otras personas blancas. “A mí, además, tienden que encasillarme como marroquí o latina. O me dicen que soy negra, pero no tanto”.

Ese no tanto. Ese “ser negra, pero solo un poco” es algo que desde las asociaciones africanistas buscan erradicar desde hace años. Diara lo tiene claro: “Yo siempre digo que soy española y africana. No quiero negar mis orígenes”. Y, por supuesto, rehúsa el término mulata. “No solo es racista desde un punto de vista estrictamente semántico, también lo es por todas sus connotaciones políticas”.

Silvia corrobora ese supuesta naturaleza “sexual” asociada a las africanas. “¡Se supone que debo ser una fiera en la cama!”, explica. Ella cree que este tipo de insinuaciones sexuales le llegan sobre todo al hombre, es decir, a su pareja. Y en terreno, sobre todo, laboral. “Además mi marido ahora mismo es lampista, trabaja en la obra, con lo que durante mucho tiempo estuvo aguantando comentarios racistas sin que ellos supieran que yo era negra. Luego, cuando se enteraron, aún le hacían más comentarios”, relata. Silvia cree que por eso aún no ha conocido a ningún compañero de trabajo de su pareja.

Además, en esa misma línea, Silvia subraya que alguna gente espera un gran viaje exótico o existencial detrás de la historia de amor con su marido: “Parece que tengas que contar historia muy épica sobre cómo os conocisteis. Y no, la verdad es que nos conocimos en Barcelona y ya está”.

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Origen: “Aprovechadas, calientes e ignorantes”: el estigma de ser una mujer negra casada con un hombre blanco

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