¡Me separé! Y volví a la casa de mis viejos

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Algunos sienten estos momentos como un retroceso, un fracaso, sienten su “ego lastimado”. Pero, ¿cómo aprovechar esta transición para reconstruirse y salir adelante?

¡Me separé! Y volví a la casa de mis viejos

Mujer con valija en mano.

El amor aviva expectativas, ganas de llevar adelante los planes en común. Los enamorados podrán cumplir con las ilusiones que el encuentro con la persona amada despertó; algunos proyectos quedarán en el camino, otros requerirán que se revisen las metas, los tiempos acordados, y el presupuesto para concretarlos.

La convivencia tiene diferentes aspectos (emocionales, adaptativos, económicos, etc.) pero también la separación tiene lo suyo. El fracaso amoroso “lo que no pudo ser” necesita de un cambio urgente, una distancia obligada para no incrementar el malestar.

Hay parejas que se separan en buenos términos, es decir, dirimen los desacuerdos entre adultos, no hacen intervenir a los niños en la contienda, acuerdan lo que le corresponde a cada uno y organizan sin reclamos innecesarios la responsabilidad parental compartida.

La mayoría de las incompatibilidades conyugales tienden a perdurar aún después de separados, como si la ambivalencia entre el amor y el odio jugaran en el centro de la discordia. Y aunque existen temas que son muy delicados a la hora de tomar distancia, la ida del hogar es un suceso que no debe tener términos medios para no prolongar “bajo el mismo techo” la escalada del conflicto. Uno de los dos se tiene que ir de la casa. Para las parejas solas, sin hijos, la cuestión es más sencilla: uno se queda y el otro se va buscando otro destino. Si hay pequeños es la mujer la que se queda en el lugar cuidando de los niños y reorganizando la vida con ellos. Y si bien hay hombres que les dicen a sus mujeres: “Se van ustedes, yo me quedo”, como si defendieran su baluarte patriarcal (yo lo pagué: me pertenece), esta postura no es tan frecuente por el límite que impone la ley.

¡Me separé! Y volví a la casa de mis viejos

Mujer con valija en mano.

¿Volver con la frente marchita?

En estos tiempos de privaciones, volver a la casa de los viejos es una opción para los hombres separados. Y no solo por carencias económicas, sino también afectivas. Lo primero que aparece frente a esta posibilidad es el rechazo, sin embargo con el paso de los días se la ve como una opción válida que tiene otros beneficios además del cuidado de la economía personal. Hay necesidad de contención en esta vuelta obligada: se regresa la casa natal, al barrio, a un tiempo pasado que puede ayudar a reparar esta etapa de transición.

La capacidad de adaptación permitirá, una vez atravesado el temido umbral de “la casa de los viejos”, acomodarse sin mucho esfuerzo. Para otros será una pelea con su ego doblemente lastimado, tanto por la ruptura de pareja como por la sensación de estar “volviendo atrás”. Hay que tener la sabiduría y la paciencia para aceptar que un cambio no es un fracaso ni un castigo por “haber hecho las cosas mal”.

Más allá de las discrepancias post separación (muchas se prolongan tanto en el tiempo que pareciera que algo del amor no se pudo superar) lo primero que hay que tener como objetivo es: de qué manera la vida personal y familiar se debe reorganizar en este nuevo contexto. Tanto el hombre como la mujer separados pueden continuar con sus demandas, sobre todo si se basan en reclamos justos, pero no deben olvidar que tienen una responsabilidad con su propia vida y la de sus hijos. Son tantas las veces que los reproches ocupan los lugares de la reflexión y de la superación que se asemejan a ideas obsesivas, especie de pensamiento perseverante que domina las conductas.

Familia a la italiana

Para el imaginario popular, que un hombre separado viva con los padres puede resultar un obstáculo a la hora de la conquista, sobre todo cuando la nueva relación se vuelve más estable. Los tiempos han cambiado en lo que se refiere al status masculino. En otros tiempos, si el hombre llevaba a la mujer a vivir a su casa parental no resultaba nada raro. Es más, la idea de familia nuclear servía de resguardo de la trama vincular. El ejemplo de la “mesa grande”, metáfora de la familia unida por los lazos y la proximidad de los espacios era algo muy frecuente. Y aunque la pareja tuviera su “independencia” dentro de casa (limitada a la habitación), todo lo demás estaba bajo el control del padre o la madre.

“El padre” significaba la normativa cultural del grupo, especie de bajada de línea de las cosas que estaban permitidas y censuradas dentro de ese ámbito. La madre, en este contexto patriarcal, servía de puente emocional, regulando la interacción de afectiva, y “casi sin querer”, dosificando las pautas parentales dentro de cierta tolerancia.

Las típicas frases “hacele caso a tu padre” o “tu padre sabe por qué te lo dice” son ejemplos de cómo la madre buscaba suavizar las leyes del hogar. No obstante, aquella mujer que entrara a la casa como pareja del hijo sería por siempre ajena si se resistía a los códigos familiares instituidos. No es de extrañar que en algunas casas todavía primen estos modos de interacción. Por suerte, las parejas pueden tener más autonomía y los padres suelen respetar más las determinaciones de los jóvenes, ya que ellos también pueden cuestionar y decidir. Si antes no llamaba tanto la atención que un hombre viva con su pareja dentro del núcleo de la familia de origen porque era indicativo de “familia unita”, dentro de una tradición cultural, hoy es una realidad que solo se explica por la imposibilidad económica de llevar una vida marital independiente, esto es fuera de la casa de los padres o suegros.

Soy sola

Los hombres se pliegan más a los códigos de la casa parental, ya sea por la comodidad que significa tener ropa limpia y comida caliente, sino porque la madre seguirá siendo por siempre el “útero” más acogedor. Y aunque muchos se quejan de la “vieja hinchapelotas”, no tendrán que escudarse tanto cada vez que la madre quiere volver a cumplir el rol como antaño.

En cambio, para las mujeres la presencia tan cercana de madres y padres suele ser un problema y por qué no, una amenaza para la independencia conseguida. Volver a responder preguntas tales como: “¿volvés tarde? ¿Con quién vas a salir? ¿Tu marido, perdón, tu ex, te dejó un mensaje, se lo vas a responder?”, suele ser un revival muy irritante sino angustiante. Ya el hecho de encontrar el cuarto en las mismas condiciones previas a la partida, dormir en otro sitio como el sillón del living, es un proceso difícil que debe atravesar.

Ocultar o revelar

Si los hombres que deben volver a vivir con sus padres muestran resistencias es también porque creen que será un problema a la hora presentar su perfil a una nueva compañera. “Qué va a decir si le digo que vivo con mis viejos”, se anticipan. La tan valorada autonomía masculina y la estima, asociadas ambas a las ganancias de la virilidad, se resienten.

Algunos podrán asumir su realidad y harán frente con la verdad. Otros inventarán estrategias para esquivar el tema. Unos pocos, aprovecharán estos momentos para curar las heridas, agradecer, conectar con la familia de origen desde otro lugar y saldar asuntos pendientes. Desde ahí se puede despegar a una nueva realidad, construir un mundo nuevo.

La verdad como sustento

Volver a vivir con los padres luego de una separación está siendo muy frecuente en estos tiempos que vivimos. Las condiciones económicas hacen difícil el alquiler o la compra de un departamento. Y si no existe el ahorro, o el amigo caritativo que aporta su ayuda, volver a la casa de los viejos será cada más la opción más conveniente (y convincente). Transición, experiencia de vida, recomposición emocional, búsqueda de contención, son apenas algunas posibilidades que se abran apenas traspasado el umbral. Hay que saber encararlo con la frente alta, de esa actitud será muy probable que aparezcan nuevas ideas de superación. Y la verdad, como dice el dicho, no ofende. De nada vale ocultar lo que para todos es una realidad: “las crisis nos empobrecen hasta que empezamos a valorar lo que ganamos con ellas”.

Por el doctor Walter Ghedin. Médico psiquiatra y sexólogo. Autor de la obra La Vagina Enlutada.

Origen: ¡Me separé! Y volví a la casa de mis viejos

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