Drogas, tatuajes de jena y ritos funerarios para las niñas-bomba 

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La secta yihadista Boko Haram sabe que no hay mayor antídoto contra el radicalismo que la educación. De ahí que secuestren a los pequeños en los colegios y les preparen para matar

Las niñas tienen la ‘fortuna’ de escoger: casarse con un militante o hacerse explotar en un mercado

Marcados por la yihad I: La niña que venció a Boko Haram

Marcados por la yihad II: Cadette y Hassan, las dos caras del hambre

  • ALBERTO ROJAS
  • Enviado especial
  • Baga Sola (Chad)
  • @rojas1977

Cualquier día de clase puede ser el último. Más allá del lago acecha el enemigo, que sueña con niños-bomba reventando las escuelas y cerrándolas para siempre. A pesar de ese riesgo, el problema en el Lago Chad no es ir al colegio, el problema es dejar de ir. Boko Haram sabe que no hay mayor antídoto contra el radicalismo que la educación, ni mejor medicina contra la miseria que el conocimiento. Un profesor motivado, una pizarra y un grupo de niños componen su temida criptonita.

El precio de mantener viva esa lucha es muy alto. Supone intentar proteger a decenas de miles de niños a diario, además de alimentarlos y proporcionarles un material escolar del que carecen. El riesgo lo explica Hassan, de 14 años, que estuvo un año secuestrado por Boko Haram en una isla del Lago Chad hasta que consiguió escapar. No le resulta fácil hablar sobre sentimientos o emociones y se comunica en voz baja, pero describe aquello que vivió con detalles precisos: “A todos nos hicieron un tatuaje [una especie de código de barras] que significa que les perteneces. Además, los militantes preguntaban a las recién secuestradas si querían casarse con ellos. Los comandantes tienen varias esposas, pero quieren más. Las chicas están atemorizadas y muchas dicen que sí, pero otras son valientes y se niegan. A ellas nadie las fuerza. Sólo les cambian el color de la abaya (la túnica islámica femenina) para distinguirlas de todas las demás”.

  • ¿Para qué les cambian el traje, Hassan?
  • Para marcarlas.

  • ¿Para qué quieren marcarlas?

  • Para señalarlas como futuras niñas-bomba.

En ese momento comienza la siniestra preparación que puede llevar semanas de adoctrinamiento, mentiras, amenazas y ensayos hasta que la milicia yihadista estima que la niña está lista.

En su lógica terrorista, son mejores las chicas que los chicos, porque bajo sus vestimentas es más fácil esconder explosivos (el 80% de los menores usados para matar lo son), aunque también han probado con niños. Y otra preferencia: cuanto más jóvenes, mejor. Han llegado a usar a niñas de siete y ocho años, como en Maidiguri (Nigeria) en la Nochevieja de 2015. Los más pequeños no son tan conscientes de lo que van a hacer, del daño que pueden causar y son más manipulables.

Hasta la fecha, Boko Haram ha usado a 117 niños desde junio de 2014, en un recuento oficial que está lejos de las cifras reales (desconocidas, pero estimadas en al menos el triple). Los argumentos van desde: “Mañana entrarás directa al paraíso” a “No te preocupes por ellos porque no son verdaderos musulmanes”. ¿Las instrucciones? “Acércate a grupos donde haya mucha gente. Tírate al suelo como si te hubieras desmayado y entonces, cuando se acerquen a ayudarte, pulsa el detonador”. El objetivo es causar una carnicería, cuanto más grande, mejor.

Hay seis niveles de ‘entrenamiento’ para niñas-bomba o niñas-decapitadoras. En todos ellos, mezclados con su retorcida idea del islam, los miembros de Boko Haram enseñan a sus víctimas a caminar con un chaleco-bomba sin llamar la atención o cómo asestar una puñalada en el cuello para conseguir que la persona atacada muera cuanto antes. Los comandantes son muy celosos de no revelar ese “método” al resto de secuestrados.

En las islas más remotas del Lago Chad permanecen secuestradas miles de personas (aunque nadie tiene una cifra exacta) y divididas por pequeños grupos. En ellos, los chicos se usan como pescadores, porteadores o recolectores y las chicas, como esclavas sexuales y niñas-bomba.

Cada día, el Gobierno avisa a Unicef del número de chicas y chicos que han sido liberados (o se han escapado por sí mismos) de las garras del grupo terrorista. Acaban de llegar dos chicas, tan aturdidas que aún no han conseguido hablar. Recomiendan no entrevistarlas porque están en pleno estrés postraumático. Y nada de fotos de momento.

Otras chicas, en cambio, sí han conseguido hablar pasado el proceso de regreso a la vida: según relata al ejército nigeriano Nayat, de 17 años, que no llegó a pulsar el detonador ante un grupo de soldados en la localidad de Gwoza, tres veces le pidió matrimonio un miembro de Boko Haram hasta que se cansó de esperar y la seleccionó para explotarse en un mercado.

La práctica más común es drogarlas desde la noche anterior, a la vez que les pintan tatuajes de jena en las manos y se les ponen las ropas más lujosas que puedan obtener. Así, las niñas reciben el ritual que se les brinda a los muertos antes de que lo estén. Ellos matan a sus padres cuando las secuestran y luego les prometen volver a encontrarse con ellos en el paraíso.

“Siempre están enfadados, van sucios, con el pelo y la barba muy largos. Golpean a los secuestrados con furia. No entiendes por qué lo hacen”, comenta Hassan, que gesticula con un brazo imitando los golpes que recibía.

  • ¿Cuántos niños estabais secuestrados en ese grupo?
  • No sé contar. Pero tantos como caben en esta choza. Sin poder tumbarnos nunca.

  • ¿Para qué os querían?

  • Nosotros trabajábamos para ellos de sol a sol. Las niñas cocinaban y limpiaban, pero también eran sus esclavas.

  • Otra niña que consiguió sobrevivir, Susana, también de 17, aseguró en esos mismos informes que se negó a convertirse en “concubina” de un miliciano de la secta yihadista: “Fui violada cada noche por hombres diferentes durante ocho meses. Hasta que me eligieron para una misión de suicidio en la ciudad de Kukara. Aunque me prepararon, nunca quise hacerlo. Cuando vi a los soldados en un ‘checkpoint’ a los que tenía que dirigirme, les grité que llevaba algo rodeando mi pecho. Me subí la vestimenta para que pudieran verlo y comencé a llorar”. Los militares desactivaron su bomba y entró en el programa de recuperación psicológica para este tipo de víctimas, que dura tres meses.

    Las violaciones masivas de mujeres no sólo tienen una intencionalidad sexual: sino demográfica e ideológica: dejando embarazada a las niñas los miembros de Boko Haram consiguen crear un vínculo y preparar la llegada de una nueva generación de militantes a los que enseñarán los horrores del yihadismo desde niños.

    Cada día, en los colegios de la región, varios miembros del ejército o la policía colocan a todos los niños en fila antes de entrar y los cachean uno por uno para evitar que ninguno pueda meter explosivos en el interior. Todos ellos además tienen puerta delantera y trasera, construidos así por Unicef para poder escapar en caso de asalto armado a la escuela, algo que ya ha sucedido en el norte de Nigeria, incluyendo el ataque al colegio de Chibok en 2014, en el que fueron secuestradas 276 niñas, de las que quedan retenidas al menos 100.

    Las fuerzas de seguridad saben que la educación es el objetivo de la organización terrorista, que pretende imponer la Edad Media en su Califato africano.

    La misma escena se repite en los mercados. En el de Baga Sola, varios miembros de los grupos vigilantes (voluntarios armados que intentan imponer algo de ley donde no la hay) cachean a niños y adultos en cada una de las entradas de acceso. Cada bulto, cada carro, cada turbante es revisado en busca de explosivos y metralla.

    Una mujer hace lo mismo con las niñas y las adultas. Su valentía es evidente: si la niña-bomba ve que no puede acceder a su objetivo, tiene órdenes de volar su carga cerca de estos hombres y mujeres para castigarles.

    En este mismo mercado, hizo estallar su chaleco-bomba una niña en octubre de 2015, matando a nueve personas.

    La seguridad advierte: los blancos no podemos permanecer mucho tiempo visibles, porque los infiltrados de Boko Haram en la zona pueden recibir el aviso y preparar un ataque en pocos minutos.

    Pero la desconfianza afecta a todos. Cualquier niña que te cruzas puede portar una bomba. Los soldados no pueden dispararles. No son asesinas, sino las principales víctimas.

    La inspiración de Boko Haram está en Chechenia. Las llamadas ‘viudas negras’ de sus comandos yihadistas eran un clásico en sus tácticas de terror en la Rusia de los años noventa.

    Todos los niños en el Lago Chad están marcados por la sombra de Boko Haram. El más afortunado sólo ha escuchado de lejos los disparos de un asalto a su aldea o ha visto de lejos las columnas de humo después de que una niña-bomba haya pulsado su detonador. Los menos afortunados han muerto en esos mismos ataques o por el hambre; están secuestrados o ya forman parte de la organización terrorista previo proceso de ‘lavado de cerebro’, que a veces incluye que mate a sus padres con sus propias manos para que rompa con sus lazos familiares.

    Muchos padres refugiados saben que la educación de sus hijos es una oportunidad que ellos no tuvieron y que no pueden perder. Por eso, pudiendo volver a su casa en muchos casos, prefieren permanecer en los campos con una escuela para que los pequeños estudien por primera vez en su vida.

    Para Philippe Barragne-Bogot, representante de Unicef en Chad, “mucho se ha hablado de las niñas de Chibok, pero la realidad es que hay miles como ellas. Sigue habiendo jóvenes secuestradas, que son obligadas a casarse con miembros de Boko Haram, que sufren vejaciones físicas y psicológicas, y sometidas a hacer trabajos forzosos”.

    Es el día a día en el Califato africano de Boko Haram, el patio trasero del Daesh donde no vienen a combatir yihadistas extranjeros porque esto no es Siria o Irak, sino un lugar hostil donde ya sería muy duro vivir sin guerra, pero con guerra es insoportable.

    Las ciudades de los niños perdidos, ocultas en las profundidades del lago, esperan a que alguien las libere de la perversión de convertir la infancia en arma de destrucción masiva.

    Origen: Drogas, tatuajes de jena y ritos funerarios para las niñas-bomba | Internacional | EL MUNDO

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    1. Juan Koffler dice:

      Con toda sinceridad y aunque ya haya adquirido un volumen suficiente de informaciones sobre ese monstruoso grupo de locos desvariados Boko Haram, aún no consigo asimilar lecturas al respecto sin ser atacado por un violento odio contra esas “cosas” que se dicen “humanas”.
      Lo que más me perturba, entre tanto, es la pasividad permisiva y connivente de los organismos internacionales que pregonan defender la paz y la ciudadanía, en cuanto siguen omisos y ausentes en estos casos.
      Grupos terroristas como ese (que no son pocos en todo el planeta) no son merecedores de cualquier protección legal y, por lo tanto, deben ser literalmente cazados por cualquier ciudadano honesto que desee divertirse cazando pseudo-humanos. Mejor aún, deberían de promocionarse cazadas “turísticas” con premios elevados en dinero (como se hace contra animales y en la propia África): sería, en suma, una de las “estrategias” para barrer el planeta de esa plaga de homúnculos degenerados que no merecen siquiera el aire que respiran.
      No son “seres humanos”! Son degenerados “abortos de la naturaleza!

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