La hipocresía -Bernardo Stamateas

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A veces no nos agrada algo que vemos en nosotros y lo rechazamos pensando que, si el otro descubre ese aspecto nuestro que no nos gusta, también nos rechazará. Entonces construimos una imagen distinta para tapar eso que rechazamos de nosotros mismos. Esta es una de las lógicas de la hipocresía.

El hipócrita construye un “yo social” que está divorciado de su “yo privado”. Construye y muestra una imagen para la mirada de los demás que mantiene oculto el yo privado, el cual lo angustia y le provoca rechazo.

La segunda lógica de la hipocresía es la del manipulador. Aquí el rasgo psicopático hace que la persona elabore una imagen, no para cubrir una característica que rechaza en su interior, sino para simular, seducir y manipular a través del “personaje” construido. Por ejemplo, construye una imagen de confianza o de afecto con la intencionalidad de manipular. Esta es la lógica del hipócrita con rasgos psicopáticos.

La tercera lógica de la hipocresía es la del narcisista. Este construye una imagen de grandiosidad, la exagera y la exhibe con el fin de ser observado, de seducir y de ser aplaudido. En el fondo, lo que oculta no es tanto un aspecto que rechaza sino un yo endeble, débil e inseguro. Por ello, la exageración o la sobrecompensación de una imagen de grandiosidad.

A nadie le molesta tener contradicciones, pues todos tenemos áreas débiles y fuertes. Lo que genera rechazo y molestia es transmitir una imagen de perfección. Todos venimos fallados de fábrica, todos tenemos un “Caín y un Abel” adentro. El problema surge cuando lo negamos, lo tapamos y lo proyectamos en los demás.

En el teatro griego de la antigüedad, los hipócritas eran los actores teatrales. La palabra hipócrita proviene del latín hypocrisis y del griego hypokrisis, que significan acción de desempeñar un papel. Dicha palabra designaba a un actor contratado para fingir o hacerse pasar por aquel que no era. Al principio, la palabra tenía una connotación positiva. Cuando el público veía a un buen actor, decía: “¡Qué buen hipócrita”. Con el correr del tiempo, la palabra adquirió una connotación negativa. Hoy en día decirle a alguien (aunque se trate del mejor actor): “Sos un hipócrita” no suena demasiado bien. Somos hipócritas cuando nos ponemos una máscara para representar un papel. Existen distintos tipos de máscaras. Por ejemplo:

1.La máscara del adinerado o de la adinerada.

2.La máscara de la moralidad.

3.La máscara del buen papá o de la buena mamá.

Hay tantas máscaras como personas existen. Pero, básicamente, podemos hablar de dos tipos de hipocresía:

El que simula y el que disimula. El que simula necesita mostrar algo que no tiene, entonces se coloca una máscara para impactar y hacer creer que tiene algo de lo que carece. El que disimula, en cambio, está ocultando algo que tiene pero no quiere que el otro descubra.

¿Qué sucede cuando usamos una máscara?

Por lo general, en un primer momento, causa risa o burla. Eso nos ocurre cuando simulamos ser lo que no somos. Imaginate que la máscara tuviera un pegamento que no te permitiera quitártela. Tendrías que levantarte y acostarte con la máscara. Hasta que llegara el momento en el que esta te produce angustia, por lo que necesitarías de otras máscaras para tapar esa. Algunos poseen una gran colección de máscaras para simular que son “los mejores” en todo.

En el hipócrita conviven dos “yo”. El “yo verdadero”, aquel que somos cuando nadie nos ve, y el “yo social”, que se construye para tapar al verdadero. Cada uno muestra una imagen distinta de su verdadero yo, por lo que se requiere de energía para mantener una imagen falsa que difiere del yo real. Cuando hablamos de hipocresía, nos referimos al miedo al rechazo. “Tengo miedo de que veas quién soy porque, si ves lo que soy, eso que intento tapar, me vas a rechazar”, piensa el hipócrita. Detrás de él, hay una persona con miedo al rechazo que lo conduce a ensayar determinados papeles o a disimular ciertas cosas que, si salieran a la luz, revelarían su intimidad.

Adán y Eva fueron los primeros en usar máscaras. Cuenta el relato bíblico que se taparon con hojas de higuera porque se sintieron desnudos. Esta es una buena metáfora. Cuando uno se siente desnudo afectiva e interiormente, va a taparse de forma ridícula con hojas de higuera para simular o disimular.

Kahlil Gibran escribió que había una vez un hombre que había hecho siete máscaras y las usaba permanentemente. Un día entraron ladrones a su casa y se las robaron. El hombre, desesperado, comenzó a seguir a los ladrones, al grito de: “¡Ladrones, ladrones, ladrones, devolvedme mis máscaras, no os las llevéis!”. Los ladrones corrían y corrían, y el hombre los seguía por toda la ciudad. En un determinado momento, los delincuentes empezaron a trepar por un edificio y el hombre levantó su rostro para verlos. Por primera vez, los rayos del sol dieron en su cara y, entonces, por primera vez, sintió el calor del sol. En ese momento, ese hombre que hasta hacía unos instantes lloraba por sus máscaras, comenzó a gritar: “¡Ladrones, benditos ladrones que me han robado mis máscaras!”.

Cuando uno puede mostrarse como verdaderamente es tiene mayor aceptación. A la mayoría de la gente le gusta saber que el otro no es perfecto y que tiene errores y, a la vez, la persona transparente se libera del gasto de energía de intentar ser quien no es. No tenemos que demostrarle nada a nadie.

A la larga, la verdad cae por su propio peso y siempre sale a la luz. El miedo al rechazo nos hace construir máscaras que finalmente hacen que nos terminen por rechazar aún más. Quien usa máscaras busca aprobación. Necesitamos perderle el miedo al rechazo y, para ello, debemos amigarnos con los errores.

Origen: La hipocresía – 06.07.2017 – LA NACION

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