Polaquitos – Sergio Berensztein

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Sergio Berensztein
Sergio Berensztein

El sábado pasado hubiera cumplido 90 años. Con apenas 10, Hershel (el tío Enrique) llegó en el buque Asturias con mi babe Fanny, escapando de la muerte segura y de las persecuciones de siempre de su Staszow natal.

Corría el año 1937, Polonia estaba a punto de caer en manos de Hitler. El zeide Rubén había llegado unos años antes para probar suerte y preparar el terreno para traer a la familia. Vivieron durante muchos años en la trastienda del boliche de la Calle Sarmiento esquina Yatay. Lo anotaron en la escuelita Manuel Solá de la calle Lambaré al 700, donde el director se quedaba después de hora para que pudiera hacer cuatro años en uno y se integrara con los pibes de su edad. Terminó sexto con trece y hablando castellano sin acento. Fue siempre el mejor alumno de la clase, incluso en el comercial Hipólito Vieytes, donde estudió de noche porque de día trabajaba de cadete. Con sus ahorros ayudaba en la casa y pudo comprarle el primer piano a Juanita, la luz de sus ojos claros, mi mamá. Ella pudo concretar su sueño: tocar Bach, Mozart, Chopin y Beethoven. También un buen tango, si era de Discépolo mejor. A los 23 años, se recibió de contador en la UBA. Se dedicó con ahínco al trabajo, aunque tuvo tiempo para convertirse en políglota: además de su polaco y suidish maternos, estudió italiano, alemán, inglés, francés y algo de hebreo. Enamorado de la Argentina y de la vida, murió tranquilo luego de frecuentar cuatro de los cinco continentes. En particular, conoció Australia, donde su único hijo, mi primo Osvaldo, también músico y un gran arquitecto, se radicó cuando el país comenzaba a declinar.

Fue luego de la crisis de la deuda, en los albores de la recuperada democracia. Justo cuando aquella Argentina dejaba de transformar polaquitos, rusos, turcos, gallegos y tanos pobres en profesionales, pequeños comerciantes, obreros calificados, buscavidas con chances de hacer la América, para transformarse en una fábrica inmoral de estos nuevos polaquitos. Los de esta Argentina donde la mayoría de los pobres son niños, en la que la mayoría de los niños son pobres. Nacen y (sobre) viven casi en el infierno, abandonados a un destino de privaciones e incertidumbre sin fin. Caen a menudo en la trampa de la droga, soldaditos de un ejército apátrida, asesino. Les damos la espalda, los usamos, los condenamos, nos peleamos en su nombre. Nos peleamos por todo. Nos entretenemos en otras miserias. Profundizamos las causas que los multiplican. ¿Condenamos a los mensajeros que recuerdan su existencia?

Somos muy raros, escriben libros sobre nosotros. Supimos avanzar bastante en la añorada senda del desarrollo inclusivo. Tuvimos una notable infraestructura física. Un sistema educativo ejemplar. Pero hace más de siete décadas que nos empantanamos, perdimos el rumbo y construimos un complejo y endiablado círculo vicioso que no podemos romper, del que no sabemos salir.

Es hora de reconocer que fracasamos. Que todos tenemos una cuota de responsabilidad. Y que al margen del mero resultado de una elección, de la hoguera de vanidades y productos del marketing político que suelen imperar en estos tiempos, necesitamos encarar, con audacia y pasión, un proyecto colectivo que nos reinvente como nación. Que nos ponga de nuevo a flote, nos permita volver a soñar. Con mística transformadora, con la ambición que hace tanto perdimos. Con la certeza de que implicará un enorme esfuerzo, pero que dejaremos de producir estos polaquitos: los convertiremos en verdaderos ciudadanos. Ciudadanos en serio, con derechos plenos. En un país donde la pobreza deje de ser un negocio de vivos y de necios para volver a ser una situación pasajera que, con el mismo esfuerzo que pusieron Enrique y todos aquellos polaquitos, sea pronto tan sólo un duro recuerdo.

Origen: Polaquitos – 21.07.2017 – LA NACION

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