Lleva 40 años viviendo completamente sola en una pequeña isla del Atlántico

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Ha dedicado toda su vida a los caballos de la isla de Sable. Lejos de la humanidad. Completamente feliz.

ZoeZoe

—¿Echas de menos estar rodeada de gente?

—No (risas).

Cuando le preguntaron por su soledad, Zoe Lucas se echó a reír.

Pasó sus últimos años viviendo en esta solitaria isla

Esta naturalista de 67 años lleva desde finales de los setenta viviendo en la remota isla de Sable, un paraíso con forma de sonrisa perdido en mitad del Atlántico. Son 40 años con la única compañía de 400 caballos, 300.000 focas y 350 especies distintas de pájaros. 40 años felizmente alejada de la sociedad.

Zoe visitó la isla por primera vez cuando tenía 21 años. Enseguida se enamoró, así que buscó la manera de quedarse indefinidamente. Primero trabajó de cocinera en un proyecto de investigación, después ayudó en un programas de restauración de la zona y finalmente encontró su verdadera vocación, la función que desempeña en la actualidad: el estudio de los caballos.

En la isla de Sable hay 400 caballos salvajes, y nadie sabe cómo llegaron hasta allí. Se sospecha que habrían sido transportados en el siglo XVIII para ayudar con la agricultura del lugar y, más tarde, contribuir en el montaje de una estación de salvamento. Cuando la isla quedó despoblada, los caballos fueron abandonados a su suerte.

Lo cierto es que la isla de Sable se caracteriza por ser un paraje relativamente inexpugnable al que solo se puede acceder por bote o helicóptero. Además, al estar cubierta durante 125 días al años de una niebla densa, resulta muy complicado abandonar sus playas con seguridad. Los investigadores estiman que en esta sonrisa de arena encallaron un total de 300 barcos, ganándose así el sobrenombre de “cementerio del atlántico”.

Hoy ese cementerio acoge a una naturalista que vive a varias dunas y un océano de la persona más cercana. Se alimenta de la comida que le lanzan cada dos semanas desde un helicóptero y, en contadas ocasiones, recibe la visita de trabajadores de Parques de Canadá.

Acuden para ofrecerle un poco de compañía, pero ella no la necesita. Greg Stroud –uno de estos trabajadores– dijo al diario MailOnline: “Zoe es una persona muy reservada, y no me sorprende teniendo en cuenta el tiempo que pasa a solas”.

A solas y trabajando. Zoe solo tiene tiempo para la investigación. Desde que está en este paraíso de Nueva Escocia dedica cada minuto a recopilar información sobre los caballos salvajes –los ejemplares vivos y los cráneos de los que murieron–, sobre la depredación de las focas por parte de los tiburones y también sobre la basura marina que zozobra hasta la arena. Normalmente encuentra plásticos, pero han encallado frigoríficos y hasta bolsas de droga.

Su campo de investigación, como se ve, tiene dos ramificaciones claras: la adaptación de los animales y la destrucción de los humanos. Son dos líneas interesantes, y las exprime a destajo. En estos términos se expresa Zoe cuando le preguntaban por su tiempo libre:

 “Me divierte mi trabajo. Y cuando utilizo la palabra “trabajo” es porque de alguna manera la gente entiende mejor esa palabra. Yo exploro, es lo que quiero hacer, y de hecho no me pagan gran parte de esa labor. Si no me pagaran nada aún así querría hacerla. No necesito tener tiempo libre porque me gusta lo que hago”.

La otra pregunta recurrente a la que se enfrenta es: ¿cómo se comportan los caballos salvajes al compartir isla con un ser humano? La contesta en The Chronicle Herald: “Es fácil no molestarles porque resulta sencillo interpretar su lenguaje corporal. Son muy expresivos. Una de mis funciones consiste en mantener un registro de sus condiciones físicas, así que necesito caminar junto a su manada. Cualquier persona que se comporte como yo pasará desapercibida, lo cual me parece muy emocionante. Estar cerca de un animal salvaje y no tenerle miedo; no se me ocurre mejor experiencia”.

Así, las dos únicas especies de mamíferos que habitan el “cementerio del Atlántico” se hacen compañía desde la distancia y el respeto. Los caballos pasando sus días a base de pasto. Zoe Lucas pasándolos a base de vocación. Y tan feliz.

Origen: Lleva 40 años viviendo completamente sola en una pequeña isla del Atlántico

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