La cicatriz del Estado Islámico en los niños sirios 

Sirios que escapan de su hogar en la frontera occidental de Al Raqa a mediados de julio. Los jóvenes que crecieron en zonas controladas por el Estado Islámico han sido testigos de una violencia atroz. CreditBulent Kilic/Agence France Presse – Getty Images

Read in English

BEIRUT, Líbano — El niño no quería ver la decapitación, así que se aferró con fuerza a la mano de su madre e intentó cerrar los ojos. Sin embargo, cuando el Estado Islámico gobernaba su pueblo al norte de Siria era obligatorio ver las ejecuciones: si estabas en la calle, tenías que observar.

El niño, que ahora tiene 11 años y es refugiado en Beirut, recuerda haber presenciado diez decapitaciones y, en una ocasión, vio cómo arrojaron, desde lo alto de un edificio, a un hombre acusado de cometer un delito. Luego de las ejecuciones, se mostraban los videos de esas acciones y se invitaba a los niños a verlos dentro de las mezquitas. “Algunos de mis amigos solían ir a mirarlos”, comenta el niño que solo proporcionó su nombre de pila, Mohamed. “Les gustaba”.

Aunque los niños sirios crecen dentro de los brutales estándares de la guerra civil en ese país, aquellos que viven en zonas gobernadas por el Estado Islámico han presenciado una violencia atroz. Las escuelas están cerradas desde hace años; la polio ha regresado y reclutan a los niños para pelear.

Al mismo tiempo que las milicias locales y extranjeras intentan sacar al Estado Islámico de Siria, los niños que huyen de la violencia deben esquivar ataques aéreos, francotiradores y luego luchar contra la sed y los escorpiones en su paso por el desierto.

El peligro asoma incluso cuando parecen estar a salvo. Según trabajadores humanitarios y oficiales de las Naciones Unidas, los ejércitos que combaten al Estado Islámico también reclutan niños para pelear. Los trabajadores dicen que atraen a los niños con dinero, armas y un elevado sentido de importancia, una acusación que niega el portavoz de las fuerzas kurdas en Siria y los ejércitos árabes, y es algo que Estados Unidos también ha negado.

Sin embargo, es indiscutible que millones de niños y jóvenes sirios han crecido en medio del trauma. Es ahora cuando los trabajadores humanitarios comienzan a ver el panorama completo, conforme los civiles salen de las zonas ocupadas por el Estado Islámico.

Una pediatra que en fechas recientes escapó de Al Raqa, la ciudad donde el Estado Islámico tiene su cuartel general en Siria, se mostró perturbada ante la extraña indiferencia de los niños al momento de ser revisados. “Un niño menor de dos años es sumamente difícil de examinar”, dice Rajia Sharhan que trabaja con Unicef. “Un niño comienza a resistirse con sus brazos, sus piernas, incluso llora. Eso es normal”.

Pero estos niños no se resistían ni pateaban en absoluto. “Me miraban como diciendo: ‘Haz lo que quieras’”, comenta Sharhan. “Creo que se debe al trauma que están enfrentando”.

Conforme la coalición militar encabezada por Estados Unidos y respaldada por las milicias árabes y kurdas rodea Al Raqa, las cifras de la cantidad de personas que quedan en la ciudad son alarmantemente diversas: quizá apenas unas 20.000. Pero las condiciones en la ciudad son terribles.

No hay suficiente agua potable: la que sale de los grifos enferma a las personas y para conseguir agua del río Éufrates la gente debe correr el riesgo de que le disparen o quedar atrapada en algún bombardeo.

Mahmoud, residente de Al Raqa que escapó hace un año, comenta que sus amigos le dijeron que la comida escaseaba tanto que la guardaban para los niños y a la hora de la comida fingían masticar para engañarlos.

Un campo en Ain Issa, Siria, establecido para las personas que fueron desplazadas al combatir en la ciudad de Al Raqa, el bastión del Estado Islámico CreditGoran Tomasevic/Reuters

Según una encuesta realizada a principios de julio, el pan es prácticamente el único alimento que la mayoría de los residentes de Al Raqa puede comprar. Hace tiempo que se cortó la electricidad en la ciudad y, al momento de la encuesta realizada por Reach (una organización no gubernamental), ya no quedaba combustible para encender los generadores. Esa consulta también descubrió que el Estado Islámico había cavado tantos túneles que los desagües estaban dañados y las ratas deambulaban por algunos vecindarios. La Organización Mundial de la Salud ya confirmó un caso de polio en Al Raqa en junio.

Y también están los bombardeos aéreos. A principios de junio, un comité de las Naciones Unidas señaló que los bombardeos aéreos habían asesinado a cientos de civiles en toda la ciudad.

Más de 20.000 personas huyeron del poblado entre abril y julio, según las Naciones Unidas, hacia zonas recientemente ocupadas por los ejércitos árabes y kurdos de las Fuerzas Democráticas Sirias (SDF).

El viaje para salir de Al Raqa lleva a los niños a través de un terreno que aún tiene bastantes minas. Combatientes desertores han dejado a su paso trampas explosivas y bombas. La temperatura se eleva hasta los 37,7 grados y hay muy poca agua en el desértico y yermo campo.

“Están fatigados, estresados y deshidratados”, dice Gosia Nowacka, la coordinadora de emergencias de Médicos sin Fronteras, quien trabaja en un campo para desplazados, a unos 64 kilómetros de Al Raqa.

Los trabajadores humanitarios que atienden a los desplazados refieren que los niños despiertan con pesadillas y mojan la cama. Piden a sus madres que se cubran de la cabeza a los pies, tal como lo pide el Estado Islámico. Juegan a la guerra, dividen sus equipos entre combatientes del EI y militares en contra.

Mahmoud, el antiguo residente de Al Raqa, dice que se alarmó al ver a unos chicos actuando de manera muy ruda, no acorde con su edad. Incluso en los campamentos improvisados, lejos del alcance del EI, se atan pañuelos en la cabeza al jugar, tal como los soldados del EI. Escuchan canciones de propaganda del EI. Le piden que les consiga armas. “No vemos niños que viven de acuerdo con su edad”, dice. “Vemos hombres maduros”.

Las escuelas en Al Raqa, al igual que en Siria, llevan varios años cerradas. Las clases informales de matemáticas reflejan la nueva realidad de los estudiantes: una pistola más una pistola, igual a dos pistolas, señala Sonia Khush, la coordinadora de Save the Children en Siria.

En una encuesta realizada en Siria, no únicamente en las zonas controladas por el EI, Save the Children descubrió que los niños habían perdido el habla o habían desarrollado problemas de lenguaje desde el inicio de la guerra.

Wadha fue de las que corrió con suerte. Escapó de Al Raqa hace dos meses con su esposo y dos hijas. Tenían suficiente dinero para alquilar un apartamento en Tal Abyad, un pueblo cercano que ahora está bajo el control de las SDF.

Sus hijas siguen aterradas por el sonido de los aviones caza. Tienen miedo de salir de su hogar sin cubrirse por completo, conscientes aún de los edictos del EI. No han abierto ninguna escuela en la ciudad; muchas de estas sufrieron daños con los ataques y, por la noche, dice Wadha, se mantiene despierta para asegurarse de que los escorpiones no suban a la cama de sus hijas.

Aun así, es mejor que en Al Raqa. “No puedo decir que la vida es bella y maravillosa aquí, pero presenciamos lo peor, de manera que todo lo demás no importa”, afirma.

Uno de los peligros constantes que enfrentan los niños es el reclutamiento que hacen los soldados. El Estado Islámico enlista niños de forma rutinaria para que lleven a cabo algunos de sus crímenes más atroces, como ataques suicidas, y exaltan el entrenamiento de los que llaman “cachorros del califato”.

Niños sirios desplazados que huyeron hacia las zonas circundantes de Al Raqa buscan agua dentro del campamento de Ain Issa. CreditBuluent Kilic/Agence France-Presse – Getty Images

Según la Comisión Internacional Independiente de Investigación sobre la República Árabe Siria, el otro grupo de representación yihadista conocido como Hay’at Tahrir al Sham y que se cree tiene nexos con Al Qaeda, también enlista chicos de tan solo 15 años.

Paulo Sérgio Pinhero, presidente de la comisión, señala que su departamento ha documentado un “aumento significativo en el reclutamiento de niños” por parte de las SDF también, como parte de la ofensiva Raqa. Pinheiro comenta que la policía kurda ha “arrestado a hombres y niños en puntos de revisión en las áreas bajo su control”, ante la sospecha de que apoyan al EI o por no haberse enlistado en sus fuerzas militares.

Otros oficiales de las Naciones Unidas afirman que han verificado reportes de que se ha obligado a personas acusadas de ser simpatizantes del EI a trabajar con la inteligencia militar siria.

Un trabajador humanitario que ha estado en la zona desde hace unos meses, comenta que sabe de al menos cinco chicas adolescentes y varias docenas de chicos que han sido reclutados por las SDF. “Los hacen sentir que son muy importantes”, dice el trabajador. Al igual que otros, no quiso dar su nombre ni el de su organización por miedo a represalias.

El portavoz de las SDF, Mustafa Bali, negó los reportes de reclutamiento de menores y afirmó que sus fuerzas están luchando contra “la mentalidad del reclutamiento de niños”.

“De modo que, ¿cómo se nos puede acusar de ello?”, comentó en una entrevista. “Niego rotundamente dichas afirmaciones”.
Reclutar niños va en contra de la ley internacional, y las mayores fuerzas militares kurdas en Siria que llevan a cabo operaciones anti-EI en la zona, las Unidades de Protección Popular, conocidas como YPG, han declarado que no reclutan niños.

Geert Cappelaere, director regional de Unicef, habló de los “horrores” que enfrentan los niños aun después de haber escapado de Al Raqa, y estuvo a punto de repartir culpas. “Los detienen, abusan de ellos y los estigmatizan al percibir su afiliación”, comenta en una cuidadosa declaración hecha a mediados de julio, “mientras que las tensiones crecen entre las comunidades y al interior de las mismas”.

Mohamed, el chico que escapó de Beirut para unirse con su padre, huyó de su ciudad natal, Maskanah, luego de que el EI la sitió. Los militares lo forzaron a dejarse crecer el cabello pero, en un momento de rebelión, se lo cortó y los arrastraron, tanto a él como a su peluquero, para reprenderlos.

Su infancia se transformó de muchas otras maneras. El Estado Islámico tomó su escuela y la pintó de negro. Desplegaron cabezas decapitadas en la plaza central. Los vecinos se delataban unos a otros.

Mohamed se volvió a cortar el cabello tan pronto como llegó a Beirut. Se pintó un mechón de rubio platinado y lo peinó hacia atrás, con cera, de modo que pareciera una especie de unicornio, con rostro de querubín.

Casi todos los días vende papas fritas en un negocio. Los fines de semana ayuda a su padre a administrar una panadería. Para divertirse juega fútbol con otros chicos sirios vistiendo shorts de colores brillantes y estampados tropicales, prohibidos por el EI.

“Algunas noches habla dormido”, dice su padre que cuenta que Mohamed le habla de las decapitaciones. “Ha presenciado tantas que está acostumbrado”.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s