Mundos íntimos. Luego de seis años de no hablar con mamá, nos vimos y pude disculparla por haberme hecho la vida tan difícil

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Si te vas, me mato. Frases de este tipo escuchaba la autora durante su adolescencia. Luego de mucho esfuerzo, logró alejarse. Pero para recomponer la relación con bases más sanas hubo que esperar.

Mundos íntimos. Luego de seis años de no hablar con mamá, nos vimos y pude disculparla por haberme hecho la vida tan difícil

Resiliencia. Jennifer aprendió que las dificultades no deben anular el futuro.

La madre está al borde de las líneas del metro, a punto de lanzarse. La hija se acerca intentando rescatarla, pero la madre salta después de decirle que es culpa suya. El personaje despierta con la imagen del cuerpo destrozado de su madre y las manchas de sangre esparcidas por el cemento. Con este sueño empieza mi novela “Ella”, o más bien con esta pesadilla.

Sin embargo, yo no inventé esa escena: la soñaba todas las noches en versiones ligeramente distintas. Me pasé casi diez años despertando sobresaltada para correr a la habitación de mi mamá y comprobar que todavía estuviera durmiendo. En mis sueños mi mamá saltaba de puentes, se abría las venas con navajas de afeitar, tomaba demasiadas pastillas como para sobrevivir, se pegaba un tiro en la cabeza. Mientras tanto, en la realidad, mi mamá lloraba y me amenazaba. Si te vas, me mato. Si no te quedas conmigo, dejarás de ser mi hija. Fingía desmayos y predecía que iba a morirse cada vez que discutía conmigo. Decía que sufría muchas enfermedades, pero la única verdadera era mental. Tomaba doce miligramos de ansiolíticos al día, y yo me encerraba con la computadora, con los audífonos en los oídos, tratando de no escuchar sus golpes en la puerta y los gritos suplicando que saliera. Una mañana despertó con la boca manchada de un polvo blanco, casi inconsciente, balbuceando incoherencias. El blíster de pastillas vacío, una cantidad desconocida de ansiolíticos en el interior de su cuerpo. Comencé a llorar. Llamé a una ambulancia y esperé a su lado, tomándole la mano. ¿Era mi culpa? Era el año 2000, yo tenía dieciséis años y esto recién comenzaba.

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¿Cuándo fue que la salud mental de mi mamá se quebró? Sin duda fue durante ese año. Ella siempre había tenido problemas con mi abuela. Por eso, para ella su tía Olga era su verdadera madre. Le decía mi Mita, diminutivo de la palabra “mamita”. En el 2000, Mita sintió un dolor conocido, un dolor insoportable en el pecho que le indicaba que estaba teniendo su tercer infarto. Entonces llamó a mi mamá. Ella llegó rápido, pero no pudo ayudarla y la vio morir en sus brazos.

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Jennifer con su mamá, hace poco, luego del reencuentro.

Todo el apoyo emocional que Mita le daba cada día se desvaneció en ese momento. No podría llamarla cada mañana ni contarle sus problemas. No se volvería a reír con sus ocurrencias. Mi mamá cayó en una fuerte depresión. Y su pérdida hizo que se aferrara a mí. Comenzó a tener miedo a salir a la calle, pero también a quedarse sola en casa. Tres años después, una infección generalizada por una mala operación casi termina con su vida. Desde ese momento, nunca más volvió a sentirse físicamente bien. Se había convertido en una enferma sin cura. Iba a diferentes médicos, pero todos le decían que nada fallaba en su interior. Pero algo no estaba bien. Su obsesión por retenerme a su lado crecía de manera desmesurada.

Cuando publiqué “Ella”, en 2012, ya había dejado de hablar con mi mamá un año antes. En la historia, la madre muere; la hija, de sesenta años, que ha pasado todo ese tiempo encerrada junto a su madre, recuerda su vida como un perpetuo sometimiento a la manipulación y obsesión materna, y al daño irreparable que no le permite ser libre ni siquiera después de su muerte.

Mi propia madre también me hizo daño. Durante una década se dedicó a controlar cada uno de mis movimientos: me llamaba sin parar, acosaba a mis amigos y colegas de trabajo para saber dónde estaba, me esperaba en la ventana hasta que llegara, sin importar la hora. También propició que mi hermano y yo termináramos distanciados, sin dirigirnos la palabra durante muchos años, porque inventó que yo era indiferente a sus continuos problemas de salud, mientras que a mí me decía que él la insultaba sin parar y siempre le hablaba mal de mí.

Mundos íntimos. Luego de seis años de no hablar con mamá, nos vimos y pude disculparla por haberme hecho la vida tan difícil

En Lima. Jennifer con su mamá cuando estaba aprendiendo a caminar.

El personaje de mi novela llegó a odiar a su madre y le deseaba la muerte. Yo solo sentía dolor y vergüenza de mí misma por sucumbir ante sus amenazas. Pero, a diferencia de mi personaje, logré escapar. Tenía veinticuatro años y había encontrado a alguien con quien quería compartir mi vida, alguien por quien sería capaz de marcharme sin decir nada o apagar el teléfono para que las continuas llamadas de mi mamá no interrumpieran los momentos que pasábamos juntos.

Me voy, le dije a mi mamá con firmeza. Me voy de la casa. Mi mamá no se suicidó, pero tiró a la basura mis libros, colecciones de discos, ropa, casi todo lo que me pertenecía, antes de que yo pudiera llevármelos conmigo a mi nueva casa. Lo mismo había hecho años antes con las cosas de mi papá, que lanzó por la ventana cuando decidieron separarse. Cada vez que me llamaba, lloraba sin parar pidiéndome que volviera. Varias veces apareció en la casa donde vivía con Francisco, mi pareja, y golpeaba la puerta sin parar.

Yo, cobarde y aterrorizada, me encerrada en el dormitorio, mientras Francisco le pedía que se fuera. Seguía haciéndome daño; seguía sintiéndome culpable por dejarla. ¿Qué iba a pasar conmigo si ella se lanzaba del tercer piso o se provocaba una sobredosis? Sus crisis continuaron. Hasta que un día dejé de hablarle. Francisco y yo habíamos trabajado mucho para conseguir una beca e irnos juntos a estudiar un doctorado en Estados Unidos. Incluso después de recibir la aceptación de la universidad, tuve miedo de que nos negaran la visa. Se lo conté a mi mamá por teléfono. Ella me dijo: te van a negar la visa y te vas a quedar aquí. Sus palabras me dolieron muchísimo: mi mamá quería que nuestro futuro se destruyera; necesitaba que todo se quebrara para mantenerme a su lado. No quiero saber nada más de ti, le dije y colgué.

No hablé con ella durante los siguientes seis años. Pero en todo ese tiempo me escribió un cantidad enfermiza, innumerable, de correos. Siempre decía que era la peor hija y que yo le debía todo por haberme dado la vida. La bloqueé de mi correo y guardé silencio. En ese lapso de tiempo publiqué mi novela, y en las entrevistas defendía al personaje de la hija porque en realidad me estaba defendiendo a mí misma. Siempre repetía: uno no tiene que querer a alguien que te hace daño, no importa que sea tu madre. Algunos lectores me confesaban que habían pasado por lo mismo o conocían a alguien con una madre similar a la de la novela. Y yo les respondía, con cierto cinismo, que no podía creer que existieran madres así, cuando bien conocía a una muy parecida: la mía.

¿Tu mamá ha leído la novela?, me preguntaban a veces los periodistas culturales. ¿Cuánto hay de realidad en “Ella”? Es ficción, una ficción exagerada, ¿quién no se ha peleado con sus padres alguna vez?, respondía. Pero ocultaba que había escrito esa novela con los ojos llenos de lágrimas. Pensé que nunca podría perdonarla no solo por la forma en que me había dañado, sino porque reconocía que muchos de mis defectos se los debía a ella. Quizá me parecía a ella más de lo que quería admitir. Mi descontrol cuando me molesto. Mi depresión que nunca termina de curarse. Mi adicción a las pastillas. Mi necesidad de encontrar culpables cuando algo me sale mal. Quizá mis ojos son lo único que le debo a ella y me gusta. Esos ojos que son sus ojos, se reflejan en el espejo y me miran como ella me miraba a mí: a veces con ternura, otras con desaprobación.

No sé por qué hace unos meses decidí volver a hablarle. Quizá porque el año pasado mi papá estuvo a punto de morir de cáncer. Quizá porque que mi tía Frieda, a quien consideraba mi segunda madre, sufrió un infarto cerebral y murió un día después de mi cumpleaños. Quizá porque, después de seis años en Filadelfia, Francisco y yo habíamos terminado el doctorado y nos íbamos a mudar a una nueva ciudad. Íbamos a volver a comenzar. ¿Podía realmente volver a comenzar sin arrastrar conmigo las cicatrices del pasado? Quizá la insistencia de mi hermano, que me seguía en Twitter y trataba de contactarme por ese medio, me hizo pensar que podía reconciliarme con ellos. Pero creo que lo más importante fue que ya no necesitaba que mi mamá me pidiera perdón. No necesitaba escuchar esa palabra porque en el fondo, muy en el fondo, ya la había perdonado. Le escribí un correo. Voy a ir a Lima en dos semanas, le dije. Nos vemos en Lima. Francisco, que se iba a quedar en Filadelfia, estaba preocupado. ¿Vas a verla justo la única vez que no voy contigo? ¿Estás segura?, me preguntó. Le dije que sí. Que estaba segura. Subí al avión pensando que iba a volver a verla. Nunca creí que eso hubiera sido posible.

Cuando llegué a Lima, mi papá me comentó que no le parecía una buena idea. Tú mamá está loca, me dijo. Puede hasta matarte.Por eso prometió que iría conmigo. Sin embargo, por primera vez en muchos años, iba a verla sin tenerle miedo. Esperaba que se pusiera a llorar y me reclamara por el abandono prolongado, que me dijera lo mala hija que había sido por el silencio que parecía que nunca iba a terminarse. Pero no fue así: mi mamá me recibió con una sonrisa, me besó quizá con temor, me preparó el almuerzo, me enseñó su nuevo departamento. Ella, al igual que yo, había escapado de la casa en que antes habíamos vivido.

Después de muchos años lastimándonos, mi mamá y yo nos reímos juntas otra vez. Y en un momento de silencio, inesperadamente me tomó las manos y me pidió perdón. No sentí que fuera necesario. La estábamos pasando bien, eso era lo que importaba. Ya la había perdonado. No vamos a hablar de cosas negativas, le dije. Y, por primera vez en seis años, la abracé. Ya no quise alejarla de mi lado: no sentí repulsión, no sentí miedo, no sentí dolor. La había perdonado de verdad.

Mi mamá no es una persona normal. Todavía tiene problemas psicológicos, pero ha mejorado mucho. Lleva una vida sencilla y ordenada: lee –por ejemplo mi novela en cada una de sus ediciones–, pinta mandalas, ve programas de televisión que la entretienen, intenta dejar de fumar. Me escribe varias veces al día y yo le respondo porque ya no me molesta escribirle para que sepa lo que me está pasando. Habla sin parar y me cuenta varias veces lo que ya me ha dicho antes. A veces tengo que decirle que no esté repitiendo lo mismo todo el tiempo. Quizá no se da cuenta. A veces su acoso me llena de ansiedad, por eso aun no estoy preparada para darle mi teléfono.

Todavía toma pastillas, pero menos que antes. Sin embargo, sé que toda mejoría será siempre incompleta. Mi mamá no es normal, nunca va a serlo. Todavía sigue llamando compulsivamente a personas que ella supone pueden informarle sobre mí, gente con la que en muchos casos ni siquiera tengo mayor relación. Por eso casi nadie le contesta el teléfono. Ahora le aconsejo: no acoses a la gente, no me escribas diez veces al día porque ya sé que me has escrito y voy a responderte cuando pueda, deja tranquilo a mi hermano porque él tiene menos paciencia que yo. A veces extraño su fuerza, aunque no creo que la haya perdido del todo. A veces pienso que quizá alejarme de ella fue lo mejor. Sané. Dejé de tenerle miedo. Y ella se dio cuenta de sus errores. Quizá ahora que las pesadillas se han desvanecido lo que me falta es aprender a quererla sin pensar que el algún momento volverá a dañarme. Quizá después de seis años al fin sea posible.

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Jennifer Thorndike nació en Lima en 1983. Es escritora y académica. Actualmente vive y enseña literatura en Illinois. Se doctoró en Estudios Hispánicos en la Universidad de Pennsylvania. Ha publicado las novelas “Ella”, “Esa muerte existe” y los libros de cuentos “Cromosoma Z” y “Antifaces”. Ha participado en diversas antologías y sus cuentos se tradujeron al portugués, francés e inglés. Fue elegida por la FIL-Guadalajara como uno de los veinte escritores latinoamericanos más destacados nacidos durante los ochentas. Le gustan los juegos de video, colecciona “Stormtroopers” y lee todo el tiempo. Además de escritora, es gamerfriki y nerd.

Origen: Mundos íntimos. Luego de seis años de no hablar con mamá, nos vimos y pude disculparla por haberme hecho la vida tan difícil

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