Graciela Fernández Meijide: “Rata es lo menos que me dijeron”

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Graciela Fernández Meijide: "Rata es lo menos que me dijeron"
Graciela Fernández Meijide. Y el reflejo de su vida de lucha por los derechos humanos. Foto de Julio Juárez.

José Eduardo Abadi

Tengo la sensación de que aprendés del tiempo y los hechos, de que te animás a cambiar. Sos una mujer que hizo autocrítica e inventó nuevas posibilidades de reflexionar. Qué activo es tu mundo interno.

Lo es. Revisé mis posiciones. Me ayudó mi pasado. Siendo profesora de francés, no toleraba enseñar mucho tiempo con los mismos libros. Terminé comprando una metodología muy moderna para ese momento: a partir de Saussure, que daba vuelta el método de enseñanza del idioma, cambié de perspectivas y decidí poner un instituto de idiomas. Eso se acabó bruscamente cuando secuestraron a Pablito, en 1977: me encontré con que no podía enseñar, y menos a jóvenes. Al principio, cuando pasó, me puse loca.

Graciela Fernández Meijide: "Rata es lo menos que me dijeron"

Fernández Meijide en la nota que publica hoy la revista Viva.

La única reacción normal ante esas situaciones.

Yo tenía una sola obsesión. Perdía la noción de si comía o no. Con el tiempo uno va recuperándose o se queda ahí.

Ante la pérdida, hay un trabajo muy difícil de hacer, y más en un caso así: aceptar que ocurrió. Primero aceptás y después lo admitís.

Aceptar significaba dejar de despertarme con la idea de que Pablo iba a tocar el timbre. Llevó tiempo. Una vez alguien me dijo: ¿Y cuándo ocurrió? Qué sé yo.

Es que en realidad va ocurriendo. Hay una fantasía de la gente que pregunta cuándo se cierra un duelo, pero no se cierra nunca en verdad.

También están los que te preguntan cómo hiciste. Qué sé yo cómo hice. También intenté ayudar a gente que no podía hacerlo y que después lo logró.

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Distinguida. Por la Legislatura porteña, a comienzos de junio pasado. Foto de DyN.

Intentar ayudar lo pone a uno muy en contacto con la propia historia.

Mirando para atrás, vi que los organismos de derechos humanos funcionaron como hoy funcionan los que ayudan a terminar con adicciones. Ese era el único lugar en el que eras familiar de un desaparecido y lo podías decir sin que te juzgaran. Acercarse para preguntar si había aparecido alguien era una forma de terapia, aunque no fuera la intención. Cuando alguien no tenía recursos para encarar semejante golpe, otro lo ayudaba. A veces logramos hacerlo; otras, no: hubo gente que se suicidó.

¿Sí?

Y sí, Augusto Conte, Alfredo Galletti: más hombres que mujeres. Las mujeres tenían más recursos. Quizás porque no sentían la exigencia de ser heroicas. Yo pude dar el paso cuando dejé de preguntarme por qué le pasó a Pablo, por qué a nosotros. Uno de los problemas con los organismos es que hay una lealtad corporativa: formás parte de un grupo chico y cerrado que siente que el exterior lo amenaza. Se crea un código que va más allá de la afinidad que tengas con cada persona. Cuando empezó a funcionar la democracia, podía optar por quedarme con la memoria testimonial –puedo repetir hasta el hartazgo la imagen de cuando se llevaron a Pablo– o por decir: “¿Cómo terminamos acá? ¿Qué pasaba antes y qué construyó esta tragedia?” Ahí es cuando vas a la verdad, que está más ligada a la memoria, a una reconstrucción. Da trabajo, te condenan: abandonar la aldea se vive como traición y deslealtad.

Una persona que enseñaba a decir y pensar se encuentra de pronto con lo inefable, lo inexplicable, con incógnitas para las que no hay respuestas. Eso genera desconcierto y soledad.

Impotencia, también. En realidad, no estaba tan dispuesta a esto último que decís. Yo quería saber e investigué. Hasta el día de hoy sigo haciéndolo.

Investigar la situación específica, sí. Me refiero a la pregunta “¿por qué me tiene que pasar esto a mí?” Para eso no hay respuesta concreta.

Claro. Para aceptar eso tenés que tener un nivel de religiosidad como para pensar: “Dios me lo mandó”. O decir: “La vida es así. ¿Por qué no me iba a pasar? ¿Tan especial era yo como para que no me pasara?” Yo empecé a dimensionar todo desde otro lugar.

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El horror de la dictadura fue denunciado ante la Conadep. Aquí, Fernández Meijide participa de una reunión de la comisión que elaboró el Nunca Más. Foto de DyN.

Con el tiempo, pasaste a “decir”. No sólo dedicándote a las asambleas de derechos humanos, en donde hay que decir. Después, decidiste que decir algo provocara un vivir distinto en el país, y te metiste en política.

Cuando se llevaron a Pablito, empecé a odiar. No sabía odiar; nadie antes me había dado motivos. Y ahora odiaba a personas concretitas. Los quería matar. Obviamente, no iba a hacerlo. Me prometí que iba a meterlos presos, aunque no había lógica para que eso ocurriera: no había antecedentes históricos.

¿Desde el primer momento pensaste en que los ibas a meter presos?

No. En un momento me puse a investigar. En el ’79 aparecieron los primeros testimonios de sobrevivientes de la ESMA. Me fui a Francia e Inglaterra a recoger testimonios de gente que había estado en organizaciones armadas y que había sido liberada. Empecé con las denuncias. A armar una especie de rompecabezas que terminó siendo el modelo de la Conadep y, después, del Juicio a las Juntas. Con el tiempo, el indulto les puso fin a los juicios. Dije: “El tema de la justicia se acabó. El tema de los derechos humanos va a quedar circunscripto a que los gobiernos democráticos no los agredan más”. Y justo se me dio la posibilidad de ingresar en la política, aunque no imaginé que iba a tener un papel protagónico. Mi idea era acompañar a Carlos Auyero, ir aprendiendo de él.

¿Nunca habías participado activamente en política?

Leía mucho de historia. Pero no pensaba que terminaría haciendo un recorrido político como el que hice (N. de laR.: fue diputada y senadora nacional; en 1998 perdió las internas de la Alianza frente a Fernando De la Rúa y, entre 1999 y 2001, fue su Ministra de Desarrollo Social). Una vez más, la opción era: “O te quedás con lo clásico o tratás de modificar lo que te molesta”. Ahí pensé que a los derechos humanos, para bien o para mal, se los protege o se los ataca desde la política. Ahí dije que iba a explorar ese territorio. Hubo cosas que salieron bien y otras no tanto.

¿Tus papás vivían cuando sucedió lo de Pablo?

Mi papá murió muy joven, a los 62 años, de un infarto. Mi mamá murió a los 84 y vivió la desaparición de Pablito.

¿Te acompañó?

Sí. Era muy religiosa, tan religiosa que logró tener tres hijas ateas (risas). La primera vez que se convocó a los familiares de desaparecidos y presos por razones políticas a una manifestación enfrente al Congreso –había muy poca gente– fui. Ella me había rogado que no lo hiciera. Le dije: “Mamá, si yo estuviera desaparecida, ¿qué harías?”. Me dijo que se iba a quedar rezando. Hice una recorrida para ver cómo estaban ubicados los carros de infantería. Me había puesto de acuerdo con Enrique, mi ex marido, por si uno de los dos caía preso.

¿En ese momento estabas casada?

Sí. Ahora estamos separados. El sigue vivo y tenemos buena relación. En ese momento, él se quedó en una esquina y cada uno veía al otro. “Si uno cae preso, el otro no se tiene que acercar. Inmediatamente a denunciar”, arreglamos. Cuando vi que rodeaban a manifestantes como para llevarlos, corrimos a la asamblea con Enrique e hicimos hábeas corpus. También llamé a mi mamá y le dije: “Dejá de rezar. Estoy bien”.

¿Y tus otros dos hijos, María Alejandra y Martín, cómo lo transitaron?

Muy mal, fue muy duro. Ale es un año y medio mayor que Pablito; Martín, dos años menor. Ella estaba estudiando Medicina, pero tuvo que dejar: así como yo no podía enseñar, ella no podía aprender. Después, se terminó recibiendo. Martín es arquitecto. En ese momento se puso a fortalecer el cuerpo: empezó a hacer pesas y remo de competencia. La primera vez que fui a verlo levantando pesas, él tenía 16 años y patas flacas: pensé que se le iban a romper las piernas. Es una interpretación mía, pero creo que respondía fortaleciéndose físicamente al dolor horrible.

Quería estar preparado para llevar la carga de lo sufrido y ser lo suficientemente fuerte como para poder soportar a cuestas lo que aconteció.

Y lo aguantó bien. Lo sobrellevó. Ahora los dos trabajan mucho, son muy buenos profesionales.

¿Cuánto tiempo estuviste casada?

Más de cuarenta años: nos separamos en el ’97. El trauma de la desaparición de un hijo nos pegoteó hasta entonces.

Los unió.

Nos pegoteó. A otros los destrozó y los separó. Lo que terminó de hacerme ver nuestra incompatibilidad fue mi ingreso a la política. En esa época, el matrimonio competitivo era regla. En aquel momento, para un hombre no era fácil aguantar que su mujer desapareciera. Aunque no sé si sólo nos fue separando la política. La relación se fue deteriorando sin que llegáramos a odiarnos. Terminamos amistosamente. Siempre valoré más la lealtad que la fidelidad.

Vos admirás a Golda Meir (ex primera ministra de Israel, fallecida en 1978) y pensé: es la nobleza de la política. La política es para brindar y no para absorber. ¿Es un ámbito en el que tuviste muchas decepciones?

Sí, tuve. Cuando fracasó la Alianza, fue muy duro para mí. Volví a analizarme. Era como venir con una Ferrari y chocar una pared. Me senté frente al psicoanalista y le dije que no quería entrar en depresión. Me contestó: cuando uno dice eso es porque ya está depresivo (risas). Me dio una mano fuerte. Lo primero que hice fue escribir La ilusión, un libro sobre esa frustración. Después, vinieron La historia íntima de los Derechos Humanos y Eran humanos, no héroes, porque me prometí que iba a decirle que no a cualquiera que volviera a decirles a los jóvenes que la violencia era un camino de la política.

¿Alguna vez llegaste a idealizar la violencia?

No. Cuando empezó la lucha de nuevo, después del ’73, ya con Perón, ya en democracia, dije “esto se va al infierno” sin tener conciencia de cuál era el infierno. No era la única que pensaba así. Había un rechazo a todo eso. Yo dije que nunca iba a permitir que se engañara a los jóvenes y se les dijera que eso estuvo bien. Más allá de las intenciones.

Muchos no lo vieron como un aporte.

Rata es lo menos que me dijeron.

¿A tal nivel llegó?

¡Hasta Estela! (Estela de Carlotto). Ese es el problema de salirse de la aldea. Ayudó un momento político que utilizó eso y fortaleció la posición de idealización y de “heroización” de los hijos. Llegó un punto, y esto es bastante lógico, en que las madres terminaron identificándose con el hijo, más allá de dónde venían antes y más allá de la crítica que hubieran hecho de la actividad de los hijos. Hubo un gobierno que se aprovechó de esa cuestión, muy psicopáticamente, y dio manija.

Así como algunos quedaron adheridos a esa versión que proponía el gobierno anterior, otros deben haber sentido una agresión a la intimidad, un aprovechamiento del dolor. Es lo que debés haber sentido vos.

Fue una “instrumentación”. Por eso digo que es psicopática: buscan dónde está el punto débil del otro para estimulárselo y no para ayudarlo. Muy cruel y muy perverso.

Y eso te alejó de mucha gente.

Sí, pero no porque yo quisiera.

Graciela Fernández Meijide: "Rata es lo menos que me dijeron"

Con el doctor Abadi, Graciela Fernández Meijide recorrió zonas sensibles de su historia personal.

¿Qué proyectos tenés ahora?

Tengo un programa en Radio Ciudad (¿Por qué?). Y estoy conduciendo Cada noche, en la TV Pública (ver Su trabajo en la televisión, en la parte superior de esta página). También trabajo mucho en el Club Político Argentino. Ahora pensé que a La historia íntima de los Derechos Humanos tengo que escribirle dos capítulos más para contar cuándo se rompió el consenso del ‘83, el consenso del Nunca más: nunca más la manipulación de la violencia, de la manipulación de los Derechos Humanos y de la democracia. Voy a escribir eso.

Es muy importante.

Tengo que correrle al tiempo, qué sé yo cuánto me va a dar.

Origen: Graciela Fernández Meijide: “Rata es lo menos que me dijeron”

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