Hugo J. Byrne-Recuerdos de mi infancia en Matanzas

Si alguien tuvo una infancia realmente feliz, ese fui yo. Hace años acepté lo que consideraba un destino cruel e injusto cuando perdí en sucesión rápida y trágica, primero a mi padre, después a mi patria y al año siguiente a mi esposa. Lo único que me mantenía enfrentando con firmeza mi destino era el amor y la responsabilidad inmensa que sentía hacia mis dos hijas mayores, quienes quedaron huérfanas de madre a una edad muy tierna.
 
Unos tres años después empecé a reflexionar sobre mi vida y las enseñanzas de mi padre. En una ocasión él me dijo que la mejor receta para el insomnio no era poner la mente en blanco sino al contrario, recordar algo agradable. Descubrí para mi sorpresa que esa receta es infalible. Pero no solo para conciliar el sueño, sino para mantener la serenidad y la paz mental, aún bien despierto. Rememorar lo venturoso del pasado es la clave del éxito en lo que nos quede por vivir.
 
A continuación dos anécdotas de mi niñez en Matanzas, cuyo recuerdo siempre me hace sonreír. No tienen necesariamente cronológica, sino más bien en la importancia que les doy.
 
Había en Matanzas una agencia de mudanzas cuyo propietario era un emigrado español, persona excelente. El “agenciero”, como llamábamos a ese negocio en Cuba, era grande, gordo y tan fuerte como una aplanadora. Se llamaba José y no recuerdo su apellido, aunque todos lo conocían como “Pepe el agenciero”. Pepe tenía un hijo muy joven, al que madre natura había dotado con las mismas características físicas de su padre. Yo tendría entonces unos cuatro o cinco años y era majadero, juguetón y brusco. Aunque Pepito era casi de mi tamaño, estoy muy seguro que era mucho más joven: un bebé en cuerpo de niño. Mientras Pepe conversaba con mi padre en un banco del Parque de la Libertad, desafié a Pepito a una carrera alrededor del monumento a Martí.
 
Al principio todo fue bien, pero un par de minutos de iniciado el jolgorio, lo empujé. Pepito empezó a berrear como si lo estuvieran matando. Enseguida dejó el retozo y se fue en dirección al banco donde estaban su padre y el mío. Sorprendido lo seguí, pero antes de llegar, Pepe se llevaba a Pepito cargado, caminado muy rápido y pepito seguía gritando. Mi padre me preguntó si yo había lastimado a Pepito, a lo que contesté negativamente. Más tarde supe que sí le había causado una luxación parcial del hombro izquierdo. En la casa de socorros más cercana le compusieron el hombro sin problemas
 
En mi ignorancia no concebía que ello fuera posible. Le dije a mi padre que eso era una mentira “de Pepito o de Pepe”, agregando que yo podía “fajarme” con Pepito y él también debía hacerlo con Pepe. Haciendo un esfuerzo por no reírse, mi padre me dijo que ya era hora de regresar a casa.
 
Unos once años después, contemplando un juego de base ball en el Instituto de Segunda Enseñanza de Matanzas, creo que contra el equipo del Instituto de Cárdenas (su eterno rival), el cuarto bate del “line up” matancero ocupó su lugar delante del “home plate”. Era un muchacho grande, gordo y colorado. Al primer lanzamiento el bateador contestó con un “leñazo” de leyenda. La bola no solamente pasó la cerca alrededor del campo de juego, sino también la cerca de bloques del Instituto, aboyando un automóvil estacionado en el lado opuesto de la calle. Alguien gritó “¿Gallego, qué tu comes?”  Pepito no podía reconocerme y probablemente ni recordaba la dislocación del hombro, pero no me quedé mucho rato mirando el juego por si las moscas.
 
Pepe tenía solamente dos empleados en su negocio, Eran dos negros grandes, también forzudos como Pepe, pero por lo menos treinta años más jóvenes. Sobre ellos y su eficiencia para levantar y transportar muebles pesados, Pepe afirmaba: “Esos no son dor negros, sino dor grúas”.  No sé cómo se conservan en forma pues lo único que les veo ingerir es agua con azúcar”. Ellos pertenecían a una extensa familia del barrio de “Simpson”, donde la población era mayoritariamente negra. Los hermanos de esos dos transportadores de mudanzas eran muchos y el más joven, llamado “Guillermito”, era más o menos de mi edad, mi compañero de juegos y una “bola de humo” igual que yo.
 
El Campamento de los “Boy Scouts” de Matanzas estaba ubicado en el “Centro Cristiano” un lugar alto al final norte de la calle “González Lanuza” y muy cercano a la desembocadura del Río Yumurí. Esa subida la negociábamos mi hermano y yo cada sábado para ir a las reuniones de los Boy Scouts. Escalar lomas no era problema, pero una pequeña “pandilla” de negritos a veces nos “emboscaba”, gritándonos “bueyes cagaos”. Las más de las veces le contestábamos verbalmente y a veces se suscitaba alguna bronca menor, aunque la sangre nunca llegaba al río.
 
Unas dos cuadras antes de llegar al “Centro Cristiano” y sólo en dirección este, había una calle de macadam y rocas con un gran declive conocida como la loma de “Jesús María”Eventualmente en lugar de pavimentarla, la ciudad decidió con lógica hacer de ella una amplia escalera. Fue mucho antes de eso y en medio de una confrontación con nuestros antagonistas del barrio “Simpson”, que de sopetón me enfrenté con Guillermito. Sin pensarlo dos veces lo empujé con violencia. Al darme cuenta de que Guillermito había caído por la loma de Jesús María, cerré los ojos pensando que lo había matado.
 
Cuando los abrí, lo vi parado en el pie de la loma con golpes, arañazos y rasponazos, pero en una pieza. Nunca pensé que un ser humano podría sobrevivir semejante caída sin al menos una fractura. Sentí tanto alivio que casi no presté atención a su puño cerrado y a lo que dijo: “¡Esta me la cobro!”. Unos tres meses después del incidente estaba probando la bicicleta nueva de un amigo. Se trataba de darle vueltas a dos cuadras, pedaleando mayormente por la acera.
 
Al llegar a una esquina me sentí como si hubiera sido “Chicken Little”, si de veras le hubiera caído el cielo en la cabeza. La bicicleta cayó a la cuneta, yo caí sentado en la acera junto a dos pedazos de un palo de escoba.
 
Algunas semanas después, cuando el enorme chichón en el centro de mi cabeza había bajado unos dos tercios de su tamaño original, me decidí a visitar el Parque de la Libertad. Allí me encontré con una cara conocida. Me extendió la mano. “¿Estamos en paz?”.
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