La envidia, el motor de los igualitarismos 

 

Por

Luis I. Gómez Fernández

Lo verdaderamente destructivo, incluso trágico, en todo envidioso es que su envidia le distrae de las cosas realmente importantes.

Lo ideal es que todos tengamos una rama en la que acurrucarnos, una banana que mordisquear y un complemento sexual competente que asegure la transmisión de la herencia genética. Todo el mundo aspira a ello. Ocurre que, si eres un mono gordo, las ramas pequeñas de la zona exterior del árbol, esas que permiten las mejores vistas, no soportan tu peso.

Es evidente que sólo los/las primates mejor dotados física e intelectualmente pueden permitirse el lujo de comer bananas, sentados en la mejor rama, a sabiendas de que podrán facilitar su digestión quemando calorías a base de orgasmos. ¿Y los demás? Tendrán que conformarse con menos y menos apetecibles socios sexuales, las ramas que nadie quiere y las mondas de las bananas.

Por supuesto que en el caso de los humanos esto no es así. En el caso de los humanos llevamos milenios esforzándonos por aprender y cultivar cosas como la generosidad, la caridad, el respeto y el amor al prójimo. Pero también la avaricia, la manipulación, el engaño y el abuso del poder. Tan es así que, de forma cíclica, el número de los sinbanana, sinrama y sinpareja crece sin parar hasta que la situación estalla. ¡Revolución!

Nos dicen algunos filósofos bienintencionados que en una sociedad de ambiciosos libres tales situaciones se traducirían en un aumento radical de virtudes como el afán, el trabajo, el aprendizaje y la innovación. Apenas si hemos tenido ocasión de observar este fenómeno, pues a las sociedades humanas, en general, les ha faltado siempre el segundo apellido: libres. Por ello aparecen antes que los ambiciosos los rebeldes, consiguiendo vía revolución un cambio en las estructuras, pero sobre todo en los protagonistas del poder. ¿Cuántos años necesita una sociedad revolucionada para volver a convertirse en una sociedad clasista? ¿Cuántos para sofocar la ambición de nuevo cuño?

Sigue…

Origen:  Disidentia

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