Somos borgeanos hasta la médula sin saber si es bueno

 

El teclado de la computadora me mira como preguntándome ¿y ahora, de qué te vas a disfrazar? Me respondo “de nada, nunca me gustaron los disfraces”. Y la verdad es que mi teclado tiene un poco de razón, no sé sobre qué escribir que ya no haya escrito y la realidad nacional me aburre y me harta sobremanera.

Leyendo un excelente artículo de opinión de mi compañero de diario Gustavo García, “Economía argentina, un experimento borgeano”, un párrafo me llamó la atención: “Si no fuera por lo dramático de la situación podríamos decir que esta Argentina es como un cuento fantástico, un relato que mueve a asombro y que más de las veces nos llena de preguntas sin respuestas. Casi como un experimento borgeano”.

Es una más que interesante visión que casi podría servir como diagnóstico del país hoy visto como un paciente aquejado de un mal indefinible. El escrito de García alude básicamente a la economía y su desesperante estado, pero deja abierta la imagen de lo “borgeano” como una manera de entender por qué nos pasa lo que nos pasa. Para comenzar podemos decir que un argentino puede pararse frente a todos los espejos de la tierra pero no se verá reflejado en ninguno de ellos.

Somos diferentes, únicos, raros. Estamos obsesionados con mantener la mente no dispuesta para que entren en ella las verdades, las otras opiniones. De pronto nos descubrimos que una buena parte de nosotros murmura que tiene miedo de que vuelva el populismo por aquello de la venganza y de los perdones a los delitos, sin pensar que en realidad es el olvido la única venganza y el único perdón que debemos considerar.

Somos a no dudarlo una metáfora de nosotros mismos, una continua contradicción y en especial negadores sistemáticos en querer reconocer las responsabilidades no asumidas. Muchas veces no nos quejamos ante situaciones que lindan lo dramático y aceptamos los hechos porque en el fondo, suponemos que no son reales. Escapamos por los laberintos de nuestras propias mediocridades y buscamos en el otro, la culpa y el error sin advertir que “el otro” también somos nosotros.

Si nos miramos con detalle nos parecerá que el genial Jorge Luis Borges, tenía razón cuando sostenía que a veces nos olvidamos que todos somos hombres muertos que estamos conversando con hombres muertos. Porque nos entregamos con facilidad a la victimización, a ser “los pobres” de la película, los castigados. Pero no reaccionamos, ante una realidad que si bien es cierto no siempre en probable o posible, cuando aparece de verdad nos lastima, nos duele y por momentos de nuestra historia nos masacra.

Vemos sentados en el sillón de observadores preferenciales como los argentinos nos resignamos cada día a nuevas abominaciones y pronto “solo quedarán bandidos”. En estos tiempos de fragor electoral, etiquetamos con la facilidad de los que carecen de remordimiento y entonces decimos que tal o cual candidato puede ser enemigo del país y esto es francamente una falacia porque está claro que un hombre puede ser enemigo de otros hombres, de los momentos de otros hombres, pero nunca de un país. Vemos como también tenía razón el escritor ciego cuando sostenía que la democracia es un abuso de las estadísticas y en estos días no hacemos más que leer y leer encuestas sobre porcentajes de “sí” o “no”, pero creemos en ellas y las discutimos como si fuese la palabra numérica de algunos sabios matemáticos comprometidos con la adivinación contaminante.

No leen el futuro, no saben nada sobre eso, el futuro no tiene otra realidad que la esperanza presente y allí hay que radicar las energías. Sin dudas la intuición de Gustavo García es correcta, somos borgeanos por donde se nos mire o por donde nos miremos. Analizando el aquí y ahora es de desear que nunca queramos ser libres de los gobiernos, aunque hay que pensarlo, hay que repensarlo. Sin caer en el pesimismo disimulado, otra virtud de Borges, hay que dejar pasar el tiempo que corre inexorable como el futuro que es “inevitable y preciso, pero puede no ocurrir. Dios acecha en los huecos”.

V. CORDERO

Origen:  La Prensa

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