Tribulaciones de un porteño acuartelado

Los encierros nunca son saludables. Aunque el decreto presidencial haya apelado a la presuntuosa fórmula “Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio”, uno no deja de sentirse preso de esas paredes en su departamento, casa o ” La cueva del chancho”, somo solía mentar el inolvidable Geno Diaz en su novela homónima. Uno de los textos mas impactantes  referidos a la imprevisible codianeidad porteña, que nos brindó la generación de los ´60.

Historia coral, relatada en tres partes con personajes que confluyen en el impredecible final, asemeja en varios de sus pasajes sensaciones similares a las que genera el actual martilleo de “quedate en casa”, que más allá de su razonabilidad, genera muchas veces efectos contraproducentes. Por ejemplo, el vecino de Santa Rita, o Saavedra, y sin ir mas lejos Belgrano (que ya es bastante lejos, según se mire), puede gozar de arboledas abundantes y frescas, casas con fondo, jardín de entrada y espacio suficiente para ver el sol o la lluvia, hacer ejercicios, caminar, y otras actividades tranquilizadoras. Si se combina con actividad literaria, melómana o culinaria, son paliativos atendibles, comparados con aquellos hacinados en dos o tres ambientes, con hijos o no, que terminan alquilando el perro del vecino para respirar un rato de aire puro.

O en algún infimo balcón tratan de simular las largas caminatas de tiempos libres, hasta bordear la enajenación. Primer fallo de la normativa en el ámbito de la ciudad: faltó relevar las características urbanísticas de cada zona para implementar la medida. Incuyendo las villas, que con sus modalidades siguen coexistiendo en un entorno de riesgo y falta de recursos. Pero vayamos a las franjas etáreas alcanzadas por el DNU en cuestión. No se ha constatado fehacientemente que los adultos mayores de 60, sean los mas vulnerables al virus.

No todos al menos. Hace rato que la llamada tercera edad se constituye en una suerte de “segunda juventud”, muchas veces  vital y exenta de riesgos que los más jóvenes. De hecho, la verificación de la morbomortalidad del virus indica que alcanza desde bebés, adolescentes y jóvenes tanto como ancianos. Solo la manipulación estadística de las enfermedades preexistentes (no genéticas, sino adquiridas) puede hacer que mucha gente sana y activa, baje en horarios casi reglamentados, con la sensacion de Richard Kimble,

El Fugitivo, para ir al supermercado o la verdulería. Segunda falla, no haber consultado a especialistas (gerontólogos, psiquiatras, psicologos) para segmentar las consecuencias del desvalimiento en una situación como la actual. Cabe consignar que Buenos Aires, así como es la ciudad del Cono Sur de mayor cantidad de mascotas por habitantes, también es la que cuenta con  mayor cantidad de adultos mayores que viven solos. Muchos, ya habituados, tienen rutinas que el abrupto corte los dejó, además, desolados.

Buena iniciativa los voluntarios colaboradores, pero poco eficiente. Y todas las actividades “on line” propuestas por el jóven ministro de Cultura porteña, el cuarentón Enrique Avogadro, resultan inaccesibles para quienes tecnológicamente no han aquirido las habilidades necesarias, pese a los millonarios presupuestos de la ciudad para cursos, seminarios y otras actifidades vinculadas a tal fin. Y finalmente, llegamos a las “excepciones”, punto cúlmine del compendio de absurdos del decretón fernandiano. Inviables las páginas oficiales, ya por saturación o escasa capacidad logística, todo queda librado a la buena voluntad de patrones y otorgantes. Por ejemplo, no tener una impresora en el hogar, puede ser causal de carecer de esta especie de salvoconducto que al menos permite transitar por las calles desiertas con alguna inquietud menor a enfrentar la voracidad recaudatoria del Estado porteño, o afrontar algún uniformado intempestivo.

La ASPO está siendo exitosa por una conciencia social, que es superior al disciplinamiento que buscaron sus autores, apelando a los todavía perceptibles resabios del Proceso, cuando se pretendió mandar a toda la sociedad a “Cuarteles de Invierno”, como reflejó aquella otra gran novela, del tandilense Osvaldo Soriano, no menor que la citada al comienzo. Es cierto que reaparecieron algunas conductas superadas de entonces, como la delación, el abuso , la prepotencia, la irrespetuosidad, pero todas en menor proporción. Salvo algún episodio anecdótico (un surfer, algún empresario, policías bonaerenses “bailando” vecinos), prevaleció el trato civil con dignidad. Con responsabilidades asumidas. Raro experimento social este confinamiento. Quizá cuando termine, podremos mirarnos a los ojos con el vecino como si fuera la primera vez. Quizá podremos ver a Buenos Aires con sus bellezas y miserias, más clara y transparente, “tan eterna como el agua y el aire”,  en los versos borgeanos.

Origen: LaPrensa

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