El pollerudo

Toda ciudad cuenta con una variada galería de personajes típicos. En la nuestra descubrimos a lo largo de los años celebridades que han hecho historia. Guapos, malevos, compadritos, petiteros, caqueros, chetos, hay más, muchos más, pero con esto alcanza para entender hacia donde apunto. Algunos he conocido, otros están muy atrás de mi historia personal, pero el infaltable, el de todos los tiempos, el que siempre está, es el pollerudo.

Nací en un barrio de la Capital que aún tenía algunas calles de tierra. He jugado al futbol, al poliladron, a las bolitas, a las figuritas, al billar, ¡a la billarda! Al patrón de la vereda. Y un sinfín de juegos más. Se vivía en la calle y la barra de amigos era sagrada.

Allí había de todo y para todos los gustos pero en todas las barras había un pollerudo. De chiquitos no más lo descubrías. ¡Pobre! Si había barro no jugaba al futbol ni a nada. En la vorágine de divertirnos muchas veces no percibíamos su retirada. Más tarde nos avivamos, es que si llegaba embarrado recibía un reto de su madre y el pollerudo no estaba en condiciones de aguantar el chubasco.

A medida que fuimos creciendo aparecían otras características. Disfrutaba darles la razón a las chicas bajo cualquier circunstancia, aun en el error. Les ponía el oído y las aconsejaba sobre amoríos y decepciones ventilando indebidamente lo que se conversaba entre hombres. Como en general todas las barras contaban con su pollerudo personal se cuidaban de franquearse en su presencia, especialmente si de mujeres se hablaba.

En la adolescencia y más grande aun, ya con noviecita el pollerudo siempre encontraba una buena excusa para no concurrir al futbol, a salidas, a viajes, o lo que fuera. Pero ahí ya no nos callábamos y provocadoramente le gritábamos: ¡Pollerudo!

NEGADORES

Estos arquetipos de hombre no aceptan su condición. Siempre niegan que su conducta remita a decisiones tomadas por su madre, novia, amiga o esposa. Se atribuye la dirección de sus actos. “La decisión es mía”, afirman.

En todos los ambientes y en todas las clases sociales siempre hay un pollerudo. Hoy tienen buena prensa, están de moda. No crea el lector que es éste un alegato machista. No de ninguna manera y menos en los tiempos que corren. Lo que sorprende es como mudan los tiempos. Antes era un disvalor ser pollerudo, hoy pareciera una obligación. No se salva nadie. Ni el Presidente de la Nación, como decía mi abuelo.

* Historiador

Origen:laprensa.com

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