Una fina lluvia púrpura

El avión había cerrado sus puertas y maniobraba listo para despegar. Acomodado en mi asiento de clase turista me disponía a encarar mi primer viaje al exterior, solo, como un ratón del conurbano que se enfrenta a las fauces de una gran ciudad.

Los viajes comienzan mucho antes de llegar a destino, con esa metáfora que supone el armado de una valija. Otro posible punto de partida es el momento en el que se activa el botón de la imaginación. Uno se escapa mentalmente al destino en cuestión mucho tiempo antes de embarcar, en los días previos, durante los almuerzos de trabajo en los que se empieza a ausentar de los reclamos y preguntas. Me considero un buen hijo de las vísperas, esas cuentas regresivas donde la realidad dialoga con la mística.

Mi idea de Nueva York llegaba a lo que había leído en el las novelas de Auster o en el cine de Woody Allen. No soy de planificar mucho ni de armar itinerarios. Y me gusta que sea así: el viaje es a lo que no se conoce, a una pronunciación que juega a tirar el offside con un lengua que creíamos dominar; a conversaciones con desconocidos en plazas; a doblar una esquina de calles cuyos nombres uno ignora y jamás en la vida volverá a caminar.

Por la ventanilla vi caer una llovizna que esmaltaba la pista helada con una luminosa brillantina. Conecté mis auriculares a la rockola del avión en modo aleatorio y el mismo azar se encargó de musicalizar magistralmente los instantes previos al despegue. Rock en inglés: The Smiths, Led Zeppelin, Thin Lizzy… mi sugestión era tal que incluso Coldplay hubiera sido apto para ese momento. Pero el avión llegó a una punta de la pista, respetó la clásica pausa del guión cinematográfico de todo vuelo y a medida que la máquina aceleraba sonaron los acordes de Lluvia púrpura de Prince. Cerré los ojos y me abandoné a aquella melodía extraterrestre a la vez que el hormigueo empezó a ganar mi estómago, mis piernas, las yemas de mis dedos. Entonces la brillantina bajó como un telón y me pixeló la vista. Y a partir de allí no recuerdo nada de aquel vuelo, si comí, o con quién conversé. Tampoco me acuerdo de cómo descendí del avión y busqué mi equipaje en el aeropuerto Kennedy ni las múltiples combinaciones de subte y tren que tomé hasta llegar a la dirección que tenía guardada en un papelito en mi bolsillo. ¿Adónde caería en caso de perder ese papel?

Lo que sí recuerdo es el momento en que bajé del Metro. Atravesé el molinete al compás de unos músicos callejeros que interpretaban una maravillosa versión de So what de Miles Davis que solo había escuchado sonar en el loop interminable de mi cabeza adolescente, en la época en que leí a Hammet y a Chandler con fervor. Recuerdo a gente hablando en muchas lenguas que parecían una sola. Recuerdo una larga escalera mecánica con una luz brumosa al final. Y recuerdo bajar de un salto de la escalera, afirmarme con las plantas de los pies sobre la vereda y quedarme así un rato. Creo que recién entonces desperté. Y así quedé, equipaje en mano frente al desfile de taxis amarillos y sirenas, frente al humo azul de las alcantarillas, mirando los inmensos carteles de las calles, sin la menor idea de dónde me encontraba. Al levantar la vista no logré hacer foco en la cima de la pared tornasolada de edificios que tenía ante mí. Uno grupo de obreros uniformados fumaba a un costado de la boca del subte. Eran gigantes. Bromeaban y reían en otro idioma. Uno de ellos me preguntó si estaba perdido, si hablaba español. Estoy bien, le respondí a la pregunta que al día de hoy creo haber escuchado: “Do you speak inconsciente?”.

Origen:laprensa.com.ar

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