El refugio en el Delta

POR OSCAR ANDRES DE MASI

En el Delta del Paraná, sobre el riacho Sarmiento (antes Abra Nueva), en la isla Reculada, se conserva una versión reconstruida de la casilla de madera que Sarmiento levantó para su propio recreo y que ocupó, por temporadas.

Fue declarada lugar histórico nacional (junto con el solar) en 1966; pero ya antes, en 1928, el presidente Hipólito Yrigoyen había mandado establecer un museo en una de sus construcciones. Y, todavía antes, hubo una allí una escuela, de breve funcionamiento. Vale decir que la memoria del prócer tuvo en aquel enclave sus debidos homenajes. Pero, de a poco, el abandono fue ganando el sitio. En algún tiempo, la isla entera fue propiedad del célebre Dr. Carlos Delcasse, quien la adquirió a don Rufino Pastor. Afortunadamente, hoy ha sido recuperada por la Municipalidad de Tigre como bien patrimonial.

En su versión original eran tres ranchos de tablas, del tipo de los palafitos, reemplazados luego por una casilla, también de madera, aunque más consolidada. Este desvío paulatino de la autenticidad de origen, viene a demostrar que en cuestión de patrimonio identitario, lo que importa es la densidad de memoria implicada, antes que el apego dogmático a los materiales constructivos. Y aunque no sean los tablones de la época de Sarmiento (¿qué cosa menos durable a la intemperie que unos tablones de madera?), los que ahora existen aluden a su figura y  a su apropiación del lugar. ¡Quién sabe cuántas de sus ideas habrán germinado en aquellos días montaraces y ociosos!

Allí estaba el refugio rústico y contemplativo de ese Sarmiento volcánico, convertido en dueño de la isla de 33 hectáreas desde 1855, por mera ocupación, como era uso posesorio en el Delta. Allí había plantado, él mismo, unos eucaliptos y otras especies, algunas de ellas transplantadas, después, al Parque 3 de Febrero. Enrique Udaondo enumera palmeras del Paraná traídas por el coronel Seguí, naranjos, laureles, ceibos, un fresno y un espinillo (éste último resistía, todavía en 1910, los embates de las aguas, que paulatinamente engullían las orillas). También una parra, plantada por Dominguito.

LOS CELEBRES MIMBRES

Y por supuesto, los célebres mimbres, cuyo acto de plantación de las primeras estacas, el 8 de setiembre de 1855, revistió los ribetes de una ceremonia algo humorística, como él mismo lo relató en El Nacional del 12 de diciembre de 1857. Lo habían acompañado Mitre, y Pellegrini, entre otros. Aquellos mimbres habían llegado las islas casi por azar, pues habían quedado depositados en el puerto de San Fernando y, finalmente, Sarmiento decidió que debían plantarse en el Delta, preludiando con ello una potencial industria artesanal local. No se equivocó.

Los descendientes de aquellos ejemplares fueron señalizados con chapones, en 1914, por la Sociedad Forestal Argentina. En 1940, el Dr. Ricardo Levene, que presidía la Comisión Nacional de Monumentos, encomendó al ingeniero Carlos Aubone (director de Enseñanza Agrícola de la Nación) la búsqueda del sitio de la primera plantación: merced a la consulta de mapas y documentos, contando con el relato sarmientino y tras varias navegaciones por los canales, pudo establecer el lugar en un croquis, publicado en 1942 en el folleto oficial Los eucaliptos, los mimbres y la higuera de Sarmiento.

La pericia realizada por Aubone sobre aquellas tres especies vegetales tuvo una trascendencia insospechada, más allá todavía del homenaje a Sarmiento, ya que fijó un nuevo criterio de autenticidad para los árboles históricos: decía el perito que, sea cual fuere la edad de la planta (original o vástago), la limitación del tiempo de vida del espécimen original hace que, a los efectos del tributo simbólico, su abolengo sea el mismo.

Volviendo a los primeros gestos de ocupación de parte de Sarmiento, había puesto también, en un  corral, unos avestruces blancos, y muy cerca, estacionaba la canoa inglesa en que solía remar. Y hasta llevó un poney .Un invernadero para el cultivo de flores exóticas completaba las instalaciones.

Leopoldo Lugones describió su atuendo isleño: unas botas de granjero, la bata de cachemira con alamares (regalo de Urquiza), sombrero de paja y machete desbrozador. Era un carapachayo más, como Sarmiento mismo había bautizado a los habitantes de las islas.

Prestaba mucha atención a los pájaros, igual que lo hará después, en su casa porteña de la calle Cuyo, donde, pese a no oírlos, los contemplaba en una pajarera instalada en uno de los patios.
En la isla, era de treparse a una glorieta montada sobre un árbol, para, desde allí, contemplar los cursos de agua, que comparaba con los canales venecianos. Escribió en 1856: «Cuantas veces hemos ido a las islas del Paraná para ver una buena iluminación de la luna llena sobre los silenciosos canales».

Recibía la visita de amigos; entre ellos, Marcos Sastre, el autor del Temple Argentino, maestro de escuela, también. La sombra de un sauce llorón era el rincón preferido para las tertulias.

Aquella cabaña del Delta fue la morada del reposo deliberado de Sarmiento, a diferencia de la casa porteña o de la casa asunceña, moradas de la vejez y la enfermedad.

Allí encontró su equilibrio este Sarmiento-en-transición, que viene de la euforia de la derrota de Rosas en Caseros, pero que ha pasado por la decepción de la ruptura con Urquiza, y ha elegido ya el partido de Mitre. Aún está lejos la presidencia.

Sarmiento fue pionero, propagandista y profeta de aquellas islas, a las cuales dedicó una serie de artículos publicados en El Nacional, entre 1855 y 1883, bajo el título de El Carapachay. No son impresiones meramente bucólicas de ese paisaje insular, que tan bien describe, sino postulados relativos al progreso de esa región, a su necesaria regularización jurídica y administrativa, y a su indudable contribución a la grandeza económica del país. Una vez más, su mirada anticipadora acertaba.

 

Origen: laprensa.com.ar

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