Cómo fui reclutada por la CIA a los 21 años y acabé infiltrada como espía en redes terroristas de Oriente Medio

Publicamos en primicia un adelanto de ‘Encubierta: mi vida al servicio de la CIA’ (Roca Editorial), las memorias de Amaryllis Fox, exespía y actualmente casada con un descendiente del clan Kennedy. Brie Larson la interpretará en una serie de AppleTV.

POR Amaryllis Fox

A partir de ahora, todas las personas a las que quiero —mi madre, mi familia, mis amigos— creen que estoy trabajando como consejera para una multinacional que utiliza el algoritmo que desarrollé para ayudar a sus directivos a evitar posibles ubicaciones inestables. Es una tapadera temporal para mi entrenamiento, que será sustituida por algo más permanente si consigo realmente superar los penosos meses que me esperan. Hasta entonces supuestamente estaré trabajando en un puesto mediocre como consultora en Beltway mientras acabo el máster en Georgetown. El trabajo justifica mi distracción, mi apretada agenda, mis ausencias periódicas. Y es lo suficientemente aburrido como para garantizar que nadie haga demasiadas preguntas.

Cuando me presento en el cuartel general a la semana siguiente, al salir del coche paso mi mano por el fragmento del Muro de Berlín situado en el aparcamiento. Me detengo a leer la inscripción bajo la estatua de Nathan Hale ante la puerta principal: «Solo me arrepiento de no tener más que una vida para darla por mi país». En el interior, atravieso el sello de mármol gigante y me detengo ante la pared de las estrellas, una por cada agente asesinado en acto de servicio. Localizo la del agente perdido en el mismo vuelo de Pan Am en el que murió Laura. Enfrente hay una inscripción grabada en la pared entre dos banderas: «Y deberás conocer la verdad, y la verdad te hará libre».

Me presento ante la administrativa, una mujer de mediana edad con una chaqueta sobre el uniforme con cierta insolencia en su sonrisa. Tiene dos montones de carpetas delante de ella. Algunas azules, etiquetadas, otras negras, sin nombre. —¿Practicante del Servicio Secreto? —me pregunta.
—¿Qué es eso? —pregunto, y ella sonríe.
—Si lo fueras, lo sabrías —responde, y me da una carpeta.
Es azul.
Miro el montón negro, en mi condición de ciudadana de segunda de la que ahora soy consciente.
—La carpeta negra es donde está lo interesante, ¿no?
—Por decirlo de algún modo —replica—. ¿Ves el tamaño de los aparcamientos que hay de camino? Todos esos miles de personas acceden a estos edificios cada día con un solo objetivo: darles cumplimiento —dice mientras da unos golpecitos sobre las carpetas negras—. Ya sea para conseguir su traslado seguro al destino extranjero, o evitar que les eliminen cuando están de servicio, o analizar la información que nos envían. Son la punta de lanza. Los demás somos simplemente madera vieja.

Se ríe y me conduce al exterior, hacia el patio central, al que se llega a través del ventanal de cristal en la parte supe- rior de las escaleras. En las paredes hay banderas procedentes de Estados del bloque del Este, que los disidentes hicieron bajar mientras reclamaban la libertad. Al final de un pasillo hay un vehículo detrás de una zona acordonada, cortado por la mitad para mostrar el compartimento oculto que los agentes usaban para pasar refugiados de forma clandestina al otro lado del Muro de Berlín. La envidia que me producía la carpeta negra se desvanece a medida que avanzo por los pasillos en los que resuena el eco, con fotografías de guerra, de paz, históricas. Cada veinte metros aproximadamente atravesamos una gran puerta de metal con una cerradura de combinación en lugar de un picaporte. Finalmente nos detenemos ante una.

—Bueno, Miss Chica Nueva, ya hemos llegado. División Sudeste Asiático. Tu jefe de sección te guiará a partir de ahora.

Abre la puerta a una especie de sala acorazada gigante, llena de escritorios y del ruido procedente de los teclados. Mi nuevo jefe está esperando, un hombre con barba, amable, de aspecto inteligente, con pantalones de pana y calcetines de lana. Parece estar próximo a la jubilación.

Me explica que estamos en un lugar llamado SCIF, una oficina de información clasificada sensible de la que no puede salir ningún material sin autorización previa.
—Eso incluye la cafetería —dice—. Recuerda, aunque todo el mundo tenga autorización, no pueden ver lo mismo que tú, y viceversa. Si te quedas a comer en la cafetería, será mejor que las conversaciones durante el almuerzo sean sobre tu vida sentimental. Y como nadie tiene tiempo para eso, tal vez prefieras comer aquí.

Encubierta. Mi vida al servicio de la CIA (Roca Editorial)Lanzamiento 10 de septiembre de 2020.

Me han asignado la información relativa a Jemaah Islamiyah, la cédula de Al Qaeda en el Sudeste Asiático, lo cual consiste en leer cada día cientos de cables clasificados de gobiernos extranjeros, diplomáticos estadounidenses y nuestros propios agentes secretos sobre el terreno, para después sintetizarlos en informes útiles para el congreso y la presidencia.

Origen: vanityfair.es

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