Carta a mi hijo ausente 

Asumir que no podrás ver a tus hijos crecer en tu país es doloroso.

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No fueron la pandemia ni la cuarentena eterna. Te fuiste mucho antes de este infierno; te alejó otro infierno, el de la mediocridad y la falta de horizonte. Abandonaste el país buscando un horizonte porque, a pesar de tu juventud, entendiste que aquí no lo habría. Hace años que la Argentina se volvió un lugar hostil para la gente honesta.

No te expulsaron la guerra, los desastres naturales o el rigor del clima sino una casta dirigente vergonzosa que, a través de varias décadas, hizo de la Argentina primero un lugar sin futuro y ahora un lugar sin presente. Entre políticos irresponsables, empresarios prebendarios y sindicalistas inescrupulosos perfilaron un país de matones, iletrados prepotentes y acomodados; gente de baja estofa que ocupa legal pero ilegítimamente los espacios de conducción hasta hacer inviable ejercer, comerciar y hasta la vida cotidiana misma.

Una vida plena

Te criamos en nuestros valores, sobre el pilar de la libertad, eje en la cultura de las tradiciones y respeto por los valores morales, en un marco de responsabilidad personal que supiste incorporar en absoluta armonía con lo que recibías en el colegio. Queríamos para vos una vida plena: que fueras un buen profesional en la disciplina que eligieras pero, por sobre todas las cosas, que te transformaras en un hombre de bien.

Te enseñamos a transitar tu propio camino y a aceptar, como dijera Jean Piaget, que “elegir es perder”. Aprendiste a elegir, a dejar cosas en el camino para no dispersarte en tus objetivos y a equivocarte pero también a incorporarte y seguir. Te mostramos con el ejemplo que los logros propios no te los quita nadie, a encontrar satisfacción en ellos y en cada progreso.

La escuela te dio conocimientos, modelos de vida y te enseñó el incalculable valor de la amistad. Fue el complemento perfecto para hacer de vos el ser humano que sos hoy.

Pero cuando asomaste a la vida adulta comprobaste que la meritocracia y el esfuerzo que te habíamos inculcado no cotizaban en la sociedad en la que te tocaba desarrollarte. Al contrario; los buenos modales y la nobleza de las acciones impactaban en un mundo plagado de corrupción y venalidad, y no encontrabas un lugar desde donde hacer tu aporte en esta porquería inmoral y mediocre en la que se ha transformado el país.

Un billete falso
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Te enseñamos a transitar tu propio camino y a aceptar, como dijera Jean Piaget, que “elegir es perder”. (Flickr)

Compartías con tus amigos los mismos principios. En una oportunidad, apenas adolescentes, a uno de ellos le dieron un billete falso; cuando intentó usarlo, en el comercio se lo rechazaron. Ese episodio es una postal que no olvidaré jamás. Volvieron a casa azorados y él comentó “ahora que sé que es falso no lo puedo usar”.

“Estas son las personas que estamos formando”, pensé emocionada. Pero el ambiente era adverso a sus valores y a sus conductas.
Tal vez en ese entonces empezó a germinar en tu alma la necesidad de un mundo mejor. Y un día lo lograste. Desde entonces celebro por vos esa enorme distancia que nos separa pero también sé que no es gratis, que no es todo placentero. Sé que tu desarraigo conlleva sacrificio y dolores. No estar en familia cuando los hechos suceden en la Argentina es triste. Asumir que no podrás ver a tus hijos crecer en tu país es doloroso.

Las pantallas tienen un enorme valor entre nosotros. Nos vemos, nos sonreímos y nos mostramos desde el teléfono el lugar donde estamos o el regalo que acabamos de recibir. Son momentos de intensa alegría hasta que alguien dice el primer “bueno…”, que indica que es hora de cortar.
En cada comunicación pasamos lista de los amigos y familiares y te contamos las noticias de todos ellos. Y luego volvemos cada uno a lo suyo. Nosotros acá, sin vos; vos allá, sin nosotros.

Yo celebro que estés creciendo personal y profesionalmente en otro lado pero, no me engaño, soy consciente del día a día que nos estamos perdiendo en nuestra relación.

La vida. Por eso, aún en esta Argentina desahuciada, intento mostrarte que para mí la lucha por una sociedad mejor continúa. Tal vez si hay frutos no serán para vos, pero sí para los millones de jóvenes valiosos que están atrapados por un sistema perverso que los tiene de rehenes. Por eso te mando fotos desde el Congreso mientras reclamo a los legisladores por el respeto a la vida; por eso me uno a causas internacionales contra el marxismo del Siglo XXI; por eso no claudico. Porque quiero seguir siendo coherente y porque la lucha por causas justas disipan la angustia de tu ausencia. Y porque sé que en un rinconcito, tu alma también sufre.

Hago extensiva esta carta a los miles y miles de padres que comparten este sentimiento que hoy describo.

¡Feliz Año Nuevo, hijo querido! Cuando suenen las 24 campanadas, cuando los fuegos artificiales iluminen el cielo, acá vamos a estar pensando en vos. Te queremos y el orgullo que sentimos por la persona en la que te convertiste le da sentido a cualquier sacrificio.


María Zaldívar es licenciada en Cs. Políticas (Universidad Católica Argentina). Analista política. Consejo directivo de “Federalismo y Libertad”. Premio a la “Valiente defensa de la libertad”, Fundación Atlas.  Autora del libro: Peronismo demoliciones. @MariaZaldivar.

Origen:  El American

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