Silvina Bullrich y el éxito de la escritora desafiante

Silvina Bullrich y el éxito de la escritora desafiante - Cultura | Diario  La Prensa

En 2020 se cumplieron 30 años de su fallecimiento y 105 de su nacimiento. Aniversarios que pasaron prácticamente inadvertidos. Ocurrió tal como ella misma lo había expresado en vida, al señalar que estaba convencida que su literatura no perduraría.

Escribió unos cincuenta libros. La mayoría novelas. Fue habitual que sus títulos resultaran best sellers. Los burgueses vendió 60.000 ejemplares. Te acordarás de Taormina, quizás su novela más autobiográfica e íntima, agotó 37.000 ejemplares en un año. Sumado el conjunto, superó el millón de ejemplares vendidos. Entre los sesenta y ochenta del siglo pasado, sus lectores esperaban, ávidos, “el nuevo libro” sobre el cual solía dejar caer algunos datos en las entrevistas que con frecuencia le hacían. Gráfica, radio y televisión no le fueron ajenas. Asombraba. Escribió, por ejemplo, una novela que transcurre íntegra mientras un novel periodista se empeña en hacer funcionar el grabador portátil (“a casete”) para concretar el diálogo con su entrevistado; a la sazón un escritor. Los lectores, una y otra vez, entreveían en esas novelas referencias directas a las vivencias sentimientos y pensamientos de la autora quien, junto a Marta Lynch y Beatriz Guido, irrumpió en la literatura argentina cuando era un territorio reservado a varones.

Frontal, concreta, precisa, nunca le importó ser “políticamente correcta”. Así fue Silvina Bullrich. Nació el 4 de octubre de 1915. De adolescente, la revista Atlántida publicó algunos de sus poemas. Entabló una gran amistad con Manuel Mujica Láinez quien la relacionó con Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Estela Canto, Victoria y Silvina Ocampo.

Hizo traducciones importantes, como las de Graham Greene y Simone de Beauvoir. Ella misma fue traducida a varios idiomas. En 1961, obtuvo el primer Premio Municipal por Un momento muy largo y El hechicero. En 1972, el segundo Premio Nacional a la prosa imaginativa del trienio 1969-1971. En 1982, recibió de Francia, país al que visitara reiteradamente desde niña, las “Palmas Académicas”.

De acuerdo con sus declaraciones, dedicaba ocho horas diarias al trabajo de escritor siguiendo un plan que le permitía publicar un título cada año. La NaciónLa Prensa y La Gaceta la tuvieron como colaboradora. Con 30 años de edad, trabajó junto a Jorge Luis Borges en una antología: El compadrito.

Sus libros aparecían hacia fin de año. Eran lectura obligada en vacaciones. Igual que Beatriz Guido, escribía sobre situaciones de vida de la alta burguesía, exhibiendo las dolorosas, tristes y fragmentadas formas en que ésta se rompía y disolvía dando lugar a nuevas conformaciones.

Fue una de las primeras mujeres que ejerció la escritura como profesión; esto es: tuvo en claro que por su trabajo debían pagarle con dinero. No con elogios, ni ramos de flores, ni invitaciones a comer. Derechos de autor por sus libros, pagos por columnas periodísticas y honorarios por conferencias fueron su fuente de ingresos. Cuando advirtió que aumentaban las solicitudes para que accediera a diálogos periodísticos, no tuvo empacho en fijar un caché. Pero siempre hubo un límite en su vida. Nada aceptaba que cercenara su libertad. “Me gusta el dinero y las cosas que da el dinero, pero no soy capaz de sacrificar por él un ápice de mi independencia”. Eso lo supieron los hombres que la amaron.

Sus conferencias en la feria Internacional del Libro de Buenos Aires, en cada oportunidad, contaron con el salón colmado y la expositora desafiando al público con afirmaciones e interrogantes que llamaban, de inmediato, a la controversia. Como fuera, cada encuentro concluía inevitablemente con un intenso y prolongado aplauso. Bullrich agradecía con mínimos movimientos de cabeza y la aparición de cierta sonrisa de aprobación.

Aunque pareciera dicho hoy, lo cierto es que Bullrich lo expresaba medio siglo atrás: “Esto está cada vez peor, estamos al borde del caos, espero que alguien se atreva a decirlo… El caos, no hay otra palabra, yo por si acaso, se lo digo confidencialmente, he mandado a EE.UU. toda mi fortuna, lo poco que tengo, claro está… Por eso yo ni un peso coloco en el país”.

Empero su generosidad siempre fue manifiesta. Un ejemplo es el dinero que donó a la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) para un premio de novela en el cual sólo podían participar escritoras.

También expresó: “Cada vez me siento mejor en estas tierras y menos a gusto en el extranjero. Me duele demasiado que nos ignoren, que nos menosprecien, que nos juzguen, sin siquiera nos dan la oportunidad de defendernos… Mi ciudad, sus casas, el cementerio de la Recoleta… Sobre todo esto, está cimentada mi vida y mi obra. Por Buenos Aires y para Buenos Aires escribo mis memorias. Para toda la Argentina quizás…”.

Sobre lo que pensaba en relación al futuro de su obra escrita, refirió en cierto momento: “Hay escritores para una elite, otros para escritores y otros para la posteridad. Yo he sido una escritora para mis lectores contemporáneos. Sé que no voy a perdurar en la literatura, mi éxito es un éxito del presente”.

Falleció en el Hospital Cantonal de Ginebra (Suiza) el 2 de julio de 1990. El mismo donde agonizó Borges.

Origen: laprensa.com.ar

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