¿Los clásicos animados deben censurarse?

La plataforma Disney+ reclasificó sus películas por su contenido racista, sexista y xenófobo.

Películas clásicas como ‘La dama y el vagabundo’aparecen ahora con la advertencia de contener “descripciones negativas y maltratos de personas y culturas”.

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Disney

Por: Ricardo Silva Romero

Habíamos puesto a andar en Disney+ Operación salchicha, la película de 1966 que sólo yo quería ver y mi familia entera me hacía cara de “por qué diablos”, cuando se nos apareció en la pantalla una advertencia en blanco y negro que nunca habíamos visto: “El siguiente programa muestra maltrato o representación negativa de personas o culturas”, decía, “tales estereotipos no eran correctos en aquel entonces ni lo son ahora”. Venía un mea culpa: “En lugar de eliminar dicho contenido, queremos reconocer su impacto perjudicial, aprender e invitar al diálogo para crear entre todos un futuro más inclusivo”. Seguía una promesa en tono de contrato: “Disney se compromete a crear historias con temas inspiradores y motivadores que reflejen la rica diversidad de la experiencia humana en todo el mundo”. Y sonaba responsable y falso al mismo tiempo. Y era la primera vez que veíamos un largometraje cuyo suspenso no venía de su historia, sino de su incorrección política.

Se ha vuelto lo usual encontrarse con notas iniciales como la de Operación salchicha. En junio del año pasado, consternada por el ascenso de los supremacistas blancos y abrumada por las marchas contra el horrendo crimen de George Floyd, la plataforma de HBO sacó de su catálogo el clásico Lo que el viento se llevó porque desde su estreno había sido criticado por “glorificar la esclavitud”, pero lo que se presentó como un acto de justicia, que condenaba la discutible película de 1939 sobre la Guerra de Secesión con las claridades de estos tiempos, terminó convertido en un video introductorio en el que una experta explica que el drama “debe verse en su forma original, ponerse en contexto y debatirse” y deja en claro que “el tratamiento del mundo a través del lente de la nostalgia niega los horrores de la esclavitud y su legado de desigualdad racial”.

Disney+, la exitosa plataforma del más grande de los imperios del cine, tomó hace un par de semanas nomás una decisión semejante: puso lejos del alcance de los niños, en manos de las consciencias de sus adultos, obras maestras como Dumbo (1941), Peter Pan (1953), La dama y el vagabundo (1955), El libro de la selva (1967) y Los aristogatos (1970) por “descripciones negativas y maltratos de personas o de culturas”. También esa medida tenía su contexto: un país desquiciado por una presidencia fatal, la del distópico magnate Donald Trump, que se había dedicado a desenterrar los peores vicios del mundo en el empeño de aferrarse al poder. Se trataba de no servirle a ese racismo. Se trataba de no servirle a esa violencia.

¿Pero exacerbó Los aristogatos el fanatismo que ha sido uno de los peores fracasos humanos?, ¿agravó La dama y el vagabundo la intolerancia que ha entorpecido tantas democracias?, ¿confirmó Peter Pan ciertos sesgos inconscientes con los que vivimos durante años?

¿Es posible seguir viendo así, como un niño, esas películas que tienen tanto de milagro? ¿Hay que ponérselas en contexto a los incautos y escondérselas
a las multitudes enardecidas?

Unos meses antes de cumplir cinco, el domingo 13 de enero de 1980 según indican ciertas fotos, fui con mis papás al matinal del teatro Teusaquillo a ver la fúnebre versión de Disney de PinocchioQuise tocar la pantalla. Me dio miedo. Me fascinó en cualquier caso porque quise verla mil veces más. Cuarenta años después puedo decir que no sólo me sigue pareciendo una gran película doblada en argentino, “¡papá Geppetto!”, sino una brillante adaptación –de 1940– de la pesadilla que escribió Carlo Collodi en 1883: ni más ni menos que el descubrimiento de que para ser un niño de verdad es necesario rescatar al propio padre en el infierno. Resulta increíble que hace ochenta años pudiera dibujarse cuadro por cuadro semejante obra de arte. Se queda uno viendo los detalles de cada plano como se queda viendo los pliegues de aquellas esculturas renacentistas que parecen hechas por extraterrestres.

De ese domingo en adelante, con el paso del beta, el VHS y el DVD, me volví un coleccionista de las películas de Disney: no sólo de las obras maestras animadas que todos conocemos, desde Blancanieves y los siete enanitos (1937) hasta El zorro y el sabueso (1981), sino de las comedias interpretadas por actores de carne y hueso que podían encontrarse en los alquileres de video que solían montar en los garajes de las casas y en los subsuelos de los edificios. Vi en El maravilloso mundo de Walt Disney, el programa de los sábados al mediodía, una serie de largometrajes con comerciales en blanco y negro que –como los viajes o los amigos– se me volvieron parte de la memoria. Pregúntenme lo que quieran de, por ejemplo, El perro humano (1959), Pollyanna (1960), Operación cupido (1961), Mary Poppins (1964), El fantasma de Barbanegra (1968), Travesuras de una bruja (1971) o Candleshoe (1977): ser niño era extraño e infinito como en esas historias.
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Siempre se me viene a la cabeza la frase “no se nace odiando: te lo enseñan” cuando pienso que a los siete años vi Canción del sur (1946) y no se me pasó por la cabeza que era otra “glorificación de la esclavitud”. Yo la vi como una compilación de los relatos ejemplares del hermano Rabito que contaba el tío Remus. Yo, que estaba obsesionado con Raíces y no era insensible al tema por mil razones más que no vienen al caso, pero también era un niño, me la tomé como una reivindicación de la sabiduría de un viejo narrador –un abuelo negro– que de paso mostraba a los hacendados de después de la abolición como seres repelentes, melodramáticos e infelices. Supe luego que Disney, la empresa, jamás sacó la película en video en Estados Unidos porque no quiso revivir las heridas que había abierto mientras la hizo y la estrenó: “La más mezquina de las propagandas del supremacismo blanco que Hollywood jamás haya producido”, la llamó el periodista Richard Dier.

Peter Pan

En los clásicos animados de muchas décadas atrás confluyeron los talentos de escritores, dibujantes, actores y directores. Aquí, imágenes de la ‘Peter Pan’.

Foto:

Disney

Doy por descontado que no era fácil reconocer a los siete años, en Bogotá, Colombia, los ángulos de semejante debate histórico que estaba lejos de acabarse en aquella sociedad tan racista, pero me parece que vale la pena volver a Canción del sur –un fantasma en el castillo del reino de Disney que nadie allá adentro se atrevería ni siquiera a poner en contexto en Disney+– porque es una demostración de que los ejecutivos de los estudios en los que nacieron Mickey Mouse y el Pato Donald han sido mucho más sensibles a las controversias que a los estereotipos. Canción del sur no es un caso de revisionismo desde la llamada “corrección política”, pues antes de su aparición, en el 46, se rogó a sus realizadores que reconsideraran la mirada nostálgica y condescendiente a los tiempos brutales de las plantaciones. Siguieron adelante sin embargo. Y se les volvió un orgullo en lo técnico y un cadáver en el sótano y una deshonra en la doble moral.

Hablo de todo esto porque en los últimos tiempos me puse en la tarea de reconstruir en DVD la colección de clásicos de Disney que había hecho en beta cuando era niño –y que se derritió en una bodega hace quince años ya– pues quería que los vieran un par de hijos míos que no tienen ni un pelo de misóginos ni de racistas porque nadie se los enseñó. Fue una proeza reconstruir esa videoteca, pero fue en vano: todo está, hoy, en la plataforma de Disney+. Y el caso es que vieron, mis niños, unas cuantas nomás. Que algunas les gustaron, otras no. Y luego de ver con el corazón en la mano Operación salchicha, que por cierto resultó más mala que malévola, más caricaturesca que infame y más machista que racista –y terminé viéndola yo solo porque todos fueron encontrando mejores cosas que hacer–, me quedé pidiéndole a la nada que estos debates enriquezcan las obras por venir.

Por supuesto: a no ser que se trate de parodiar o de satirizar el mundo, que sin duda lo merece, valerse de estereotipos suele entorpecer y empobrecer cualquier relato, cualquier drama.

¿Pero qué tanto podrá este guardián equívoco, Disney, protegernos de sus propias obras e incitarnos a caer en cuenta hasta Bogotá, Colombia, de que las viejas versiones dobladas no nos dejaron notar sus estereotipos y sus estigmatizaciones?

Henos tratando de entender que las transformaciones culturales son, en este punto, de vida o muerte, pero no se logran decapitando decapitadores

Fue el progresismo norteamericano el que retomó en los setenta, medio en serio, medio en broma, la expresión “políticamente correcto”. Se usó en la Alemania nazi en el sentido temible de “pureza”. Se usó despectivamente, a matar, entre comunistas de los cincuenta. Pero llegó a los setenta convertida en ironía entre liberales que empezaron a temer que la causa de fondo –el cumplimiento cabal de las promesas de la democracia– cayera en la trampa de negar, matonear, perseguir, juzgar, condenar a los que pensaran diferente como metiéndolos en el mismo saco de los tiranos: otra cacería de brujas. Sucedió algo semejante: una persecución que fue especialmente notoria en la academia gringa. Y entonces, a comienzos de los noventa, el rumor llegó a manos de los conservadores: “Aunque viene de la loable intención de barrer la violencia del racismo, el sexismo y el odio, la corrección política reemplaza los viejos prejuicios por nuevos”, declaró el primer presidente Bush en 1991.

Desde entonces “políticamente correcto” pasó de ser una frase irónica entre progresistas a ser una frase despectiva en el establecimiento inclinado a la derecha. Se habló de “policía del pensamiento”. Se habló de victimización. Y mientras los liberales cazaban liberales con energía de fundamentalistas, mientras los liberales señalaban a sus pares por cometer lapsus conservadores o ser “menos liberales que nosotros” en la selva envidiosa de la academia, gente como Trump empezó a defender –y así fue ganando notoriedad y ascendencia sobre el desconcierto de millones– el supuesto derecho a ser racista y misógino y homofóbico y despótico como si no se tratara de un crimen contra la democracia, sino apenas de una “incorrección política”.

Henos aquí. Henos tratando de entender que las transformaciones culturales son, en este punto, de vida o muerte, pero no se logran decapitando decapitadores.
Henos encarando el monstruo trumpista, una multitud de millones de cabezas que creen ciegamente que el mundo de hoy es una conspiración de judíos, abortistas, homosexuales, vacunadores, pedófilos y negros, con la sensación terrible de que cualquier estereotipo de Disney puede servirle a esa violencia.

Yo sé que tuve suerte. Vi sin prejuicios ni agendas esas películas, en mi infancia ochentera en Bogotá, de tal modo que me importaron mucho más sus personajes y sus tramas que sus moralejas, y sus estereotipos colonialistas me parecieron caricaturas en el contexto de las caricaturas: los rusos de James Bond, los chinos de Tintin, los árabes de Indiana Jones. Pensándolo bien, quizás porque en estos casos no se perdía tanto en la traducción, sino que más bien se ganaba mucho en el doblaje, siempre me parecieron más borrosos los príncipes que las princesas de Disney, me fascinaron los personajes secundarios hasta volverme uno de ellos, me dediqué a fijarme, con las gafas del cinéfilo, en aquellas secuencias que siguen siendo un milagro, y si vi algo entre planos –que es “leí entre líneas” en el cine–, entonces vi las cosas que quiere ver un niño de siete años: que Pinocchio salvó a su padre del infierno, que Dumbo logró ser un raro en un repugnante circo de normales, que Golfo y O’Malley y Mowgli, tan huérfanos, tan cínicos, después de todo dieron con una familia.

¿Es posible seguir viendo así, como un niño, esas películas que tienen tanto de milagro?¿Hay que ponérselas en contexto a los incautos y escondérselas a las multitudes enardecidas? ¿Puede el espectador de hoy poner en su sitio esos estereotipos, lamentar el acto de crearlos y seguir adelante con la historia?

¿Conviene evitar con disciplina el fabulado mundo de Walt Disney? ¿Es Disney “el opio del pueblo”?

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Durante décadas Disney fue visto así, como “el opio del pueblo”, porque la crítica tenía un pie en “el gran arte” para inmensas minorías y el otro pie en la ideología: se sabe que el drama no es más que un modo de describir el paso del tiempo y las transformaciones que se dan en la experiencia humana, pero durante décadas la crítica, anclada en un pensamiento jerárquico que terminaba en cierta clase de violencia, despreció “por burgueses”, “por cómplices del statu quo”, a los grandes autores que se jugaron su obra por recrear las psicologías, las metamorfosis de los individuos. Y Disney, que no sólo se la pasaba contando redenciones y prometiendo familias, sino traduciendo los cuentos para niños a una lengua de esperanzados, era prácticamente un insulto para las autoridades en la materia: “Parece de Disney”.

Walt Disney vivió 65 años, de diciembre de 1901 a diciembre de 1966, en Chicago, en Marceline, en Kansas City, en Hollywood, en Burbank. Fue un patriota para bien y para mal, y fue un caricaturista por vocación, pero sobre todo fue un productor librepensador e incansable que intentó e intentó poner a andar a sus dibujos hasta que la invención de Mickey Mouse –con la ayuda del brillante Ub Iwerks– le abrió paso a ese estudio que hoy es una Tierra. Empezó por dar una serie de cortos llamados Sinfonías tontas: El barco de vapor (1928), La danza de los esqueletos (1929) o Los tres cerditos (1933), que pueden verse ya mismo en Disney+, fueron especialmente exitosos. Vinieron esos cinco primeros largometrajes, de 1937 a 1942, que siguen siendo genialidades de una belleza que cuesta creer: Blancanieves, Pinocchio, Fantasía, Dumbo Bambi.

Puede que hayan sido los embates de la Segunda Guerra. Puede que haya tenido que ver con la deuda de cuatro millones de dólares que le dejó a su empresa la locura de sacar adelante esos primeros clásicos del cine. Quizás esté relacionado con la dolorosa huelga de los empleados de su estudio en 1941. El caso es que Walt Disney dio entonces, a mediados de los cuarenta, un giro hacia un conservadurismo que fue endureciéndose –y volviéndose malsano– con el paso de los años. En 1947 se sumó a la denuncia del comunismo ante el deshonroso Comité de Actividades Antiestadounidenses: no es fácil perdonárselo. Se le tildó entonces de antisemita, de misógino, de racista sobre la base de ciertos comentarios y ciertos gestos, pero se dijo, también, que en su intimidad, en su familia, era un hombre sin prejuicios.

A comienzos de los cincuenta, cuando ya el departamento de animación marchaba solo a pesar de los reveses, el señor Disney dedicó su atención a la producción de películas de “acción real”, a programas de televisión como Davy Crockett (1954) y El club de Mickey Mouse (1955) y al parque de diversiones con vocación de mundo paralelo que todavía lleva el nombre de Disneylandia. A pesar de los mil y un proyectos en los que se metió en la última década de su vida, que de alguna manera trazaron el futuro de una compañía que cincuenta años después se ha vuelto un imperio, Disney continuó supervisando el trabajo en clásicos del tamaño de La bella durmiente (1959) o Mary Poppins (1964). Murió de cáncer de pulmón –porque era un fumador incorregible–, pero su estudio siguió y sigue funcionando como si siguiera bajo su vigilancia.

Walt Disney, el estudio, ha dado películas brillantes en las últimas cinco décadas: basta ver Autosecuestradores (1976), Policías y ratones (1986), La bella y la bestia (1991), Fantasía 2000 (2000) y Zootopia (2016), entre decenas de joyas, para probar el punto. Y, sin embargo, como si fuera cierto el rumor de que el propio Disney fue congelado para vivir por siempre y para siempre, como si parte de su legado fuera esa vocación, de imperio voraz del siglo XIX, a conquistar el mundo, la compañía no se ha limitado a producir largometrajes exitosos, sino que ha seguido redoblando sus apuestas, construyendo más y más parques, comprando marcas revitalizadoras como Pixar o Star Wars o Muppets o Marvel o Fox o National Geographic: el sol no se oculta en su territorio, no, pronto usted y yo seremos de Disney.

Por lo pronto, resulta abrumador e iluminador ver, en la plataforma Disney+, esa suma de ficciones cuyo resultado es un mundo dentro del mundo.

Se queda uno pasmado ante las proezas y los hallazgos de esos clásicos animados de hace sesenta, setenta, ochenta años. Se queda uno pensando en el milagro de que hayan coincidido tantos talentos, dibujantes, escritores, actores, directores, bajo semejante batuta. Pocos hombres se vuelven un mundo. Poquísimos productores se vuelven un género. Y es fascinante constatar que aquel caricaturista que cruzó los umbrales de la Primera Guerra, de la Segunda Guerra y de la Guerra Fría para bien y para mal –y que murió antes de que los progresistas empezaran a hablar en broma de su propia “corrección política” y los jóvenes de 1968 se negaran a servirle a ese viejo mundo jerárquico, colonialista, racista, esclavista y machista a más no poder– produjo una obra en marcha que se va enmendando a sí misma.

Dejó estereotipos vergonzosos que dan risa y luego dan escalofríos. Dejó salidas en falso que en su momento debieron parecer buenas ideas. Pero sólo un teórico de la conspiración o un crítico varado en su trinchera podría negar que dejó también una serie de obras maestras como suvenires de una especie que siempre ha logrado rescatar su propia belleza de las garras de su propia violencia.

RICARDO SILVA ROMERO

Origen: eltiempo.com

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