El cerebro financiero de la mafia al que le cayó mal la revolución cubana

Carlos Manzoni

En medio de los festejos y la abundancia, Meyer Lansky no advirtió que se le venía la noche. Justo él que era un gran calculador, que veía un negocio a kilómetros de distancia y que se había encumbrado como el mayor cerebro financiero de la mafia fue sorprendido por la Revolución Cubana, que, en su momento de mayor auge, lo obligó a huir de La Habana y le expropió los casinos, hoteles y cabarets que le redituaban una fortuna.

Majer Suchowlinski, tal su verdadero nombre, había nacido el 4 de julio de 1902, en Grodno, una ciudad que hoy pertenece a Bielorrusia, pero que en el momento en que empieza esta historia era parte del Imperio Ruso. Su origen era judío y sus padres habían sufrido los terribles pogroms de la Rusia zarista.

En 1911 su familia se mudó a los Estados Unidos y se estableció en un barrio bajo de Manhattan. Apenas ingresó a la escuela fue víctima del bulling que le hacía un chico con el que finalmente trabaría una inquebrantable amistad: un tal Charlie “Lucky” Luciano, que en pocos años se convertiría en el mayor capo mafia de los Estados Unidos.

Como se dijo, la relación con Luciano no empezó bien, pero pronto se encarriló. “Tras sufrir varios encontronazos más con Luciano, el niño judío, que siempre había resistido sin derramar una sola lágrima las agresiones del siciliano, sufrió el ataque de un grupo de adolescentes irlandeses. Al observar la escena, Luciano sacó su navaja y espantó a los irlandeses. Érase en aquel incidente el origen de la asociación criminal más influyente del siglo XX”, relata el diario español ABC.

Meyer Lansky en la estación de policía de 54 St., Nueva York, en 1958
Meyer Lansky en la estación de policía de 54 St., Nueva York, en 1958 Crédito: Biblioteca del Congreso de EE. UU.

Tanto Meyer como Luciano, se recuerda en el artículo de ABC, encabezaban sus propias bandas, en función del grupo de inmigrantes que aglutinaban, pero la amistad entre ambos hizo que confluyeran en la mayoría de negocios. No en vano, la vinculación de un siciliano como Luciano con gánsteres de otras nacionalidades levantó el recelo de la vieja escuela italiana, el orden establecido que despreciaba a cualquiera que no fuese siciliano o, al menos, italiano.

En las siguientes décadas, luego de eliminar a otros peces gordos de la mafia, Lansky y Luciano dieron forma y condujeron la asociación criminal más influyente del siglo XX. Aunque también se dedicaban al contrabando de alcohol y al negocio del juego, la actividad que vertebró su imperio fue el tráfico de heroína y el manejo de locales de prostitución.

Dueño de una mente brillante, Lansky fue el estratega que ayudó a Luciano a encumbrarse como el capi di tutti cappi. Por eso, aunque por su origen quedaba afuera del organigrama formal de la cúpula mafiosa, estaba llamado a ser la auténtica mano derecha del líder y el armador del sistema financiero de lavado de dinero de la mafia.

Pero sus travesuras delictivas pronto tendrían como escenario principal tierras más cálidas. Cuando luego de caer preso, Luciano es liberado pero con la prohibición de pisar suelo estadounidense de por vida, decide instalarse en Cuba: y será allí donde Lansky desplegará todo su talento al servicio del delito.

Lansky vislumbró que La Habana se convertiría en uno de los destinos turísticos más atractivos de Latinoamérica y decidió colocar dinero en inversiones para luego obtener ganancias millonarias, bajo el ala del dictador local Fulgencio Batista, que hacía la vista gorda a todo y por supuesto se llevaba su buena tajada.

En ese contexto, Lansky montó un imperio de hoteles, casinos y cabarets, con los que recaudó millones de dólares y convirtió a La Habana en Las Vegas de Latinoamérica. Entre sus casinos estaban el Habana Riviera, el Nacional -el cual dominaba el Castillo de los Tres Reyes del Morro en la Bahía de la Habana-, el Montmartre Club y otras muchas propiedades menores.

Su extraordinario éxito económico en Cuba lo hizo millonario, lo encumbró aún más dentro de la organización mafiosa y lo llevó a pensar en replicar esa experiencia en República Dominicana, donde también tendría como aliado al dictador local, Leónidas Trujillo.

Aquel inmigrante judío, hijo de padres perseguidos en la Rusia zarista, se había convertido en el mayor cerebro financiero de la mafia, manejaba a su antojo el dinero de la Cosa Nostra y contaba con una red de negocios que le redituaría una fortuna por el resto de su vida. Estaba en su mejor momento. Tocando el Cielo con las manos. Pero… siempre hay un “pincelazo” que lo arruina todo.

Meyer Lansky
Meyer Lansky Crédito: Biblioteca del Congreso de los EE. UU.

El último día de 1958, Lansky estaba celebrando Fin de año y festejando por los US$3 millones que le había redituado su hotel estrella, cuando le avisan que varias de sus propiedades habían sido saqueadas y destruidas: era el estallido de la Revolución Cubana, que horas después tomaría La Habana. Antes de que Fidel Castro entrara en la capital, Lansky tomó un vuelo a Bahamas y abandonó Cuba para siempre, dejando allí la mayor parte de su patrimonio.

El nuevo gobierno revolucionario pronto nacionalizó los casinos y los hoteles, lo que dio el golpe de gracia a los negocios de Lansky. Se truncó así el sueño caribeño del mayor cerebro financiero de la mafia en el siglo XX, que primero se recluyó en Miami y que luego debió huir a Israel, ante la persecución del FBI, que no lo dejó en paz durante el resto de su vida. Murió de cáncer de pulmón el 15 de enero de 1983, a los 80 años.

Origen: lanación.com.ar

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