Cuarentena: seis errores, un acierto y cómo será el aislamiento que viene con la segunda ola

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La primera duró 232 días. Este viernes se cumple un año del primer confinamiento.

Qué aprendimos y en qué se diferenciará el ASPO que llega con el frío.

Irene Hartmann

“Se buscará restringir lo menos posible y sostener la actividad industrial, económica y social”. Esta fue la respuesta del vocero de Presidencia cuando Clarín le preguntó si analizan implementar otro confinamiento y cómo sería. De la frase se desprenden varias afirmaciones: que esperan (pronto, y por eso ya hay un plan) una segunda ola de coronavirus. Que habrá otra cuarentena. Que reconocen errores importantes en la cuarentena-2020, decretada hace justo un año. Que el nuevo confinamiento será diferente.

Bastaría con que no durara 232 días como la cuarentena “primera”, iniciada el 19 de marzo por el presidente Alberto Fernández y terminada el 6 de noviembre de 2020, cuando se anunció -para una parte del país- el cambio de ASPO a DISPO. De Aislamiento a Distanciamiento Social Preventivo y Obligatorio.

Aunque en estos días el país entero cruza los dedos suplicando más partidas de vacunas, conviene aceptar, cerrando marzo, que la carrera “inmunización vs. segunda ola” tiene resultado cantado: difícilmente las 24 millones de personas de los grupos de riesgo estén vacunadas para el invierno. Y la meseta de casos, se sabe, tiene base alta.

Habrá un nuevo confinamiento. Tendrá otras reglas. Unas que idealmente permitan repetir los aciertos del año pasado y evitar, de lleno, los errores y el fuerte deterioro social y económico que ocasionó. Veamos qué enseñanzas dejó el 2020 para aplicarlas en 2021.
El “aguante” para ganar tiempo

Si uno le pide a cualquier experto local en Covid que analice los errores de la gestión epidemiológica del último año, arranca (no importa su signo político) con el que todos llaman “el gran acierto argentino” de la pandemia: haber evitado el colapso del sistema de salud.

No es menor. Significa que las más de 54.000 muertes por coronavirus registradas al cierre de nota tienen un contrapeso. No consuela, pero reconfiguró (para “menos peor”) el destino trágico en el que parecíamos sumirnos: la certeza (con las imágenes frescas de Italia hundida en el infierno) de que en Argentina moriría muchísima más gente de la que falleció, y no solo por Covid.

La causa podría resumirse en una insuficiencia generalizada del sistema de salud: faltantes de camas de terapia intensiva, de respiradores y hasta de personal formado (y no infectado).

Si bien hay registros de un “aguante” al límite de la capacidad en provincias como Neuquén, Río Negro, Tierra del Fuego, Mendoza, La Rioja y Salta, sería un error (o una injusticia) mirar hacia atrás y obviar que el temido colapso sanitario no ocurrió.

Los primeros meses de la pandemia quedarán en el recuerdo colectivo como aquellos en los que “ganamos tiempo”.

¿Cuáles fueron, en cambio, los errores?
La economía

Desde la crisis de 2001 (cuando el desplome económico llegó al 10,9%) el INDEC no registraba una caída de la actividad tan grande como la que generó la cuarentena estricta: 10% anual, que arrancó con un 26% abajo en abril, producto del lockdown que dejó freezados al comercio, la producción industrial y el transporte.

Es cierto que se hizo un mínimo equilibrio con la marcha de los servicios esenciales y el pujante comercio electrónico, así como las ayudas de 10.000 pesos a través del Ingreso Familiar de Emergencia (IFE) y los préstamos ATP para el pago de sueldos. Pero ninguna medida frenó la caída del empleo: en el tercer trimestre, los puestos en negro bajaron casi 28%, en comparación al mismo período el año anterior. Los cuentapropistas, el 22%. Los asalariados formales, un 3%.

Según datos de la Confederación Argentina de la Mediana Empresa (CAME), a fin de año 90.700 locales y 41.200 pequeñas y medianas empresas habían cerrado. Más de 185.000 empleados se vieron afectados por esa caída.
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Otras actividades agonizan hoy más, allá de la cuarentena estricta. Según Graciela Fresno, de la Federación Empresaria Hotelera Gastronómica de la República Argentina (FEHGRA), el 70% de los hoteles está cerrado. En el verano, el 30% en pie no superó el 10% de ocupación. Y “en noviembre se estimaba una pérdida interanual de 200.000 puestos de trabajo, entre formales, informales y monotributistas”.

Como advirtió en estas páginas Daniel Fernández Canedo, si bien “2020 marcó una inflación que promedió 36,1%, en el final, con los datos de diciembre, el costo de vida anualizado marcó un ritmo de aumento del 60%”. A estas cifras se suman las idas y venidas ligadas al dólar paralelo, que en octubre llegó a tocar los 195 pesos.
Testeos insuficientes

Del ancho glosario del “nuevo coronavirus” sobresale la tríada “testear-rastrear (contactos estrechos)-aislar”. Es la estrategia indiscutida para cortar el aumento geométrico de contagios, considerando que el 80% de las personas transitan la infección sin (o con leves) síntomas, pero contagian a otros.

Hay que viajar al inicio de la segunda mitad de 2020 y recuperar esta sensación: cómo pasamos (en especial en el AMBA) de profesar orgullo por los pocos casos de Covid (fundado, creíamos, en el cumplimiento de la cuarentena. Las calles sin autos; las veredas, desoladoras…) a comprender que los contagios proliferaban silenciosamente.

Casi no se buscaban contactos estrechos y se testeaba muy poco. Íbamos por un sendero distinto de los países que mejor enfrentaban la pandemia. Aguardábamos pasivamente el mítico “pico”. Las consecuencias se vieron después.

Entre agosto y octubre era claro: había 6 a 8 veces más infectados que los diagnosticados. La “positividad” (el indicador que resulta de los tests positivos sobre el total de diagnósticos realizados) llegó al 60%, holgadamente más que el 10% recomendado por la OMS.

Luego, un informe de Clarín alertó que la falta de personal (epidemiólogos, básicamente) en centros de salud de todo el país había provocado un aumento ficticio de la positividad, más allá de que de por sí era alta. La clave: no se cargaban muchos de los resultados negativos obtenidos en los tests del operativo Detectar.

De las voces de la pandemia en Argentina sobresale la de Eduardo López, jefe del Departamento de Medicina del Hospital de Niños “Ricardo Gutiérrez” y uno de los pocos asesores del Gobierno que, a diferencia de varios de sus colegas, parece seguir conservando ese status.

En su opinión, “la cuarentena adelantada es un dato a destacar porque se evitó le colapso del sistema de salud. Quién sabe lo que hubiera pasado. Además, casi no teníamos centros de diagnóstico (N. de la R.: hasta abril, cuando comenzó la descentralización del Instituto Malbrán). Tener abierto un país sin capacidad diagnóstica hubiera sido una catástrofe”.

Sin embargo, “se cerraron las fronteras muy tardíamente. Había que recibir a los argentinos que estaban afuera y aislarlos, pero deberíamos haber cancelado los vuelos antes. En segundo lugar, se testeó muy poco”.

“El plan Detectar fue bastante tardío. En CABA fue un éxito en los barrios populares, pero se tendría que haber implementado con más fuerza, para identificar muchos más convivientes y contactos estrechos de los diagnosticados positivos”, apuntó.

¿Habría menos fallecidos hoy? Por lo pronto, el ranking de Worldometers de los países según sus tests por millón de habitantes ubica a la Argentina en el puesto número 32. Ni muy bien ni muy mal. Es un dato para mirar de cerca en las próximas semanas.
Escuelas cerradas

Cada vez son más los pediatras e infectólogos (y la propia Sociedad Argentina de Pediatría) que se convencen de que, o las escuelas cerraron demasiado pronto en Argentina o deberían haber abierto en los márgenes de los picos de contagios en las distintas provincias. La rigidez de la cuarentena fue central para evitar lo peor, pero faltó sintonía fina.

Chicos de hogares de bajos recursos desplazados de un sistema que les exigió lo imposible: buena conectividad a Internet para participar de las clases y sociabilizar con sus compañeros, buenos dispositivos móviles y, en muchos casos, poder imprimir o viajar hasta la fotocopiadora aledaña a la escuela para conseguir los materiales.

Las exigencias acentuaron la brecha educativa. Aunque las autoridades buscaron aplacar esas inequidades, las medidas tuvieron distintos grados de eficacia en las muchas escuelas de gestión pública.

En las privadas, el mayor inconveniente reportado por las familias fue un “exceso” que nadie pareció calcular a la medida de los chicos. Una demanda al borde del absurdo para chicos encerrados (incluso de jardín de infantes), en cuanto a la cantidad de horas de zoom y pilas de deberes, como si hubiera gobernado, en lugar de un criterio pedagógico, eso de “mejor que sobre a que falte”. A la vez, en muchas escuelas públicas, la ecuación fue exactamente inversa.
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Clarín habló con Renato Stein, director de Fundación Infant en Brasil, pediatra neumonólogo, profesor de la Pontificia Universidad Católica de Puerto Alegre y experto en enfermedades respiratorias. Recordó que “ningún Gobierno estaba preparado para esto. Además, inicialmente no se sabía qué iba a pasar con los chicos, que eran considerados ‘vectores’ del virus”.

“Hoy tenemos casi la certeza de que no son vectores importantes. En donde se abrieron escuelas, no aumentaron los casos de adultos, salvo situaciones en las que las hay distintas variables involucradas”, tranquilizó.

Eduardo López reconoció el mal paso que se dio a nivel local: “Es cierto que tardamos un poco en abrir las escuelas, sin contar que podrían haberse cerrado dos meses más tarde. Claro que hubo que consensuar con los distintos grupos que manejan la enseñanza… llámense gremios. No fue sencillo. Pero en el ámbito metropolitano, desde octubre podrían haber abierto en modalidad semi presencial”.

López fue enfático: “La OMS se equivocó al sugerir el cierre de las escuelas. Más que un error, es una lección aprendida. Aprendimos que las escuelas son un reflejo de lo que pasa en la sociedad y uno no tiene por qué cerrarlas si no hay un aumento muy notable en el número de contagios”.
Federalización apresurada

El reconocimiento de que Argentina transitaba “dos realidades epidemiológicas” quedó asentado en el decreto 520 del 7 de junio de 2020, tras 70 días de cuarentena estricta en todo el territorio nacional.

Entonces, 23 provincias (todas menos CABA) pasaron de ASPO a DISPO: 18 en todo su territorio y 5 en forma parcial.

El decreto argumentaba que teníamos una de las tasas más bajas de contagios y mortalidad de la región. Era cierto, aunque la historia tal vez diga otra cosa el día en que se analicen a fondo otras variables igualmente importantes: la mencionada invisibilización de contagiados (producto de los escasos testeos) y las demoras en las cargas de fallecidos por Covid, dos temas “ruidosos” en muchos países.

El reconocimiento de dos escenarios epidemiológicos fue una medida acertada, pero demasiado tardía: más de dos meses con todas las actividades sociales y económicas congeladas, cuando la mayoría de los contagios ocurrían en el ámbito metropolitano.

Vuelve, entonces, el asunto de la “sintonía fina”, tomando las palabras del diputado Pablo Yedlin, presidente de la Comisión de Salud de Diputados: “Con el diario del lunes, un error fue cuándo fuimos saliendo del ASPO en las distintas localidades. El tema estuvo demasiado centralizado. Había muchos casos en el AMBA y todas las provincias de Argentina seguíamos en cuarentena estricta, sin casos. Se podría marcar la necesidad de haber aplicado una sintonía fina por jurisdicción. No la tuvimos”.

¿Las consecuencias? “Cuando por fin llegaron los casos llevábamos muchas semanas encerrados y eso jugó en contra de la posibilidad de sostener la cuarentena”, reconoció.

Era septiembre-octubre. “En el interior subían los contagios y en CABA bajaban. Pero como todo el país ve los mismos medios de comunicación (en Tucumán vemos qué accidentes hubo en puente La Noria…), la gente en las provincias quería hacer lo que se hacía en Capital: relajarse”, analizó.

El desgaste de una cuarentena demasiado larga puso sobre el tapete una palabra repetida a comienzos de noviembre, cuando el AMBA, luego de 232 días, pasó de ASPO a DISPO. El término fue “sinceramiento”. El Gobierno ponía por escrito lo que ya pasaba en las calles. La cuarentena flexibilizada “de hecho”.
Politización y grieta

La politización de la cuarentena en Argentina, es decir, cómo la grieta política atravesó el debate nacional del Covid en los meses más duros, no tuvo desperdicio. A la vez, fue de una esterilidad mayúscula. Nada productivo (ni menos infectados, ni menos muertos…) salió de los reclamos nihilistas de los “anticuarentena”, ni de los fanáticos de la gestión oficial de la pandemia, como si en algún punto hubiera sido intachable.

Son inolvidables (y también fueron inútiles) las tensiones generadas con países como Suecia, ejemplo citado por el Presidente Alberto Fernández para abonar una retórica hiperbólica de la gestión nacional del Covid.

A los ojos de los más críticos, las distorsiones causadas por la puja política se llevaron el esfuerzo que las autoridades debieron haber puesto en la comunicación de la pandemia a la población.

En este punto, Yedlin recordó que “hubo una primera etapa en que el Presidente iba informando las nuevas medidas, con presencia del Jefe de Gobierno de la Ciudad (Horacio Rodríguez Larreta) y el Gobernador de la Provincia de Buenos Aires (Axel Kicillof). En ese momento, la comunicación era bastante buena”.

Sin embargo, “después empezó a tener ruidos y se generaron problemas”.

“Hay que recordar que en ese momento los argentinos coincidíamos en las medidas que se tomaban. A partir de que la oposición comenzó a criticar diciendo que teníamos la cuarentena más larga del mundo, la comunicación empezó a fallar. No se logró sostener el discurso frente a la otra cuestión”, admitió Yedlin.

En definitiva, “cuando la cosa se empieza a agrietar, pierde. Podríamos haber sido más profundos”. De acá en más “es central seguir sin agrietarnos. Es un año electoral, pero hay que evitar poner la discusión política en el medio”.
Falta de concientización

Eduardo López observó otros errores en la gestión del Covid: “La comunicación no fue consistente a través del tiempo. Faltó un mensaje dirigido, por grupos. Se informó en general, pero no se hizo una comunicación, por ejemplo, a los adolescentes, que empezaron a tener un rol desde octubre, cuando autoflexibilizaron la cuarentena”.

En esto, se lamentó, seguimos igual: “No tenemos una comunicación sobre la importancia de la distancia y el buen uso barbijo, que se usa de modo muy irregular”.

¿Una mirada desde afuera? Clarín habló con una eminencia en el estudio de los “aerosoles”, las partículas que emitimos (y quedan flotando en el aire) cuando hablamos o respiramos, responsables de la mayor parte de los contagios de Covid. Es José Luis Jiménez, químico e investigador de la Universidad de Colorado, Estados Unidos.

Jiménez (como antes López) cuestionó el influyente rol en los países de la región de una Organización Mundial de la Salud “equivocada”.

“El 28 de marzo, la OMS dijo que afirmar que el coronavirus se transmitía por el aire era ‘desinformar’. Fue un error científico comparable a cuando la Iglesia encerró a Galileo por decir que la Tierra giraba alrededor del Sol”, ironizó.

“La pandemia se expandió por eso. La gente invierte esfuerzos en limpiar superficies porque no nos dijeron cómo se transmite el virus realmente. El número de reproducción del Covid, el R0, indica que una persona contagia a otras dos o tres, y no a 15 como el sarampión. No era tan difícil bajar los contagios. ¿Por qué no pudimos? Porque no nos dijeron cómo se contagia el coronavirus”.
Cuarentena II

Tanto el Gobierno como los expertos consultados dieron por sentada otra cuarentena, en un contexto de falta de vacunas. Pero, ¿dejaron un aprendizaje los errores cometidos en el primer confinamiento?

Yedlin cree que sí, y dio dos pistas de cómo será la nueva etapa para enfrentar la segunda ola de contagios: “Seguramente no sea una cuarentena general ni de la misma intensidad en todos lados”.

En otras palabras, no será una cuarentena sino varias. La premisa es otra: si el primer confinamiento tuvo por objetivo cubrir nuestra incertidumbre espacio temporal sobre la circulación del coronavirus (o sea, se adoptaron medidas “de máxima” tendientes a combatir un virus omnipresente), la intención ahora sería ajustar la estrategia hilando más fino.

A nivel espacial, mirando las distintas realidades epidemiológicas de las jurisdicciones. Por eso López habló de la necesidad de manejar “cuarentenas selectivas, focalizadas por jurisdicción, no extendidas a todo el país”.

En el plano temporal, se habla de confinamientos medidos, acotados. López cree que deberían hacerse por “períodos cortos, de no más de 10 o 15 días”.

Nada de esto funcionará si no se cuidan las fronteras y se acelera la vacunación, apuntó: “Los ingresos al país deberían minimizarse. Y además de que los llegados presenten una PCR, se debe controlar que cumplan estricta cuarentena. A la vez, el Gobierno tiene la obligación de hablar con Janssen, con Cansino… sumar más vacunas para aumentar la inmunización”.

“El mundo tiene dos opciones: vacunación o cuarentena”, sintetizó Renato Stein antes de pronosticar días “caóticos”, con la llegada del invierno y la potencial circulación de otros virus, en especial entre los chicos.

“El año pasado no tuvimos ni el sincicial respiratorio (causante de la bronquiolitis) ni resfrío o gripes. Pero ahora los chicos están en la escuela. Aunque los elementos de protección bajarán los contagios de esos patógenos, vamos a convivir con un abre y cierra de escuelas, por las falsas alarmas que se van a generar”, advirtió.

Por fin, Jiménez cerró con un mensaje esencial: “Confinar funciona, pero es admitir que las medidas que hacemos para tener una vida más normal fallaron. Antes de otra cuarentena, hay que cambiar las medidas. Dejar de invertir tiempo y dinero en desinfectantes y enfocar el esfuerzo en el cuidado del aire. Este virus lo respiramos. Lo primero que hay que hacer es explicárselo a la población”.

PS
Origen:CLARIN

Un pensamiento en “Cuarentena: seis errores, un acierto y cómo será el aislamiento que viene con la segunda ola

  1. Los integrantes del narcisista paranoico poder global, en el transcurso de un año, en este proceso genocida programado iniciado en marzo de 2020, han destruido irreversiblemente la estructura social iniciada en la revolución industrial.
    En este proceso genocida estamos agonizando desde marzo de 2020 y así con el poder total y científico los integrantes del narcisista paranoico poder global, se han asegurado en este proceso de exterminio planetario, que ya, carecemos de existencia, al habernos transformado en una mera masa orgánica, que se irá diluyendo. No existe salida.
    Osvaldo Buscaya
    Psicoanalítico (Freud)

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