No te atormentes, Matías, no sos un privilegiado

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En 1994 los televidentes de TyC Sports lo vieron por primera vez. Era un notero más, hambre de gol, entusiasmo, garra.

De allí en adelante la carrera de Matías Martin despegó hasta convertirse en lo que es hoy, un referente ineludible de la radiofonía, figura reconocida de los medios y toda la fama que viene adosada a esas circunstancias. Si alguien dice la frase “¿de qué lado estás, chabón?” se piensa en el muchacho que más de uno quisiera tener de amigo, la cara que las marcas eligen por confiable y vendedora.

Con tantos años de trabajo público, después de haber conducido programas en los cinco canales de televisión abierta de Buenos Aires, después de más de 20 años como conductor líder de la radiofonía nacional, con 3 Martín Fierro ganados y seis nominaciones, no parece que tenga que explicar a nadie qué hace con su dinero.

Todo el país vio cómo se lo ganó y todo el que quiso pudo disfrutar gratis del trabajo de Matías Martin.

Su éxito, basado en que lo que ofrece es lo que el público quiere, tiene los mismos condimentos que el suceso o fracaso de todos: un contexto que puede ayudar o todo lo contrario; un talento natural para la tarea elegida, que puede venir de fábrica o no, de manera totalmente arbitraria; un esfuerzo personal, que es imperativo absoluto y un toque de suerte, que es tan injusto como tiránico.

Matías Martin tuvo todo eso y ahora está en Miami con su familia aplicándose una vacuna que es esquiva en Argentina.

Sin embargo, abrió su programa de radio el miércoles pasado hablando de lo atormentado que se sentía por ser un privilegiado que podía dar ese paso que salva vidas y al que tantos argentinos no están en condiciones de acceder por las causas que todos conocemos.

Le atormenta el uso de lo que considera un privilegio.

Es hijo del pecado original: contexto, esfuerzo, talento y suerte. Nació hombre, blanco y heterosexual. Para colmo, rubio y de ojos celestes.

Un verdadero pecado en los tiempos que corren en los que la política se convirtió en religión.

La religión te castiga por ser fruto del pecado original: papi y mami hicieron la chanchada, eso produce una culpa vaya uno a saber por qué y más abusivo aún, esa culpa es tuya.

Si tu mamá sólo hubiera recibido una paloma que le anunciase tu llegada, otro sería el cantar.

Pero no.

Papi y mami hicieron la porquería y hay que bautizarte para sacarte ese pecado original.

Con el bautismo pasás a pertenecer y así te liberás de aquél pecado.

En la sociedad contemporánea está pasando lo mismo: sos culpable de ser hombre, blanco, heterosexual y haber nacido en una casa con las necesidades básicas satisfechas. Es cierto, no hiciste nada para que eso ocurra pero igual, por las dudas, pagarás con culpa. ¿Cómo se te ocurre nacer así, habiendo tanta gente que no tiene esa posibilidad?

Es mucho más sensato pensar que uno no es responsable de lo que trae de fábrica y sí lo es de lo que hace con eso con lo que fue bendecido o castigado. Que se puede ser hombre blanco heterosexual y buena persona tanto como negra, lesbiana y mala mina.

Importa lo que hacés, no lo que sos.

Pero esto es de lo más incorrecto políticamente que se pueda expresar. Ni yo que soy homosexual, o sea, que nací con 3 de 4, puedo decirlo.

¿Y si Matías Martin no fuese un privilegiado?

Al contrario de lo que parecería ser sentido común, considerar la posibilidad de vacunarse como un privilegio es todo lo contrario de ser solidario, pienso humildemente.

Es “y bueh, qué va’cer, me tocó el privilegio, lo uso”.

Y no.

¿Y si pensamos que Matute tiene esa posibilidad como premio a su esfuerzo, a su formación, a su talento natural?

Si lo viéramos así, todos tendrían en principio la posibilidad de conseguir el ansiado pasaporte a la vacuna. O a cualquier otro anhelo. Me dirán: “Pícaro, te estás olvidando a propósito de la suerte y del contexto, que no dependen para nada de cada uno, ése es el privilegio”.

No, y ése es el tema.

Si lo nombramos como privilegios, las cosas están dadas y lo único que puede hacer el privilegiado es la mirada condescendiente; el paquete de ropa usada cuando te tocan el timbre; el suspiro lastimoso ante el que pasa la noche en la calle; es “tengo privilegio, no lo voy a desaprovechar”.

Los privilegios son situaciones personales que se mantienen a cal y canto –así atormenten tanto que hacen “casi” imposible disfrutarlos- y quien lo posee jamás aceptará desprenderse de él. Quizás cada tanto derramará un paquete de polenta y “esas cosas que comen los pobres” como decía la inolvidable Susanita de Mafalda.

Una sociedad de privilegiados es una sociedad inamovible, a menos que el privilegiado sea tan magnánimo como para desprenderse de su gracia libremente y sin condiciones.

Quien tiene el privilegio no lo suelta, aunque lo atormente.

Quien maneja el Estado tiene todos los privilegios ¿por qué lucharía contra sus propias prerrogativas?

Pensar como privilegio lo que debería ser norma, abre algunas otras puertas riesgosas.

Por ejemplo, que quien manda –quien detenta el poder, sentado en sus privilegios- decida, para tranquilizar su conciencia y mostrar su alma buena, que las circunstancias de los demás son privilegios injustos y no recompensas razonables ante el riesgo y el trabajo y entonces ¡pumba! los elimine: y así sí, todos iguales. Mediocres pero iguales

No es tan raro.

Acaba de ocurrir en Santa Fe. La ministra de educación Adriana Cantero decidió que en la provincia “la educación virtual sólo es posible sostener con un grupo mínimo, ya que la inmensa mayoría de nuestra población escolar carece de conectividad, por lo tanto, dar continuidad con esos recursos, implicaría la posibilidad de unos pocos”.

Que vos estudies virtualmente y otros no, no quiere decir que el Estado esté fallando, quiere decir que vos tenés un privilegio, entonces ¡basta de privilegio!

Siguiendo este razonamiento, Santa Fe no tendrá clases en toda la semana porque: “La educación en la distancia presupone una amplia serie de actividades y dispositivos que exceden lo virtual, tales como la entrega de materiales impresos, la orientación focalizada de pequeños grupos de alumnos, tutorías, y consultas, en una frecuencia reducida. Esto supone igual, aunque administrada y acotada, circulación de personas. Que es lo que se pretende evitar”.

Normalizamos tanto “los privilegios” que se convirtió en uno ir a la escuela.

En cambio, si poder cumplir deseos propios es visto como un premio al talento y al esfuerzo -¡Atrás, Satanás!¡Estás hablando de Meritocracia!- eso incentivaría la voluntad, ayudaría al carácter: “¡Dale, pibe, vos también podés, Matute Martin era un chico al que le gustaba el fútbol y quería tener algo que ver en los medios de comunicación y hoy puede llevar a su familia a darse una vacuna que su país no da!”.

Tuvo un contexto favorable desde que nació pero además estudió.

Se esforzó.

Hizo su trabajo de tal manera que consiguió que las audiencias lo eligieran

No se lo regalaron.

No es un privilegio, es el fruto del esmero y la voluntad.

Pero claro, si es así, si hay una situación de origen mejorable, si hay un contexto que debe cambiarse es una ineludible responsabilidad del Estado que ese contexto mejore para los desfavorecidos y los ponga en igualdad de condiciones.

Si de verdad queremos que todos vivamos mejor, “clases para todos” es preferible a “clases para nadie”. Que siempre será “clases para los que puedan pagarlas”. Como el viaje a Miami a conseguir vacunas.

No hace falta eliminar “privilegios” –cosa que nunca ocurrirá- sino, mucho más deseable y progresista, es crear condiciones mejores para los más desfavorecidos.

No te atormentes, Matute, por ir a Miami y vacunarte.

Menos aún por decirlo.

Quienes deberán estar atormentados –y así lo será, tarde o temprano- son quienes debieron haber aceptado las 13.300.000 dosis que Pfizer le ofreció al país y que podrían haber llegado desde diciembre del año pasado.

Quienes deberán estar atormentados –y así lo será, tarde o temprano- son quienes teniendo la posibilidad de contratar 45.000.000 de dosis del Fondo Covax de la Organización Mundial de la Salud, (2 dosis para 22.500.000) sólo contrataron el mínimo posible 9.000.000 (2 dosis para 4.500.000)

Ellos tenían la obligación de que vacunarse para los argentinos no fuera visto como un privilegio sino como lo que es, un derecho, pero privatizaron la vacunación y sólo quienes tienen dinero viajan a conseguir lo que el Estado argentino no provee.

Ellos tenían la obligación de que vacunarse para los argentinos no fuera visto como un privilegio sino como lo que es, un derecho, pero se la repartieron entre ellos, se la dieron al cocinero, al ladrón, a su mujer y a su amante.

Vacunados VIP.

Quizás le ocurra a Matías Martin–no lo sé, presumo a la distancia y más basado en prejuicio que en conocimiento- lo que nos ocurrió a muchos de nuestra generación.

Al menos a mí me pasó y como soy una de las personas que más conozco, hablaré de mí, que siempre es un tema apasionante. Al menos para mí.

Muchos argentinos de clase media, hijos de buena gente, nietos del esfuerzo, hermanos de la justicia y amantes de la libertad, crecimos en ambientes progresistas y dimos por sentadas algunas verdades que incorporamos sin volver a analizarlas. Con nuestros amigos desconfiamos del mercado sin saber qué cosa es; odiamos a Estados Unidos por las dudas; nunca se nos ocurrió que China era un imperio; creímos que Eva dio el voto femenino; que el campo argentino son 300 garcas; y unos cuantos axiomas más que no quisimos y no pudimos repasar.
Nos quedamos con la imagen de las Madres de la Plaza peleando contra una dictadura sangrienta y pasamos por alto -por comodidad o lo que fuera- los curros de “Sueños Compartidos”.

Pensamos en los sindicatos como los defensores de los derechos de los trabajadores, recordando a Agustín Tosco y obviamos a estos gordos millonarios mucho más millonarios que los empresarios con los que tratan.

Para que quede claro mi nivel de enganche con el progresismo, Matías, fui a una marcha del Orgullo Gay en 1998 con una remera del Che Guevara. Como en mi círculo era imposible cuestionar a Cuba, nadie me había dicho que el Che fue responsable de uno de los pocos campos de concentración para gays que hubo en la historia de la humanidad, algo que lo iguala con Hitler, el único otro líder que nos metió en campos de concentración.

Que hoy la diversidad sexual sea una realidad en occidente capitalista y una utopía en gran parte de oriente, era un detalle. “Gays por Irán es como decir Judíos por Auschwitz” tuiteó el siempre eficaz humorista Erlich.

Crecimos en el closet donde nos leían a Galeano y nos cantaba Silvio Rodríguez. Hasta que en un acto de absoluta irresponsabilidad hubiera perdido el único unicornio azul que había, nos parecía una genialidad.

Sì, ya cantamos aquello de “otro hierro caliente se quebró en Nicaragua/con que el águila daba/ su señal a la gente”. Pero hoy el país del águila sigue siendo una democracia que respeta las libertades y nadie va a vacunarse a Nicaragua.

Fue doloroso, Matías, pero hubo que salir del closet.

En mi caso, salir del closet de la sexualidad fue bastante fácil dentro de la burbuja progre.

Ahora bien, salir del closet ideológico y decir que ya no confiás en los postulados progresistas, esa sí que es jodida.

Hay amigos de toda la vida que dejarán de serlo (en mi caso, algunos viejos conocidos hoy me tratan de “boludo” en el mejor de los casos; en el peor, de “hijo de puta”); es el fin de la inocencia y el comienzo de la aventura de pensarlo todo otra vez

Pero tanto en uno como en otro closet, hay un momento en que la salida es inevitable.

Ya está.

Ya sabés todos los argumentos.

Ya te dijeron lo que está bien y lo que está mal.

Sólo te queda el paso del reconocimiento personal. El ¿quién soy?, ¿qué defiendo?, ¿por qué?

¿Puedo seguir siendo una buena persona si creo que dentro de la democracia capitalista es donde el ser humano desarrolla mejor sus potencialidades?

¿Defender la libertad individual, me hace un mal tipo?

¿Reconocer que Cuba convirtió a sus habitantes en esclavos miserables, me defenestra como ser solidario?
¿Sacar para siempre de mi pensamiento eso de que “dichosos los pobres porque de ellos es el reino de los cielos”, me ubica en categoría de villano?

¿Soy un bribón porque creo en premios y castigos?

¿Si no creo que Estados Unidos sea el responsable de todas nuestras desgracias, soy un indecente?
Quiero eliminar la pobreza, no la riqueza ¿es una ignominia?

¿El unicornio, se perdió o lo escondieron?

Pienso que combatiendo la desigualdad y no la pobreza terminamos todos pobres ¿qué castigo merezco por eso?
Mi amigo, el consultor Guillermo Raffo, me dijo una vez que “reconocer que te equivocaste, que las cuestiones que diste por sabidas, ya no te identifican, es totalmente liberador”.

Y agrego “necesario”, si uno quiere crecer y salir de una vez del centro de estudiantes.

Reconocer errores, ése es un acto de libertad.

Pensar todo de nuevo.

No, Matías, no te atormentes.

Pensar que triunfar con armas nobles como las que usaste en tu carrera es un privilegio, lleva inexorablemente a elogiar el fracaso.

Y una sociedad que aplaude el fracaso, lo merece.

Vacunarse legalmente -de la manera en que uno consiga hacerlo- no es un privilegio.

Es un derecho que el gobierno está desconociendo.

Somos argentinos tratando de sobrevivir al caos, la desorganización y el curro de unos cuantos tipos todos vacunados.

Ellos sí, son los únicos privilegiados.

Origen: elsol.com.ar

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