El verdadero final de Anastasia

El cine nos ha presentado una imagen edulcorada de la historia de Anastasia, la última princesa del zarismo ruso. La realidad es que fue aniquilada por el comunismo.


Anastasia no tuvo un final de cuento: fue aniquilada por el comunismo

En 1997 los estudios de 20th Century Fox estrenaron su primera película de animación, Anastasia. Un film que ofrecía una endulzada historia sobre la caída de los zares en Rusia y un final alternativo para la pequeña de los Romanov. Curiosamente no sería hasta el año siguiente, cuando los restos de la familia imperial, pudieran descansar definitivamente en la catedral de San Pedro y San Pablo en San Petersburgo, junto los demás zares de Rusia, aunque no lo harían al completo. Anastasia y el pequeño zarévich Alexei, seguían desaparecidos desde marzo de 1917. ¿Era entonces cierta la historia de la Gran Duquesa que escapó a la furia de unas masas enardecidas por la ambición de un solo hombre? Comencemos por el principio.

Eran unos tiempos convulsos para Rusia, cuando aún combatiendo en la primera Guerra Mundial, el zar tuvo que volver del frente para intentar pacificar la que pasaría a la historia como “La Revolución de Febrero” (de marzo, para quienes usamos el calendario gregoriano). Su pueblo, descontento con las guerras, hambrunas y la mala gestión del país por parte de la zarina regente, pedía a gritos un cambio radical en el sistema de gobierno. Y así se hizo. Nicolás II abdicaría renunciando a sus derechos dinásticos y a los de su hijo Alexei, para quién no deseaba una corona tan pesada y poco deseada como la que tuvo que asumir él. Pero el siguiente en la línea sucesoria no llegaría al trono antes de que se constituyera el primer Gobierno provisional de la revolución, y el zar terminara detenido junto a toda la familia real nada más llegar a Palacio.

El Sóviet de Petrogrado dictaminó que los Romanov debían abandonar la capital, pero no el país, por lo que estuvieron viajando sin un destino fijo hasta que el primer ministro Kérenski decidió involucrarse personalmente en el asunto. Éste revolucionario republicano, de corte moderado, deseaba el fin de los privilegios aristocráticos pero no veía la necesidad de acudir al crimen para ello. Por este motivo envió a la familia imperial a Siberia, a una región pro-monárquica, donde sin poder huir al extranjero, estarían a salvo de los sectores más radicales de la revolución, mientras decidían cuál era el mejor destino para todos.

Con la Revolución de octubre y la llegada de los bolcheviques al poder, Kérenski tuvo que huir de Rusia, y con él desapareció la última esperanza de los Romanov. Se iniciaron entonces varios cambios de morada para esta numerosa familia, separando al matrimonio real de sus cinco herederos, para mantenerlos más dóciles y cooperadores, según cuentan las crónicas, hasta llegar en abril de 1918 al que sería su último alojamiento, la casa Ipátiev, o más conocida como “la casa del propósito especial”. Situada en Ekaterimburgo, ciudad fronteriza de un país que, recordemos, seguía en guerra, la casa estaba vigilada por la Cheka local, con hombres de confianza del mismísimo Lenin, quienes venían a sustituir a la guardia que hasta la fecha había velado por la seguridad de la familia imperial, con una deferencia que no gustaba nada a las altas esferas que ahora regían el país.

Fue en la mañana del 16 de julio de 1918, cuando las sospechas de un ataque a la ciudad, por parte de las legiones checoslovacas, movieron al responsable de la Cheka a solicitar una pronta decisión sobre el futuro de los Romanov, al propio Lenin. La respuesta de Moscú llegaría ese mismo día, y su aplicación, de madrugada. En la medianoche del 17 de julio el zar y su familia, fueron llevados al sótano de la casa Ipátiev, con el pretexto de realizarles unas fotografías antes de un nuevo cambio de residencia. Nicolás II, con el pequeño Alexei sentado en sus rodillas, la emperatriz Alejandra a su espalda, sus cuatro hijas a los lados, el médico real, la camarera de la emperatriz, el cocinero y otro criado de la familia, fueron asesinados allí mismo, con disparos a bocajarro, para asegurar el éxito de la operación. Los cadáveres serían tirados a un bosque próximo varios días después, y finalmente trasladados a unas minas donde serían quemados con ácido, para evitar que la noticia trascendiera en aquellos decisivos momentos para la que no tardaría mucho en llamarse Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

Fue un secreto a voces el final de la dinastía de los Romanov, pero el hermetismo de la URSS impidió que la verdad saliera a la luz hasta la caída del muro del Berlín, cuando los historiadores que descubrieron la tumba de la familia imperial – allá por 1979 – pudieron hacerlo público por fin. No obstante, aún tardarían por llegar los mayores interrogantes del aquel magnicidio, cuando al analizarse los cadáveres y comparar sus ADN con los de familiares próximos a los Romanov, se detectaría que ni Anastasia ni el pequeño Alexei se encontraban con el resto de la familia. Sus cuerpos no estaban allí.

Todas las teorías sobre posibles supervivientes a la casa del propósito especial volvieron a la palestra, décadas después de haberse descartado a la última “candidata” a Anastasia Romanov. Fue entonces cuando 20th Century Fox encontró un interesante filón para abrirse en el mundo de la animación, creando una película donde darían a la pequeña Duquesa, un halo de esperanza, señalando al afamado Rasputín como único culpable de sus desgracias, y no a la Rusia comunista, con quien Estados Unidos mantenía en aquel entonces una tensa relación.

¿Tuvo algo que ver Rasputín con todo esto? Quizás algo, pero no mucho. Este carismático “monje”, con dotes extraordinarios para la persuasión y la predicción, entró en Palacio por recomendación una amiga de la zarina, para intentar sanar a su único hijo varón, el zarevich Alexei, quien padecía de hemofilia, dolencia que por motivos políticos se había ocultado a la ciudadanía, al poner en peligro la continuidad de la dinastía. Rasputín supo encandilar al pequeño y apaciguar sus síntomas, por lo que no tardaría en ganarse la admiración de la zarina y la tolerancia del zar, aunque no desde luego el aprecio del pueblo ruso, quién conocía de sobra sus excesos y extraños apetitos sexuales. Con Nicolás II en el frente, y Alejandra de regente, Rasputín se convirtió en el principal consejero de la emperatriz de Rusia, situación que no hizo sino caldear unos ánimo que ya de por sí venían siendo preocupantes. Su asesinato meses antes de la Revolución de febrero, no sería más que una prueba, de que ésta hubiera tenido lugar, con o sin él en el poder.

Para desgracia de todos aquellos que nos criamos con el sueño de un final de cuentos para la pequeña Anastasia, en 2007 aparecieron sus restos, junto con los del pequeño Alexei. La teoría de que al esconder las joyas en su corsé podría haber sobrevivido a los disparos de sus verdugos, desapareció por completo cuando en un barranco próximo al primer entierro de la familia real, aparecieron finalmente los restos de los últimos Romanov. Habían sido rematados a bayonetazos. La Anastasia con la que muchos crecimos, nunca pudo navegar por el Sena de la mano de su amado, alguien se lo impidió, y tal vez sea el momento de que nosotros también impidamos que continúen vagando en un vergonzoso río de silencio e impunidad éste y todos los crímenes del comunismo.

Alejandra Soto Moreno, abogada y formadora de formadores

Origen: actuall.com

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