Las ausencias­

­Recorrer el desolado Bajo porteño en el tramo de Paseo Colon parece reflejo del alma de una ciudad que ya no existe. Salvo la manzana ocupada por el histórico colegio Otto Krause, entre las calles México y Chile, nada queda de esa hermosa avenida que abrió el horizonte de la ciudad desde mediados del siglo XIX, y supo albergar los jardines de la casa virreinal de Santiago de Liniers (donde paradójicamente funciona hoy la Dirección de Patrimonio del gobierno autónomo), el mágico Bar Unión, el Edifico Marconetti, contando hasta la pasada centuria con maravillosos edificios embellecidos por los grandes sauces en los bulevares centrales.

La piqueta devoró esas construcciones, remplazadas por anodinas torres vidriadas y emprendimientos corporativos, que han devenido ante el avance de la peste, en trágicas siluetas vacías. Las trazas de proyectos sobrevaluados, como el Metrobús y el Paseo del Bajo, terminaron de cambiar el panorama de belleza inusual que brindó la zona. Buenos Aires tomó el rumbo de priorizar el negocio inmobiliario cuando, tras la recuperación de Puerto Madero y sus docks, se lanzaron una serie de proyectos más afines a un little Miami, en el área virgen; como si preservación e inversión fueran antagónicos.

¿Que se perdió en el camino? En ocasión de la demolición reciente de una obra histórica, dos profesionales consultados, brindaron opinión respecto de este fenómeno que se extiende por la metrópoli: “La preservación del patrimonio arquitectónico no es un capricho de los ciudadanos, es un derecho. El patrimonio cultural, la arquitectura, obras de arte, correspondencia, música, fotografías, resguarda aspectos sociales, económicos y políticos de nuestra historia. Lo que sabemos por las fotos, no lo sabremos por las cartas, ni por la música. Específicamente, perder edificios emblemáticos como Qui Si Sana, tiene un costo muy alto para la ciudad: el valor histórico de lo que se pierde es irrecuperable”.

“Esta edificación fue, hasta hace un mes, cuando comenzó a ser demolida, resguardo de una manera de ser y ocupar los espacios de clases cultas en la ciudad de Buenos Aires de principios del siglo XX. Construida en 1908, seguramente comenzó como una casaquinta, con servicios para ser residencia permanente si así se quisiera. Esta breve contextualización ya nos da un panorama de la situación urbanística de la ciudad en aquella época, siendo que el Barrio de Núñez resultaba lo suficientemente alejado y tranquilo para construir una casa dedicada al descanso”.

“Otros aspectos de la misma edificación nos aportan también particularidades de la sociedad de entonces: estaba organizada en tres niveles, más uno de servidumbre. ¿Cuál era el lugar de las clases sociales más bajas en estos ámbitos?, ¿cómo eran las habitaciones que ocupaban las personas que trabajaban para la familia? El espacio destinado a ciertas actividades nos brinda una idea muy clara del valor de la mismas. Bastan pocos aspectos edilicios para la cuenta de que se pierde mucho más que ladrillos. Nuestra historia conforma nuestra identidad, nuestro abordaje actual de la realidad, y ¿vale la pena resguardarla? Obvio, el negocio dice no importa. La razón dice que nuestra identidad vale y la estamos perdiendo”, afirma Belén González, licenciada en arte, docente e investigadora.

Por su parte el arquitecto Giancarlo Puppo remarca: “En el 2013, la ciudad de Buenos Aires decidió que el Palacio de O’Higgins 4560 dejara de ser parte de su patrimonio. En el 2017 hice un pedido de protección/declaración de bien patrimonial ciudadano. Fui atendido con soberbia y la promesa de intentar proteger el edificio. Claramente fue al canasto. Veremos pronto, en su sitio, otra caja de vidrio. Agradezco a la Comuna 13, a los arquitectos Gutiérrez, Petrina, Young, Longinotti, y muchos otros, y de modo especial a Cecilia Ferrero, legisladora y luchadora en el fallido intento de salvataje urbano, al legislador Barroetaveña, al doctor Jorge Marchini y cuantos nos apoyaron. Una ciudad se presenta por la calidad de su estructura, por su cara. Buenos Aires ha sido agredida y sigue siéndolo con el infeliz afeamiento de su rostro y con la ayuda del dinero especulativo”.­

Otras capitales, de accionar inverso, muestran orgullosas el resguardo histórico y cultural que se encuentra a la vista, y revelan una conclusión inequívoca. La sólida ausencia del mármol o la roca, es imposible de reemplazar con la oquedad de plástico y paneles, cuyo destino, teletrabajo mediante, es ahora incierto.

Despido así mis textos para esta columna, cuyo fin fue siempre, explorar la vida cotidiana sobre el asfalto gris… no sólo con el corrosivo ácido nítrico (*), sino con las suaves pinceladas del pastel.­

 

(*) Pseudónimo del periodista Norberto Firpo en sus columnas de la revista `Tía Vicenta’, en alusión a las `Aguafuertes Porteñas’ de Roberto Arlt, publicadas en el diario `El Mundo’.­

Origen: laprensa.com.ar­

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