El perro de dos cabezas: Vladímir Démijov y los trasplantes

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Iván Petróvich Pávlov, el célebre fisiólogo ruso cuyo nombre quedó íntimamente ligado con los reflejos condicionados, poco antes de morir escribió una carta abierta en los periódicos soviéticos donde instaba a continuar las investigaciones en su especialidad “hasta donde alcance el ingenio humano”. Muchos jóvenes rusos siguieron el llamado del científico y continuaron sus pasos. Uno de ellos se destacó en la cirugía experimental llevándola a un límite impensado, los trasplantes de órganos.
Vladimir Demijov nació en 1916, cuando Rusia asistía a los estertores del régimen zarista, caía vencida por las fuerzas alemanas y veía el nacimiento del comunismo. Su padre fue víctima de las luchas fratricidas que envolvieron al país. A pesar de las estrecheces, Vladimir recibió una excelente educación y desde joven encontró inspiración y modelo a su vocación siguiendo el ejemplo de Pávlov, quien había recibido el premio Nobel en 1904.
El primer trabajo de Démijov fue en una fábrica de tractores donde se desempeñó como mecánico. Esta formación entre médica e ingenieril lo llevó a crear el primer corazón artificial en 1937.  El perro que había recibido esta válvula mecánica sobrevivió dos horas, poco tiempo, pero suficiente para demostrar que esta fantasía era factible. Este logro le permitió a Vladimir continuar sus estudios en la facultad de Biología de la Universidad de Moscú donde se graduó con honores.
Estos méritos no le impidieron cumplir su misión patriótica. Primero se desempeñó como soldado en la lucha contra los nazis, aunque poco después trabajó como forense y patólogo en el frente de batalla. Por un tiempo sirvió en China cuando ésta declaró la guerra al Japón. Regresó a su hogar luciendo varias condecoraciones sobre su pecho y pudo reincorporarse a su puesto en la Universidad de Moscú, desempeñándose en el departamento de cirugía, donde comenzó a experimentar con trasplantes renales y hepáticos. Esto que hoy es rutinario, a mediados del siglo XX era una fantasía brotada de la imaginación de Mary Shelley y su creación, el Dr. Frankenstein.
Estas experiencias las hacía de noche y sin apoyo económico, restando tiempo a su familia. En un momento Démijov se deprimió y hasta pensó en suicidarse, pero se repuso gracias al apoyo de amigos y parientes y continuó con su trabajo.
Obsesionado por el cambio de órganos, llegó a trasplantar el corazón de un perro a otro. Uno de estos involuntarios participantes sobrevivió siete años con un corazón ajeno.
No solo podía cambiar el corazón sino modificar su circulación, realizando una anastomosis entre la coronaria anterior y la arteria mamaria interna. Esta técnica abrió la posibilidad de revascularizar al tejido miocárdico. Démijov fue el primero en hacer un bypass de la arteria coronaria, siendo la fuente de inspiración que culminó con la técnica de René Favaloro.
Perfeccionada su técnica de sutura vascular (iniciada 50 años antes por Alexis Carrel), Demijov se dedicó a llevar adelante uno de los experimentos más bizarros que brotaron de su ya frondosa imaginación: el trasplante de cabeza. Sí, Démijov creó un perro de dos cabezas. Su experiencia se mantuvo en secreto y para cuando fue conocida en Estados Unidos llevaba creadas tres criaturas. Con el apoyo de las autoridades soviéticas, continuó sus experimentos que confirmaron la posibilidad de “trasplantar” órganos (término que el propio Démijov generalizó). Sus técnicas le ganaron fama internacional que incluyó severas críticas por esta experiencia “carente de ética”. ¿Acaso estaba jugando a ser Dios? Entre sus nuevos admiradores se incluía un joven cirujano sudafricano quien visitó dos veces el instituto donde trabajaba el científico soviético. Era Christiaan Barnard, quien estaba especialmente interesado en los trasplantes cardíacos que por primera vez realizó en humanos en 1967.
Los logros en cirugía experimental de Démijov fueron notables, él realizó en perros el primer implante de un corazón artificial, el primer trasplante de corazón y pulmón (en 1946), el primer trasplante hepático, la anastomosis mamaria y el bypass coronario.
Murió a los 82 años, en 1998, de una aneurisma cardíaca. A más de veinte años de su muerte, la figura de este notable investigador que revolucionó al mundo de la cirugía, es más conocido por haber injertado la cabeza de un perro en otro cuerpo que por haber ideado el bypass que salvó a tanta gente o las decenas de miles de personas trasplantadas gracias a sus desarrollos. Otra de las extrañas paradojas del genio.

Origen: laprensa.com.ar

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