Perros, canes y pichichos

Me gustan los perros. Le gustaban a mi padre, que tenía uno raza perro que se llamaba Pichi Pulga. En el campo donde yo vivía los hubo de toda clase y pelaje. Un Fox Terrier llamado Jimmy, una shnauzer llamada Zafada,  un danés y una danesa llamados Piuqué y Cullén, que en araucano quieren decir Corazón y Luna, una doberman cuyo nombre no recuerdo. Mi hermano Cruz ha tenido sucesivos perros llamados siempre Piojo. Mi tío Piro tuvo varias Púa y mi tía Totti una Porota.  En casa de mi abuelo Ángel Gallardo, cuando era chico, había una perra llamada Diana, nombre tomado de la novela Viaje a la Luna de Julio Verne. Mi bisabuelo materno, el doctor Ignacio Pirovano, iba a visitar a sus pacientes acompañado por un perro llamado Bichat, cirujano francés de quien había sido discípulo. Mi primer suegro (yo enviudé y me casé de nuevo) tenía una collie llamada Tacuara. Y mi hija María Eugenia tiene una salchicha llamada Frida.

En cuanto a mí, son muchos los perros que han pasado por casa. Quizá el más destacado haya sido un ovejero alemán llamado Tango. Un gran danés negro que se llamaba Walke. Un presunto Fox Terrier llamado Espósito porque lo recogimos en la calle, que duró poco en casa. Y un salchicha cuyo nombre fue evolucionado: empezó llamándose Peter, que se transformó en Pederzoli, para concluir en Pereyra. Un amigo mío cuyo apellido materno es Pereyra Iraola me dijo: Quisiera tener un perro para ponerle Pirovano. Que es mi apellido materno.

Nuestros últimos perros fueron de raza waimaraner, es decir bracos descendientes de los grises de San Luis. El primero de ellos fue Kaiser, que se murió aparentemente envenenado y el que tenemos actualmente, llamado Otto. A Kaiser le dediqué el soneto que sigue:

 

Tuvimos un perro de ojos amarillos,

de pelaje gris, cortito y brillante,

dos palmos de rabo, muy blancos colmillos,

se llamaba Kaiser, nombre biensonante.

 

Vivía pendiente de nosotros dos,

y era su delicia salir a pasear,

tensa la correa, sus amos en pos,

camino adelante sin dejar de husmear.

 

Ayer se murió, casi de repente,

no nos consolamos de haberlo perdido

y echamos de menos su amistad ausente.

 

Pienso que habrá un cielo medio parecido

a la casa nuestra, con jardín enfrente

que le dé cobijo a un perro querido.

 

Entre los primeros libros que leí estuvo Beau Geste y alli se relata que a uno de los Geste se le hizo un entierro viking que sus hermanos le habían prometido. Ese entierro requiere que se ponga un perro muerto a los pies del finado. Pero, como se carecía de él, pusieron a sus pies el cadáver del sargento Lejaune, que era un perro.

Y aquí quiero señalar una incongruencia que siempre me llamó la atención. Se dice que el perro es el mejor amigo del hombre. Pero para definir a un sujeto perverso, se dice que es un perro. ¿En qué quedamos?

 

Origen: laprensa.com.ar

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