La obsesión de doña Ana, «carabina» de Isabel Pantoja

Inseparable de Isabel Pantoja, doña Ana estaba obsesionada con el triunfo e incluso maniobró para que se casara con un torero.

Hubo una época, la de la posguerra, en las madres de las artistas no se separaban de ellas, sus hijas. Alguien dio en llamarlas individualmente «la carabina». A primera vista no se comprende ese mote. Podríamos decir que tal arma servía para estar alerta de cualquier imprevisto. Así, las madres, naturalmente sin escopeta alguna, vigilaban que nadie se propasase con una muchacha en flor, o en edad de merecer. Eso era ayer, el pasado. Aunque ha habido madres que en tiempos más recientes han ejercido como tales, vigilantes, consejeras, acompañantes siempre de sus hijas, en ese mundo del espectáculo que se consideraba peligroso, en tiempos donde había que defender la moral, la virtud. Y algo hoy ajeno a las costumbres de la sociedad en general era corriente todavía hace medio siglo. Así ocurría con la madre de Isabel Pantoja. Ambas siempre muy unidas. De boca de la cantante, en presencia de su madre, yo escuché que era virgen y que así seguiría hasta que un hombre la llevara al altar. Que fue Francisco Rivera ‘Paquirri’ cuando la estrella de la copla contaba veintiséis años, y ya había tenido unos cuantos novios.

Ana María Martín Villegas había nacido el 22 de mayo de 1931. Hay quienes la han tenido siempre como gitana. Creo que eso no es cierto, pues quien pertenecía a la raza calé era su marido, Juan Pantoja. Se habían conocido en una compañía de variedades, como se denominaban entonces los espectáculos de folclore. Él era cantaor flamenco y ella, bailarina, que formó parte del elenco de Pepe Pinto y el de Juanita Reina. Cuando decidieron casarse, Ana se retiró del baile para dedicarse al hogar. La boda la celebraron el 30 de noviembre de 1952.

Se fueron a vivir a una modesta vivienda del barrio del Tardón, en el número 8 de la calle de Juan Díaz Solís, no muy lejos de la populosa Triana, de donde tantos artistas han surgido del flamenco y los toros. La pareja tuvo cuatro hijos, a saber: Bernardo, María Isabel (familiarmente llamada Maribel), Juan y Agustín. Con el tiempo, la niña es la que continuaría la profesión de sus progenitores, bailaora y cantante y luego, el benjamín, aunque éste se retiró pronto pues aunque reunía cualidades no llegó a triunfar como cantante. Los otros dos tendrían ocupaciones ajenas al mundo artístico. De Bernardo se conocieron algunos episodios. El más discreto siempre fue Juan.

Juan Pantoja no quería en principio que su hija Isabel fuera artista, pero la madre sí que veía con buenos ojos que la chiquilla fuera bailaora. Y de las buenas, ya que ella no había pasado de ser una del montón. De hecho, Isabel Pantoja empezó bailando y dando palmas, antes de atreverse a cantar. Con siete años, debutó en el ya desaparecido teatro San Fernando, de Sevilla, interpretando el pasodoble Soy de Triana, del maestro Naranjo. Con mucha gracia, al tiempo que bailaba con una desenvoltura impropia de una niña, que iba con calcetines. Ocurrió en un espectáculo titulado ‘Tele y Olé’, que presentaban Juanito Valderrama y Dolores Abril, en cuyo elenco iban Los Gaditanos, un trío aflamencado del que formaba parte Juan Pantoja. Allí se homenajeó a Pepe Pinto, ya al final de su carrera, la de un cantaor muy acreditado. Ana no dejó de aplaudir emocionada porque su hija Maribel había demostrado que iba para artista, como ambas querían.

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El padre, Juan Pantoja, enfermó de hepatitis. Eso menguaba la ya escasa economía de la casa. Ana, su mujer, que era hija de ‘El Lechuga’, no tuvo más remedio que recurrir a lo que éste se dedicaba en tiempos; esto es, a vender verduras en un puesto del mercado debajo del Puente de Triana. Isabel, con quince años se fue con su abuelo a Palma de Mallorca. Dos bocas menos. A cantar en un tablao de la playa del Arenal, en un grupo flamenco que lideraba su primo Antonio Cortés ‘Chiquetete’.

Al cabo de unos años, Juan Pantoja mejoró su salud. Le salió un contrato en Madrid, en El Corral de la Morería. Juan le rogó al dueño del tablao, Manuel del Rey, que le diera una oportunidad a su hija. Y lo complació, pagándole quinientas pesetas a la futura estrella Isabel Pantoja. Cuando su enfermedad se hizo de nuevo presente, el padre de Isabel le pidió al empresario que cuidara de su hija. Y así lo hizo. Muerto el padre de un tumor cerebral, Del Rey le prestó una respetable cantidad a Isabel quien con su madre dieron la entrada de un piso, pequeño, pero situado en una calle importante de Madrid, la de O´Donnell, en la que entrevisté a Isabel cuando empezaba su carrera.

La madre de Isabel, ya viuda, sólo tenía una obsesión: que su hija fuera una artista famosa. Recuerdo que a mí me decía que la tratara bien en mis reportajes. Supongo que la admonición la extendería a otros colegas. Se sentía ya contenta cuando los maestros Rafael de León y Juan Solano, que al principio no creían en ella como futura estrella, se ocuparon de aleccionarla y de componerle un repertorio propio. Es ya a partir de la segunda mitad de los años 70 cuando Isabel Pantoja había grabado tres álbumes, apareciendo en televisión, con sus mejores canciones sonando a menudo en la radio. Estaba en el camino que tanto soñaba ella y su madre. Cuando tenían suficiente dinero, pagaron la deuda, algo tarde desde luego, contraída con el propietario de El Corral de la Morería. Era 1978 cuando Isabel estrenaba su primer espectáculo, «Ahora me ha tocao a mí» en el teatro de la Comedia. Ana, su madre, permanecía cerca del escenario, con la vista puesta en los movimientos de «su Maribel». Le daba consejos constantemente.

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Doña Ana, como cualquier madre, quería lo mejor para su hija, en el sentido de que encontrara al hombre que la hiciera feliz. Y que de paso, supiera montar un hogar en condiciones, que para hambre, ya había pasado ella con su fallecido marido. No podía olvidar los tristes días vendiendo verduras. Isabel le hacía caso pero, ¿cómo encontrar un buen partido? Parece cosa de vodevil, pero me consta que a un locutor amigo mío, que organizaba unas veladas con cena y asistencia de artistas conocidos, le rogaba que la situara en la mesa donde hubiera un torero. Créanme que el dato es real. Y Pedro, mi amigo, la complacía. Mas, por lo visto, Isabel no dio con ningún matador con suficiente parné. Hasta que en su vida apareció ‘Paquirri’, después de desechar media docena de pretendientes, entre ellos un futbolista sevillano.

Fue Isabel quien quiso conocer a Francisco Rivera ‘Paquirri’. Y para no presentarse ante él por las buenas, le pidió a un reportero gráfico, Manolo Gallardo (amigo mío, desgraciadamente desde hace unos años casi ciego) que la llevara ante el matador. El encuentro fue en un hotel de Jerez de la Frontera. Flechazo al canto. Doña Ana más contenta que unas Pascuas. Lo que siguió después hasta que se casaron es de sobra conocido.

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Doña Ana, ya casada su hija con ‘Paquirri’, se instaló con el matrimonio, primero en la vivienda de ellos frente al recinto del ferial, en 1983. Y después en la finca Cantora. El torero era consciente de que se había casado «con media familia de su mujer». Porque Agustín Pantoja, el hermano menor, terminaría también formando parte del clan. Muerto ‘Paquirri’, doña Ana ya tuvo claro que se convertía en la matriarca de los Pantoja. El nacimiento de ‘Paquirrín’, luego ya conocido como Kiko, alegró las vidas de madre e hija, enlutadas un tiempo. Doña Ana ejerció de abuela y continuó viajando mientras pudo con Isabel en sus desplazamientos y galas, diciéndole todo lo que a su juicio debía hacer.

Naturalmente Isabel tenía voz propia, nunca mejor dicho, pero procuró seguirle siempre la corriente. Hasta que los años le pasaron factura a la buena señora y fue perdiendo facultades y memoria. Cuando la cantante tuvo que cumplir dos años de condena carcelaria, le evitaron a la ya anciana el suceso. Si preguntaba por ella le decían que Isabel estaba en América en una larga gira. Y después, ya en libertad, Isabel, con todos sus problemas con Kiko, las mujeres de éste, los nietos y sus líos con Hacienda, tuvo siempre como principal ocupación y deber estar el mayor tiempo posible con su madre. Que no se ha movido de Cantora en los últimos años. En octubre de 2019 sufrió un ictus. Luego, salió adelante, ya con su salud muy mermada y la memoria perdida. Hasta que le ha llegado su final. Con noventa años bien vividos, pues consiguió ver a su hija consagrada como una gran artista. Y buena hija desde luego. Vaya desde aquí nuestra condolencia.

Origen:libertaddigital.com

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