Maradona, nuestro hombre en la Habana roja

Por Abel Gilbert

Se ha hablado mucho por estos días de “off shore” y “offshoring”, de elusiones impositivas, ocultamientos y paraísos fiscales, por lo general, ubicados en una isla. El reciente caso Maradona, a partir de las revelaciones de una ex púber cubana, nos permite recuperar las mismas palabras (“elusión”, “ocultamiento” y “paraíso”) para pensar otros intercambios desiguales y otras zonas de lamentable tolerancia y formas de usar el poder. Los casi cinco años de Diego en La Habana reclaman iluminar una trama que lo excede, la de la “economía del deseo”, como la llamó la investigadora Amalia L. Cabezas; ese mundo lateral que se desarrolló en la mayor de las Antillas tras del derrumbe soviético, y del que el argentino ilustre fue activo participante. El jineterismo y sus variaciones –a veces no explícitamente tarifadas- remitían a un pasado oprobioso que, como un fantasma, era convocado en la sociedad cuando Diego aterrizó en el aeropuerto José Martí, en febrero de 2000. Maradona permaneció en el “territorio libre” por casi cinco años. Fue entonces nombrado desde el exterior para hablar de dos fantasías típicamente insulares: la roja y la sexual.

Maradona llegó a La Habana tras haber estado a un paso de la muerte en Punta del Este, como consecuencia de una sobredosis. Se sometió allí a un programa de desintoxicación en el complejo turístico de salud de La Pradera. Fidel Castro encontró en el astro caído la posibilidad de un rédito político: la isla, con su extendido sistema de salud, lo podría curar. El ex jugador se benefició de un régimen abierto y esa apertura lo llevó a fijar en muchos aspectos sus propias reglas, siempre consentidas. Así conoció, entre otras, a Mavys Álvarez, quien acaba de presentar en la ciudad de Buenos Aires una denuncia contra los adláteres de Maradona (Mariano Israelit, Guillermo Coppola, Omar Suárez y Carlos Ferro Vieira) por trata de personas. Tenía 16 años y vivía en Matanzas, la provincia de la que forman parte las playas de Varadero. Un asistente de Maradona la trajo como un botín a la “Casa 2” donde se alojaba. “Yo tenía 16 años, pero la vida me presentó esta oportunidad y la tomé. Él era un extranjero, un rico y se había fijado en mí. No podía decirle que no. Era un privilegio ser su novia”, le dijo a la televisión de Miami. Interesante eso de “privilegio”: no habla de valores o una exaltación (“es un privilegio para mí”), sino que remite a la posibilidad que tuvo de acceso a bienes hogareños en la penuria, y, también, a un estamento gerencial o usufructuario: oropeles y prebendas.

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Origen:eldiarioar.com

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