La tormentosa vida íntima de Einstein: amantes, atracción por su hijastra, el odio de un hijo y el Nobel que no fue

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El genio que puso orden en el caos del universo vivía un caos en su universo privado.

Se separó de su esposa, nunca conoció a su primera hija, fue amante de su prima, sus hijos -a quienes adoraba- estuvieron a punto de perderlo como padre y fue siempre infiel. En 1921, finalmente le otorgaron el Nobel de Física, pero no por la Teoría de la Relatividad. Y no recibió un solo centavo: el dinero del premio se lo llevó su mujer luego del divorcio

Por Alberto Amato

Armó la que armó para poner un poco de orden en el Universo. Para poner algunas cosas desperdigadas en sus estantes: aquí el tiempo, allí el espacio, allí la luz, aquí la masa y allá la energía, a ver si nos entendemos. Pero su vida fue un desorden total, caótico, desde que nació y hasta que decidió que lo dejaran morir, en 1955. Hasta el Nobel de Física de 1921 que le concedieron con retraso en 1922, hace hoy noventa y nueve años, es materia de confusión: no lo recibió Einstein hace casi un siglo. Lo aceptó por él el embajador alemán en Suecia: el premiado, Albert Einstein, estaba en Japón ante auditorios deslumbrados por su genio en el que no existían mundos orientales, ni occidentales.

Y el Nobel no le fue otorgado a Einstein por su Teoría de la Relatividad, que nadie en la Academia Sueca entendió, muchos la juzgaron inútil y casi todos creyeron imposible de demostrar: en eso tenían razón, sino por otros méritos y por un descubrimiento más simple y ordinario que usamos hoy todos los días.

Y en el momento de ganar el Nobel, el tipo que puso orden en el caos vivía un caos en su universo privado. Se había separado de su primera esposa, no tenía noticias de su primera hija, de la que jamás se supo nada, sus otros dos hijos estaban a punto de perderlo como padre de todos los días, aunque el afecto siguió a la distancia, estaba a punto de casarse con su prima, que era su amante antes del divorcio, y a la que siempre le sería muy infiel. Eso sí, Albert, allí la masa, allí la energía, aquí la luz, ahí el espacio y por aquí el tiempo, no vaya a ser cosa.

Primero, lo primero. Su Teoría de la Relatividad Especial, que una década después convirtió en Teoría de la Relatividad General, abrió el juego para una comprensión diferente del Universo, desde la Física; dio vuelta los hasta entonces rígidos conceptos de Espacio, Tiempo, Masa y Energía y dio un paso más adelante en la concepción de la Ley de Gravedad newtoniana. Tenía veintiséis años cuando armó la que armó. Lo puso todo en una fórmula sencilla: E=mc2. Quiere decir que la energía es masa multiplicada por la velocidad de la luz al cuadrado. Que se dice fácil.

Para intentar hacerlo sencillo, que no lo es, la idea del Universo de Einstein revelaba que Tiempo, Espacio, Masa, Energía y Luz eran una misma cosa. Pero, mientras los primeros cuatro elementos eran elásticos, mutables, impredecibles y caprichosos, lo único que se mantenía constante era la velocidad de la luz. Ese era el punto de partida. De ahí en más, a deducir más cosas.

Esto que Einstein expuso en 1905, se comprobó durante un eclipse en 1919 que certificó la curvatura de la luz. Y convirtió a Einstein en el chico mimado de la ciencia. Sus conceptos escapan casi a la imaginación. Einstein tenía una manera de salir del paso cuando alguien, por lo general un lego, le pedía un poquito más de luz, valga la parábola, en esos enunciados crípticos encerrados en ese símbolo hermético: E=mc2. Einstein desafiaba a su interlocutor: “¿Podría explicarme cómo se hace un huevo frito?” Ante la esperada respuesta afirmativa, igual, hacer un huevo frito no es tarea sencilla, Einstein subía la apuesta: “Bien, explíquemelo. Pero tenga en cuenta que yo no sé qué es un huevo, qué es una sartén, qué es el aceite y qué es el fuego”.

Después del eclipse de 1919, hubo un clamor científico para que Einstein recibiera el Nobel. En la Academia Sueca latían pasiones encontradas. Los miembros del jurado no sabían bien qué era un huevo, una sartén el aceite y el fuego. O sí lo sabían, no eran tontos, sólo que no hacían huevos fritos como los hacía Einstein. Como jurado figuraba Allvar Gullstrand, Nobel de Física en 1911 por sus estudios en la óptica ocular. No tenía estudios superiores en Física o Matemáticas, en eso era un autodidacta, pero era sí jurado del Nobel de Física, esas cosas pasan.

Entre 1910, antes del eclipse, y hasta 1921, después del eclipse revelador, Einstein recibió sesenta y dos nominaciones para obtener el Nobel de Física por su Teoría de la Relatividad. Nunca se lo dieron. El Comité Nobel dio sus razones para el rechazo: “Su trabajo no es suficientemente útil para la raza humana”, “Deberíamos esperar a tener evidencias medibles”, o, también “La Teoría de la Relatividad tiene más de artículo de fe que de hipótesis científica”. El rechazo se mantuvo aun cuando existían evidencias empíricas que confirmaban la teoría de Einstein.

Al final, lo que estuvo en duda fue la legitimidad del Comité Nobel de Física y en 1921 la Sección Física de la Academia Sueca de Ciencias rechazó el candidato propuesto por el Comité Nobel y propuso en su lugar a Einstein. Gullstrand, furioso, escribió dos cartas a todos los miembros de la Academia para convencerlos de que Einstein no debía ser premiado. Finalmente, la Academia pospuso su decisión y en diciembre de 1921 el Nobel quedó sin ser asignado. Einstein ganó el Nobel de Física de 1921, pero en diciembre de 1922.

Y no lo ganó por su Teoría de la Relatividad, sino por, “sus servicios a la Física Teórica y, en especial, por su descubrimiento de la ley del efecto fotoeléctrico”. ¿Qué había descubierto Einstein? Que la emisión de luz es posible gracias a emisiones mínimas de energía, bautizada luego como fotones. Y que esa energía se convierte en electrones cuando incide sobre una superficie metálica y en determinadas condiciones. A ver, que de esta sartén, con ese aceite, ese fuego y este huevo comemos todos: cada vez que nos acercamos a una puerta, atravesamos un rayo invisible de luz, y la puerta se abre “sola”, lo que hacemos en verdad es celebrar el Nobel de Física a Einstein.

Maldita la gracia que debe haberle hecho al bueno de Albert que el embajador alemán en Suecia haya ido a la Academia a aceptar el premio en su nombre. El científico había renunciado a la ciudadanía alemana para evitar el servicio militar, era un apátrida nacionalizado suizo, y en 1914 se había negado a firmar un manifiesto, que sí habían firmado otros intelectuales y científicos, en apoyo del káiser Guillermo, cercana ya la Primera Guerra Mundial.

Einstein recién pasó a recoger su Nobel por Estocolmo en julio de 1923. No recibió un solo centavo. Es decir, recibió el premio completo, pero su importe estaba ya comprometido. Era todo para su esposa, Mileva Maric, como parte del acuerdo de divorcio pactado en 1919. La mujer recibió el dinero y compró con él tres propiedades.

Mileva fue al gran amor de Einstein. Se habían conocido en 1896, ella era una matemática brillante, tres años mayor que él, serbia, feminista y de izquierda. La familia de Einstein se opuso al noviazgo, convencidos de que la mujer arruinaría la vida de Einstein y lo haría fracasar.

No hay nada que envalentone más un amor juvenil que la oposición familiar. Los enamorados recibieron juntos al siglo XX y a inicios de 1902 Mileva regresó a Serbia, embarazada. Un hijo ilegítimo, por el simple hecho de que los padres no estaban casados, era un escándalo. Es probable que Mileva haya viajado a su tierra para que allí naciera su bebé, que sería una niña. Albert le escribió a la distancia unas encendidas cartas de amor en las que le prometió ser “un buen esposo”.

La beba nació en enero de 1902. “¿Está sana? ¿Llora convenientemente? ¿Cómo son sus ojos? ¿A cuál de nosotros se parece más? ¿Quién le da la leche? ¿Tiene hambre? Debe ser completamente calva. Todavía no la conozco y la quiero tanto”, escribió Einstein a Mileva, desde Suiza. “El único problema que nos quedaría por resolver sería el de cómo tener a nuestra Lieserl con nosotros (…) No quisiera tener que renunciar a ella”. De Lieserl no se supo más nada desde septiembre de 1903.

Hay dos teorías dominantes: que fue dada en adopción a una persona del entorno familiar de Mileva, o a una de sus amigas íntimas. La otra teoría dice que le beba puede haber muerto a los dos años, atacada por la escarlatina a los dos años. La última mención que se hace de la niña es a esa edad y por esa enfermedad. Pero nunca se hallaron documentos de defunción, ni referencias comprobables a su muerte. Se la tragó la tierra y su padre jamás la conoció. Y si aún hoy existe alguna evidencia de su existir, es por las cartas que intercambiaron sus padres. La historia de Lieserl fue el secreto mejor guardado de la vida de Einstein.

Con trabajo estable en Berna y en la Oficina Federal de la Propiedad, ¿aspiraba Einstein a ser un buen funcionario?, Mileva volvió a Suiza y se casaron. En 1904, poco antes de dar a conocer su Teoría de la Relatividad, nació Hans Albert y en 1910 nació Eduard, cuando Einstein era ya un científico consagrado. La pareja no era la misma. Einstein vivía intensamente su relación con los hijos, y Mileva se sintió, o lo estaba, a la sombra de su cada vez más célebre marido.

En septiembre de 1909 le escribió a su amiga Helene Savic: “Ahora él es el mejor de los físicos y le rinden muchos honores. Con toda esa fama, tiene poco tiempo para su esposa”. Albert había valorado el rol de su esposa como científica, dijo que sin sus aportes, “no habría llegado a completar la teoría de la relatividad”.

Lo que sucedía era que Einstein tenía un amante. Era su prima, Elsa Löwenthal, también tres años mayor, una pasión que crecía a medida que se deterioraba la relación con Mileva, en especial por cierta actitud despreciativa de Einstein hacia ella. Se divorciaron en 1919, el año del eclipse que confirmó los asertos de su Teoría de la Relatividad. Parte de ese acuerdo contempló la entrega a Mileva del importe del Nobel, si Albert lo ganaba.

La peor parte del divorcio para Einstein fue separarse de sus hijos. Fue, y lo admitió así, letra por letra, mejor padre que esposo. Su hijo Hans reveló alguna vez: “Cuando mi madre estaba ocupada con la casa, mi padre dejaba de lado su trabajo y nos cuidaba durante horas, mientras nos balanceábamos sobre sus rodillas. Nos contaba historias y, a menudo, tocaba el violín en un esfuerzo por mantenernos quietos”.

Quien peor lo pasó fue Eduard. Siempre tuvo una salud frágil, a los cuatro años estuvo postrado en la cama durante siete semanas, a los siete una inflamación pulmonar lo puso en riesgo de muerte. “El estado de mi pequeño me deprime sobremanera”, escribió Einstein a un amigo. Visitó a sus hijos muy seguido, los llevaba de vacaciones y, cuando fueron mayores, los invitó a Berlín para que pasaran más tiempo con él.

La salud endeble de Eduard, que soñaba con ser psiquiatra y estaba interesado en las teorías de Sigmund Freud, hizo crisis en 1932, con el nazismo ya en ciernes en Alemania: a los veintidós años le diagnosticaron esquizofrenia. Einstein quedó devastado: “Al más refinado de mis hijos, al que realmente consideraba de mi propia naturaleza, le sobrevino una enfermedad mental incurable”, escribió tiempo después.

La amenaza de la llegada de Adolf Hitler al poder, que fue realidad en enero de 1933, obligó a Einstein a dejar Alemania y a viajar a Estados Unidos para radicarse allí, tentado por la Universidad de Princeton. Antes del viaje, visitó a Eduard en su sitio de internación. No volvieron a verse. Mantuvieron correspondencia, intensa y dramática, Eduard llegó a decirle que lo odiaba. Murió en 1965, diez años después que su padre, por un accidente cerebrovascular, en un centro psiquiátrico de Zúrich, Tenía cincuenta y cinco años.

Mileva Maric había muerto siete años antes, sola, en un hospital, arrasada por la enfermedad de su hijo Eduard, que quedó a cargo de un guardián legal, gasto que pagaba Einstein, porque tenía prohibido viajar a Estados Unidos por su condición de enfermo mental.

Hans, el hijo mayor, estudió ingeniería civil en Zúrich y emigró a Estados Unidos en 1938, cuando Europa se encaminaba a la Segunda Guerra Mundial, y trabajó en el departamento de Agricultura de Carolina del Sur. También fue profesor de ingeniería hidráulica en la Universidad de Berkeley en California. Einstein estaba orgulloso de los logros de su hijo. En una carta de 1954 elogió que hubiese heredado “la característica principal de mi propio carácter: la capacidad de elevarse por encima de la mera existencia dedicándose persistentemente a lo mejor de su capacidad para lograr una meta impersonal”.

No todas habían sido rosas entre ellos. Einstein no estuvo de acuerdo cuando el chico quiso estudiar ingeniería, según Zev Rosenkranz, editor de Einstein Papers Project. En una reedición del conflicto con sus padres ante su noviazgo con Mileva, ni Einstein ni su mujer estuvieron de acuerdo con la chica que Hans había elegido para compartir su vida. Pero Hans casó con la filóloga Frieda Knecht, con quien tuvo tres hijos. Murió de un infarto en 1973

En cuanto a Einstein y a su segunda esposa y prima, Elsa Löwenthal, vivieron convivieron con las dos hijas que ella tenía de un matrimonio anterior. No fue un tipo fiel. Tuvo numerosas aventuras amorosas de las que se identifican seis, Estella, Ethel, Toni Mendel, Margarita Konenkova, que era una espía rusa, y otras dos mujeres conocidas solo por sus iniciales L y M. También se sintió atraído por su hijastra Ilse, hija del primer matrimonio de su mujer, Elsa Löwenthal, que murió en 1936, a los sesenta años.

Lo de una espía rusa en las sábanas del científico tiene sentido, porque Einstein fue un factor decisivo en lograr que el presidente Franklin D. Roosevelt se decidiera a brindar todo el apoyo financiero y técnico al Proyecto Manhattan, que diseñó la primera bomba atómica y arrojó dos de ellas en Japón para apurar el final de la guerra en el Pacífico. Einstein se defendió de la acusación de ser uno de los padres, el principal, del proyecto atómico: “Los físicos que participaron en la construcción del arma más tremenda y peligrosa de todos los tiempos, se ven abrumados por un similar sentimiento de responsabilidad, por no hablar de culpa. Nosotros ayudamos a construir la nueva arma para impedir que los enemigos de la humanidad lo hicieran antes, puesto que, dada la mentalidad de los nazis, habrían consumado la destrucción y la esclavitud del resto del mundo”, dijo en un célebre discurso por radio en diciembre de 1945. Lamentó haber hecho lo que hizo, pero no se arrepintió. Eso de lamentar sin arrepentirse es una revolución en lo moral digna de una fórmula del tipo E=mc2.

El 16 de abril de 1955 sufrió la rotura de la aorta abdominal y casi muere desangrado. Su amigo, el cirujano Rudolph Nissen quiso operarlo, lo había hecho ya en 1948 para reforzar los tejidos. Pero Einstein se negó: “Quiero irme cuando quiero. Es de mal gusto prolongar la vida de manera artificial”. Murió dos días después, en el hospital de Princeton. Tenía 76 años. Fue cremado, según él mismo dispuso, y sus cenizas arrojadas al río Delaware.

Fue un genio. Estudiaron su cerebro y concluyeron que Einstein tenía más células gliales que el común de los mortales. Las células gliales son más chiquitas que las neuronas, las triplican en cantidad y, digámoslo a lo bestia, ayudan a que las neuronas funcionen mejor. También fue un trueno que dejó un tendal de heridas a su paso por el amor, la convivencia, la paternidad, el entendimiento íntimo.

Fue un detractor de dictaduras y de gobiernos y sistemas autoritarios, un judío convencido y orgulloso de su condición, un tipo coherente que defendió siempre la libertad porque juzgaba, y lo dijo, que era la libertad la fuente del progreso y el bienestar. Quien quiera oír, que oiga.

Dejó muchas frases famosas, célebre y reiteradas. Una suena como una chicharra, con esa dosis de humor disfrazado de lamento: “¡Qué época triste la nuestra! Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio”.
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