Salud mental y Covid-19: cómo la pandemia nos cambió a millones

Por:Alba Santana

Desde marzo de 2020, la pandemia de Covid-19 ha tenido repercusiones directas en la salud mental de la población mundial. El estrés por el encierro, el miedo y la pérdida de seres queridos ha aumentado los índices de depresión, ansiedad y estrés-postraumático. Desde América Latina a Europa, son múltiples las historias de personas que han sufrido psicológicamente debido al Covid-19.

S. J.* pensaba que la pandemia nunca llegaría a Perú. Pero cuando volvió al país, tras una temporada en Europa, se dio cuenta que el virus había traspasado las fronteras del Viejo Continente. Era septiembre de 2020 cuando pisó su nación natal, donde se encontró con un confinamiento total y con la histeria generalizada por el miedo al Covid-19.

Las calles de Lima se habían llenado de gente de a pie vestida con mamelucos -trajes integrales contra el virus- y, según cuenta, el ambiente en la capital era «pesado». La situación epidemiológica en Perú estaba empeorando a la par de la presión psicológica como en muchos otros países a lo largo del mundo. En el entorno de S. J. cada vez más personas contraían el virus: amigos, familiares, conocidos…

«En un momento me vi rodeada de gente enferma y pensé que solo era cuestión de tiempo que me tocara a mí o a mi familia», señala al recordar el final de la primera ola del virus en el país.

En Perú, la primera ola del virus -con su pico de muertos en julio de 2020- ya había puesto al sistema sanitario contra las cuerdas. Pero fue la segunda, tras las vacaciones de Navidad, en enero de 2021, la que llevó a los centros sanitarios al colapso total.

A partir de esa fecha, la pesadilla empezó para muchos, también para S.J., después de que su tío contrajera la enfermedad en marzo. Según el Ministerio de Salud de Perú, el 11 de marzo de 2021, de las 2.793 camas de Unidades de Cuidado Intensivo (UCI) disponibles en el país, 2.666 estaban ocupadas. Encontrar un lugar en la UCI se convirtió en una carrera a contrarreloj para muchas familias.

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En esta foto de archivo del 23 de septiembre de 2020, Elizabeth Alvarado llora sobre el ataúd de cartón que contiene los restos de su esposo Víctor Arguelles, quien murió por complicaciones relacionadas con el Covid-19, en el cementerio de El Ángel en Lima, Perú.
En esta foto de archivo del 23 de septiembre de 2020, Elizabeth Alvarado llora sobre el ataúd de cartón que contiene los restos de su esposo Víctor Arguelles, quien murió por complicaciones relacionadas con el Covid-19, en el cementerio de El Ángel en Lima, Perú. © Rodrigo Abd / AP

«Mentalmente fue muy pesado, porque era correr y luchar para salvar a alguien y no tener nada a tu favor. Además de tener la sensación de que si no salía bien era tu culpa», subraya la peruana sobre la pugna por encontrar un lugar para ingresar a su tío.

Con ansiedad por encontrar oxígeno para su pariente, la familia de S. J. -como cientos más- intentó comprarlo vía Internet. Pero, sin camas UCI y con escasez de tanques de oxígeno en la ciudad, su pronóstico empeoró. El médico que los atendía les recomendó encontrar una plaza en cuidados intensivos para el enfermo pero, a pesar de la intensa búsqueda en redes sociales y de la difusión de anuncios, no lo lograron.

Tres días después de haber contraído el virus y tras rogar delante de la puerta de un hospital en Lima, la familia logró que lo aceptaran en un centro, aunque sin garantizarles oxígeno ni una cama en la UCI. Días más tarde, su tío murió en una sala de espera.

«Pensé: ¿pude haber hecho algo más para que sobreviviera? Pero ahora lo pienso y no tiene sentido preguntarse eso, porque no hay una respuesta», sostiene la afectada, que tuvo problemas para procesar la gravedad de lo sucedido.

Con este tipo de situaciones de estrés, la pandemia ha dejado en evidencia la problemática para recibir un buen tratamiento psicológico en función del país. Las cifras muestran una desigualdad muy aguda: cerca de la mitad de las naciones del planeta cuentan con planes nacionales para abordar esta temática y tan solo un cuarto con este tipo de atención en el bloque de atención primaria.

Como el del tío S. J., hay miles de casos. Personas que no consiguieron ingresar en la UCI cuando su vida dependía de ello, pero también, como S. J., aquellos que vieron morir a varios familiares y otros a los que la incertidumbre constante ha llevado a su límite mental. Precisamente, de este grupo, los que fueron conscientes y disponían de los recursos necesarios recibieron ayuda psicológica, miles nunca tuvieron esa opción.

Las secuelas mentales de la pérdida, la incertidumbre y el confinamiento

Con el tiempo, S. J. procesó lo sucedido, pero el miedo a que el episodio se repitiera se quedó. Un malestar que muchas personas compartían con ella y que llevó a que su grupo de amigos se planteara comprar una máquina de oxígeno, por si alguien llegara a necesitarlo.

«Vivíamos en el constante ‘por si acaso’. Tampoco eliminé los contactos de la gente que vendía tanques de oxígeno, por si llegaba a necesitarlos de nuevo», dice recordando la angustia del momento.

La pandemia me enseñó a valorar las pequeñas cosas de la vida

Para millones de personas, la ansiedad, el estrés y los sentimientos de culpa se han convertido en algo cotidiano durante la crisis sanitaria. En el caso de S. J., la terapia psicológica la ayudó a gestionar el sentimiento de responsabilidad y la ira por la pérdida de su ser querido.

«También, aparte de la necesidad de ayuda psicológica, en ocasiones, la pandemia me enseñó a valorar las pequeñas cosas de la vida. Cosas como tomar un café con mi madre, recibir un abrazo o estar con mis amigos», apunta respecto a cómo la pandemia ha cambiado también la forma de ver la vida de los demás.

Pero, lejos de las consecuencias positivas en general, el desgaste que generó en muchos el confinamiento y la sensación de impotencia ante la pandemia se han traducido en el deterioro de la salud mental de la población -entendiéndola como el bienestar psicológico, emocional y social de las personas-.

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En esta foto del lunes 22 de junio de 2020, Agustina Cañamero, de 81 años, y Pascual Pérez, de 84, se abrazan y se besan a través de una pantalla de plástico para evitar contraer el Covid-19 en una residencia de ancianos en Barcelona, España. Incluso cuando viene envuelto en plástico, un abrazo puede transmitir ternura y alivio, amor y devoción. El miedo que se apoderó de Agustina Cañamero durante los 102 días que ella y su marido de 84 años pasaron separados físicamente durante el brote de Covid-19 en España.
En esta foto del lunes 22 de junio de 2020, Agustina Cañamero, de 81 años, y Pascual Pérez, de 84, se abrazan y se besan a través de una pantalla de plástico para evitar contraer el Covid-19 en una residencia de ancianos en Barcelona, España. Incluso cuando viene envuelto en plástico, un abrazo puede transmitir ternura y alivio, amor y devoción. El miedo que se apoderó de Agustina Cañamero durante los 102 días que ella y su marido de 84 años pasaron separados físicamente durante el brote de Covid-19 en España. © Emilio Morenatti / AP

Según un estudio de la revista científica ‘The Lancet’, los casos de depresión grave y ansiedad se incrementaron un 28 % y un 26 %, respectivamente en todo el mundo. Los más afectados, las mujeres y los jóvenes.

Actualmente, uno de cada siete jóvenes entre los 10 y los 19 años vive con una enfermedad mental diagnosticada, una situación agravada por el confinamiento, la pérdida de seres queridos y el miedo a contraer el virus. En todo el mundo, 46.000 jóvenes en ese rango de edad se suicidan anualmente.

La primera línea de la pandemia: el personal médico a cargo de salvar vidas

«Ves cómo los pacientes y cómo tus compañeros de trabajo van cayendo poco a poco», dice Rosa Vizdómine, enfermera española de 25 años, señalando una situación que le ha tocado vivir a otras personas de su profesión.

En España, fue mucha la presión que recayó sobre la primera línea de la pandemia: el personal sanitario. Los datos muestran que uno de cada cinco trabajadores de la salud ha experimentado algún trastorno de salud mental debido a la crisis sanitaria; el 27 % depresión, el 22 % ansiedad y el 21,5 % síndrome de estrés post-traumático.

La primera enfermera que murió en España lo hizo en el País Vasco. «Parecía que estábamos de luto, sentías el virus muy cerca», recuerda Vizdómine, que estuvo en la planta de Covid-19 de un hospital de ancianos de la región durante la primera ola de la pandemia.

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Un médico sostiene la mano de un paciente con Covid-19 en cuidados intensivos en el Hospital del Mar de Barcelona la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI), en España, el 5 de noviembre de 2020.
Un médico sostiene la mano de un paciente con Covid-19 en cuidados intensivos en el Hospital del Mar de Barcelona la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI), en España, el 5 de noviembre de 2020. © Emilio Morenatti / AP

Para ella, el día más duro empezó como cualquier otro. Pero durante esa jornada lanzaron un aviso desde la morgue de su centro hospitalario: si una sola persona más moría, no habría espacio para almacenar su cuerpo. Entre otros recuerdos duros, destaca ver cómo muchos enfermos llegaban muertos al hospital, así como la presión de decidir si mandar o no a un paciente a la UCI. Algo que muchos no soportaron.

“Pregunté si podíamos mandar a una persona a la UCI y me dijeron que estaban colapsados. Era una persona mayor, pero de vida autónoma y por tener más de 60 años no aceptaron”, remarca mientras detalla cómo muchos compañeros radicados en la planta UCI tuvieron que pedir un cambio, ya que no soportaban situaciones como tener que escoger a quién ingresar en función de la edad.

Escuchar los llantos al otro lado del teléfono y tener que decir que no podían venir a ver el cuerpo fue de lo más duro

Situaciones difíciles con las que ella y muchos otros enfermeros tuvieron que lidiar, como comunicar la muerte de los pacientes a sus familiares. «Escuchar los llantos al otro lado del teléfono y tener que decir que no podían venir a ver el cuerpo fue de lo más duro», sostiene a la vez que señala que muchas personas, a pesar de tener familia, murieron y fueron enterrados solos.

No obstante, la mayor presión mental aumentaría todavía más para el personal médico durante la segunda ola del virus, a partir de septiembre de 2020. La media de edad de las muertes bajó y el miedo a contraer el virus y pasarlo a familiares, un temor común entre el personal sanitario, aumentó.

“Vi cómo gente joven que venía al hospital andando, terminaba entubada media hora más tarde», evoca Vizdómine, que fue trasladada a Barcelona, una de las ciudades más afectadas de España durante la segunda ola del virus.

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Francisco Espana, de 60 años, mira el mar Mediterráneo desde un paseo junto al "Hospital del Mar" en Barcelona, España, el viernes 4 de septiembre de 2020. Francisco pasó 52 días en la unidad de cuidados intensivos del hospital debido al Covid-19, pero los médicos le permitieron pasar casi diez minutos en la orilla del mar como parte de su terapia de recuperación.
Francisco Espana, de 60 años, mira el mar Mediterráneo desde un paseo junto al «Hospital del Mar» en Barcelona, España, el viernes 4 de septiembre de 2020. Francisco pasó 52 días en la unidad de cuidados intensivos del hospital debido al Covid-19, pero los médicos le permitieron pasar casi diez minutos en la orilla del mar como parte de su terapia de recuperación. © Emilio Morenatti / AP

Para Rosa y muchos de sus compañeros, el trabajo conllevó secuelas psicológicas. La soledad y el sentimiento de frustración se volvieron cada vez más recurrentes y solo se disiparon tras recibir terapia psicológica.

«A pesar de que el psicólogo me parece indispensable, sentía que me entendía incluso más la gente del propio gremio», señala. Tras la pandemia, ha cambiado su forma de percibir la vida y la muerte. «Normalizamos ver morir a la gente, éramos un tanatorio», dice con tristeza.

Son muchos los expertos que opinan que la pandemia de Covid-19 ha derivado en una «pandemia» de salud mental. Actualmente, miles de personas en todo el mundo siguen necesitando ayuda por el deterioro de su salud mental tras la crisis sanitaria. Y, debido al déficit en los sistemas de salud pública, muchos de ellos nunca llegarán a recibirla.

*Nombre oculto a petición de la fuente

Origen: france24.com

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