El boom de No miren arriba: la fórmula del éxito de una película “del montón” que abrió una nueva grieta

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De un lado, millones de espectadores. Del otro, críticas impiadosas.

En el centro, un dream team actoral y una historia que da que hablar.

Eduardo Slusarczuk

«La gente quiere leer a favor», me dijo un par de años atrás el responsable de decidir qué publicar en una de las editoriales más importantes de la Argentina. «Tu propuesta tiene dos problemas: se mete con un tema que puede generar incomodidad en un sector que ahora tiene mucho apoyo, y te va a jugar en contra; y seguramente eso tampoco va a empujar las ventas», concluyó. Lapidario.

El episodio, absolutamente real, sirve tal vez para entender por qué la comedia satírica No miren arriba, de Adam McKay, se convirtió en una de las vedettes del streaming de fin de año, a partir de su llegada a la pantalla de Netflix, un par de semanas atrás. De hecho, según la plataforma, este último martes el filme lideraba sus charts en 94 países. También, lapidario.

Sin embargo, a pesar de lo incontrastable de las estadísticas, una buena cantidad de críticas negativas balancea las opiniones; en algunos casos, sin piedad alguna. En The Guardian, Pete Bradshaw lo asocia con un sketch del programa Saturday Night Live, sólo que de 148 minutos; en tanto que Carlos Boyero, en La Vanguardia, sentenció que No miren arriba es una “película fácilmente olvidable”.

Entonces, si ambos tienen algo o bastante de razón, que sí la tienen, por qué son tantos millones los que se ubican del otro lado de la grieta dispuestos a defender a capa y espada una comedia que, por cierto, si bien por momentos resulta muy divertida, finalmente apenas si confirma la estirpe de sus protagonistas, que imponen sus virtudes actorales.

Ahí es, precisamente, donde entran a tallar los factores de una fórmula que da grandes dividendos. Aún cuando se trate de una historia menor, llena de lugares comunes y embadurnada de una gruesa pátina de corrección política, eso que de ambos lados de la grieta -especialmente del «bueno»- dicen aborrecer, pero que la mayoría ejerce con especial devoción.
Estereotipos para todos los gustos

«Una presidenta alter ego de Donald Trump, un mundo que no hace caso a los científicos y un gurú de la tecnología que solo piensa en sacar el mayor rédito de las desgracias», describe el cuadro de situación el periodista Gregorio Belinchón en La Vanguardia.

Si traducimos a nuestra lengua, podríamos hablar de une presidente con demasiado ego, muchos humos y pocas luces, una bandada (o manada) de negacionistas alterados y un par de empresarios o parientes amigotes del poder que buscan agrandar sus kioscos aprovechándose de las desgracias. Nada que no conozcamos bien de cerca, sin grieta que valga.

Con esa fórmula, sin duda ideal para regocijo del morbo y confirmación de las ideas propias, y un reparto liderado por Leonardo DiCaprio y Jennifer Lawrence y coronado por Meryl Streep, Cate Blanchett, Mark Rylance, Timothée Chalamet, Ariana Grande y Kid Cudi, Netflix y en este caso McKay y compañía salieron a la cancha sin más riesgos que el de alguna crítica profesional.

Como si fuera poco, la pandemia potenció el «mensaje» del filme, cuyo rodaje debió ser aplazado en abril de 2020 a causa del bicho maldito, que terminó por ser su aliado en la extrapolación de la historia del cometa que nos va a matar a todos con el virus que amenaza nuestra existencia.

Es interesante, en ese marco, lo que señala Belinchón. «Con este listado -habla de los protagonistas- se cubren las edades de cualquier usuario de redes sociales y de los integrantes de las familias que hayan visto el filme en la plataforma», dice. Y sí, en cualquier casa alguien sentirá interés por ver en acción a alguno de sus «referentes».

Un plan a prueba de fallas

Varios de ellos revelaron, además, que el director les dio bastante espacio para la improvisación, lo cual no queda del todo claro si fue una especie de genialidad de su parte en pos de conseguir exprimir al máximo la creatividad de los artistas, o una simple estrategia para no interferir en medio de tanto talento con alguna metida de pata que arruinara el combo.

La trama de No miren arriba no es muy distinta a cualquier otra que comienza con el descubrimiento, por parte de la ciencia -en este caso, como en muchos otros, el responsable del hallazgo es un aspirante a doctor-, de una amenaza que podría acabar con el mundo. Y que destaca la mirada sesgada de la clase política, mucho más interesada en cuidar su quintita que en salvar a la humanidad.

De paso, la peli pone en el centro del tablero a los medios de comunicación e información, mucho más interesados en entretener y mantener o aumentar sus niveles de audiencia que en profundizar el análisis de los temas que se abordan. Blanco fácil, en tiempos en los que un tuit se convierte en nota y una radio oficial invierte 10 minutos de seriedad en desarrollar una fake news sobre Jorge Luis Borges.

Con ese plan, nada puede fallar. Y parece no estar fallando. Al fin de cuentas, con un par de adaptaciones, el «argumento» de No miren arriba aplica a cualquier causa noble de las que andan dando vueltas por ahí. Del cambio climático a la megaminería, pasando por el coronavirus como factor determinante de nuestra cotidianidad, se trata de ajustar algunas clavijas para que el filme suene afinado.

Y los palos, por las dudas y como bien señala el periodista español, son para todos. Si hasta lo que él llama el sector «buenista» queda en ridículo, cuando la mayor acción de respuesta ante la inminencia de la catástrofe, de parte los sectores más «sensatos» de la grieta que presenta el filme, se reduce a un show de la cantante Riley Bina (Ariana Grande).

Algo parecido a pensar que ir a ver al chancho floydeano anticapitalista sobrevolar las cabezas de quienes pagaron(mos) una pila de billetes por ver a un artista fenomenal que alterna el vivo con el playback, y por corear con él que no necesitamos que nos controlen el pensamiento mientras ojeamos los likes que recibió la foto del chancho que posteamos hace tres minutos, nos acerca a la revolución.

En verdad, tal vez sea ese uno de los pasajes más jugosos de la película, en el cual la bendita corrección política queda, tal vez involuntariamente, algo atenuada, y entre líneas quedan expuestos los hilos de la puesta en escena del circo universal. Pero a no preocuparse: es apenas un ratito y no molesta a nadie.

E.S.
CLARIN

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