Narcomenudeo y deterioro social

Por Juan Alberto Yaría »

“…la dictadura del futuro no necesitará de bayonetas y de métodos de terror… bastaran seducción, drogas y publicidad” (Aldous Huxley)

La distribución de drogas a través del narcomenudeo tiene distintas vías y tiene que ver con la expansión creciente del consumo, su naturalización y la consiguiente aceptación social como una nueva pauta cultural sin tener en cuenta daños y consecuencias. Estas son cada vez más visibles no solo en el aumento de las enfermedades adictivas con daños neurológicos y psiquiátricos sino en la violencia social. A mayor cantidad de consumidores mayor facilitación del microtráfico que busca acercar nuevos consumidores en niños y escuelas. Progresivamente el tráfico de drogas se une al crimen organizado como ocurre en Rosario.

La ausencia de políticas preventivas (prevención escolar, familiar, detección precoz ante los primeros síntomas, atención antes de que avance la enfermedad, sistemas asistenciales validos) va unido a esta naturalización del consumo y al avance del deterioro humano y la vida comunitaria.
Los intentos de legalización de la marihuana como en Uruguay llevaron al aumento del consumo de otras drogas como la cocaína en donde figura en América del Sur en primer lugar de ingesta junto a Argentina y en ese país el mercado ilegal la vende más barata que en las farmacias. Lo mismo sucede en California, en Colorado (U.S.A) mientras en Holanda se limitan los Coffe-shops de venta de esta sustancia psicoactiva.

La legalización de la marihuana (como la venta en farmacias en Uruguay) no termina el problema, sino que recién comienza otra etapa más crítica. Como manifestó la “Pastoral de Curas Villeros” la droga y su venta está legalizada “de hecho” en nuestro país.

Así aumenta la demanda de sustancias; hay motivos sociales, culturales, familiares y de crisis de identidades colectivas. A mayor demanda se diversifica la oferta. El narcomenudeo adquiere, así, características cada vez más novedosas. Si esto es así deben aumentar los puntos de oferta por una ley económica (Wapp, Instagram, Facebook, delivery a domicilio, etc.) se convierten en instrumentos tecnológicos útiles para la proliferación de la enfermedad sin tener en cuenta consideraciones éticas y de salud. El “after beach” actual, que culmina a media mañana, tiene no solo incidencia en la transmisión del Covid, sino que implica una clientela enorme para estimulantes y su venta.

El llamado “soldadito” adquiere, así, características diferenciadas. Ante el aumento de la demanda promovida desde distintos sectores las bocas de oferta deben aumentar y máxime en épocas de pandemia en donde ante el miedo y la incertidumbre muchos parecen “huir hacia adelante”.

El narcomenudeo adquiere características cada vez más novedosas. El joven (habitualmente) consumidor necesita dinero y revende a otros y con ello asegurando así su propia dosis. Esto sucede ya en todas las clases sociales; aspecto novedoso desde hace unos años ya que esto ocurría habitualmente en lugares de alta vulnerabilidad social.

Hoy también el consumidor ya dependiente forma parte de un engranaje con el narco que le ofrece duplicar el capital a través del juego (ruleta, venta de objetos robados, etc.); esto en muchos casos fracasa y la deuda con el “antisocial” que maneja el negocio se transforma en amenazas de muerte a él y a sus familiares. Así comienza una saga digna de una película americana de los 90 en donde un “Al Pacino” vernáculo tiene distintos “sicarios” que aprietan y amenazan a todo el grupo. Las historias que escuchamos en nuestros consultorios superan la capacidad de imaginación.

Las “cooperativas familiares” de venta y producción son una realidad, así como también las plantaciones de marihuana en jardines que sirven a los fines de consumo personal pero también se pueden transformar en miniemprendimientos de venta barrial o de trueque por otras sustancias.

El narcomenudeo forma parte del negocio de distribución y el adicto es una parte de este engranaje y además él mismo se oferta ya que su necesidad es imperiosa por los compromisos de su personalidad con el consumo y los cambios electro-químicos cerebrales que aumentan la apetencia adictiva (disminución de los controles del lóbulo frontal y la urgencia de los sistemas de recompensa y placer). Otro de los elementos en juego es la vigencia de los llamados “aguantaderos” en distintos barrios desde Palermo Chico hasta los barrios populares; se habilita un lugar (departamento-casa) y para entrar hay que traer drogas que cuando se acaban tiene que retirarse. Se juntan muchos que entran y salen y desde ahí se pueden ver las historias de deterioro y perversión más variadas según comentan los pacientes en rehabilitación.

VIOLENCIA SOCIAL

Van generándose hechos sociales de violencia que se suceden a gran velocidad, pero como pasa en las sociedades mediáticas y aceleradas una noticia tapa a la otra. En las Navidades en una fiesta en la calle en Lomas de Zamora donde había más de 500 personas una banda de venta de drogas entró y en “vendetta” mató a una persona e hirió a varios. Eran miembros de una “barra brava” que se disputaba ese territorio ansiado ávido de pastillas y estimulantes frente a otra “barra brava”.

Suceden hechos como el de Palermo en el fin de año en donde un conductor que dio positivo en el narcotest de marihuana atropelló a varios ciclistas y mató a uno de ellas.

Culturalmente se promueve el consumo de esta droga con un marketing muy claro desestimando los efectos psicoactivos, los trastornos conductuales y máxime en el manejo de autos y medios de movilidad.

INICIO DE LA DEVASTACIÓN

A principios de los 2.000 nuestro país sufre una invasión de oferta de sustancias con un declive de los programas asistenciales (se van limitando las aperturas e incluso prohibiendo) y la caída de programas preventivos globales que tomaran el espectro socio educativo -familiar y escolar y va triunfando una cultura de la aceptación social de las drogas. Esto alimenta aún más la oferta al no existir una cultura preventiva que opere como un sistema inmunológico de raíz social.

Todo esto es paralelo a la emergencia de una “América no soñada” en donde la producción de drogas se va convirtiendo en una fuente de ingresos alto, así como el control de fronteras y explotando a “Estados Fallidos”.

El narcomenudeo a lo largo del período 2010-2014 tuvo un incremento en la percepción de la existencia del mismo y por consiguiente de la venta de drogas en los barrios; al mismo tiempo esto iba ligado al déficit de la presencia estatal y a las pocas posibilidades que empezaba a presentar el mercado de trabajo.

Esto va aumentando en el período 2015-2017; en otras palabras, se incrementa de manera significativa la proporción de hogares que perciben de manera directa o indirecta que en su barrio se venden drogas ilegales. A finales de 2016, casi 5 de cada 10 hogares identifican la venta o tráfico de drogas en su calle, manzana o barrio. Son datos del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la Universidad Católica Argentina – Fundación K. Adenauer (2017).

Los valores en el registro de venta de drogas son más altos en las regiones urbanas de mayor concentración de población (el AMBA y la región Pampeana), así como también en el norte del país (NEA y NOA). Por otra parte, las regiones que registraron mayor crecimiento entre 2010-2016 fueron AMBA, Patagonia y el NEA.

Por otra parte, si bien el registro de venta de drogas tiende a ser más alto en los espacios con baja presencia policial, el problema se incrementó de manera independiente de este factor.

La pandemia desde el 2020 incrementó aún más los síntomas de ansiedad, la crisis de escolarización y de fuentes de trabajo generando también un aumento de la oferta como fuente laboral (narcomenudeo) y de la demanda por el malestar psicológico creciente.

En los últimos siete años se registra un incremento de tasas de consumo de alcohol en la franja etaria más joven (12-17 años), que es consistente con la también registrada baja en la edad de inicio de consumo. En las franjas etarias más jóvenes (12-24 años) se registran además los niveles más altos de consumo problemático de alcohol. Para la población relevada por la Sexta Encuesta Nacional a Estudiantes de Enseñanza Media Argentina, el consumo problemático alcanzó al 50% de la población consultada, que registra prevalencia en el consumo en el último año o mes. Superamos a U.S.A. en consumo juvenil de alcohol según datos de la CICAD-OEA.

El estudio sobre consumo de alcohol para estudiantes universitarios de la Universidad Nacional de Mar del Plata (2017) revela que cerca de la mitad registra situaciones de episodios de consumo excesivo y otras prácticas de consumo problemático. Por otra parte, se destaca el hecho de que la incidencia del consumo de otras sustancias psicoactivas para esta población resulta sensiblemente mayor para los que registran alguna forma de consumo problemático de alcohol.

En estudios en el Gran La Plata; 6 de cada 10 jóvenes saben dónde comprar drogas; la marihuana es de fácil acceso y la marihuana y la cocaína está cerca de los amigos (6 de cada 10 y 3 de cada diez) (Observatorio de la Deuda Social Argentina-U.C.A.).

Entre esos años de venta de drogas en los barrios se incrementó un 50% llegando este reconocimiento al 45% de los hogares urbanos. La evolución tuvo un incremento abrupto entre los años 2010 y 2014 para experimentar posteriormente un aumento constante del 30 al 45%.

LA CAIDA DE LA VIDA FAMILIAR

La entrada del consumo en la vida familiar es una realidad clínica (padres internados con sus hijos, hermanos, primos, etc.) y esto es paralelo a la caída de la noción de parentesco como producto de la postmodernidad y el joven queda naufragando en la Identidad colectiva en un mundo de “nadies” sin orientación. En nuestros registros el 40% de los tratados tienen familiares en carrera adictiva. La naturalización del consumo “pega” fuerte en el ámbito de las proximidades familiares alentando el deterioro educativo y el consumo por imitación.

A veces y los consumidores son padres que operan como modelos negativos a seguir y así se genera una falta de pertenencia y de Identidad. También es común el desempleo y la deserción escolar y la alta incidencia de conflictos y violencia en el núcleo familiar.

Las adicciones severas en el hogar son mayores según la calidad de empleo del jefe de hogar (baja del empleo pleno, aumento del empleo precario, subempleo, desocupado, inactivo). En “empleo precario o inactivo” la venta de drogas es alta y se ha convertido en una fuente de ingresos.

Vivir en un hogar con problemas de consumo de sustancias y alcohol es un predictor significativo de malestar psicológico, mala calidad de sueño, infelicidad y carencia de red social. Las personas que viven en hogares donde la adicción al alcohol está presente tienen más chances de estar bajo tratamiento psicológico/psiquiátrico y sentirse sin apoyo de familiares o amigos que les demuestren afecto, que los aconsejen frente a problemas o los ayuden en cuestiones domésticas.

Además, convivir en un contexto de alcoholismo duplica las posibilidades de tener fallas en las estrategias cognitivas para enfrentar circunstancias externas y, a esto, se agregan carencia de proyectos personales. Las situaciones de violencia y la percepción de inseguridad son condiciones altamente probables de presentarse entre los hogares que registran estar bajo problemas por altos consumos de alcohol. No hay estrategias evitativas de afrontamiento de situaciones de consumo y el paciente tiene la creencia de estar sometido a un destino que no puede modificar.

Juan Alberto Yaría
  • Director general de Gradiva – Rehabilitación en adicciones

Origen: totalnewsagency.com

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