MIGUEL WIÑAZKI – NIÑA VOLADORA DE KIEV

Una mujer joven toma a su hijita de meses en los brazos. En carro y luego caminando, trajina desde su barrio hasta un cuartel militar en Kiev. La mujer alza lo más alto posible a la bebé. Tomando impulso la lanza hacia arriba, al aire, para volver a recogerla. La chiquita se despatarra un poco, subía y bajaba como ingrávida. Vuelve a lanzarla su mamá, alto, lo más alto posible y la retoma en sus brazos.

Esa niñita que volaba era mi abuela Cecilia. Detrás de un paredón que circunvalaba el cuartel, estaba su padre, el padre de Cecilia, Pedro, movilizado para alguna de las tantas guerras, de las primeras décadas del siglo XX.

La leyenda familiar indica que Pedro necesitaba tantísimo ver su hijita, pero que le dolía tanto la separación obligada por la milicia, que desertó quien sabe cómo, del ejército.

Con su mujer, Raquel, y con Cecilia, llegaron a la Argentina después de travesías insondables y se instalaron en Avellaneda.

Cecilia se casó aquí.

Mi abuelo paterno, su esposo, se llamaba Miguel Wiñazki. No lo conocí. Murió antes de que yo existiera. Él había nacido cerca de Kiev. Llegó a la Argentina a los tres años. Me cuentan que era esencialmente porteño, conocedor del tango y del billar.

Trabajaba para una empresa alemana llamada Acen Clever que producía artículos de ferretería. Cuando finalizó la guerra Acen Clever se fundió, y allí empezaron las penurias de Miguel Wiñazki.

Miguel Wiñazki y Cecilia Margulis tuvieron siete hijos. Uno de ellos, mi padre.

Solo vi un par fotos de Miguel: malla enteriza y atlético en Mar del Plata.

Y también vi mi nombre en su lápida tallado en la piedra de la tumba cuando fui por primera vez al cementerio. Me impresionó. Nuestro nombre, la vida y la muerte.

Mi abuelo materno; Manes Baires había nacido en Kiev o cerca de Kiev. Entiendo que su apellido en Ucrania no era Baires. Al llegar al puerto de Buenos Aires en 1925 lo castellanizaron.

Su mujer Olga Tjor, mi abuela materna, nació en un pueblo que se llama Kovel. Los conocí a ambos, a Manes y a Olga. Ella no sabía leer ni escribir. Pero hablaba cinco o seis idiomas.

Nunca encontré una traducción sensata para el nombre de mi abuelo; Manes, pero me recuerda al inspirador homónimo de la filosofía del maniqueísmo, precisamente llamado Manes, un sabio persa que vivió en el siglo III d.C.

Mi abuelo Manes también me enseñó que el bien y el mal no son relativos.

Fue movilizado en la guerra del 14 para el ejército ruso. Lo tomaron prisionero los alemanes. Estuvo tres años preso a pan y agua.

Singularmente me aconsejaba: “Miguelito, si te llegan a encarcelar los alemanes, no te comas el pan al primer día porque te morís. Te dan un un pan por semana. Tenés que partirlo en siete pedazos. Uno por día”.

Falleció cuando yo tenía doce años. Un día, por supuesto, le pregunté por qué habrían de encarcelarme a mí los alemanes.

Me respondió:

─Vos acordate de lo que te digo.

Tengo en mis manos su pasaporte. El abuelo me observa desde el tiempo. Por supuesto, era joven cuando le tomaron la foto.

El pasaporte de mi abuelo.

Claramente se lo nota humilde, la ropa barata, el cuello de camisa campesina está doblado, una corbata anudada como un pañuelo de domador. El abuelo era domador de caballos.

No se podía vivir allá en Ucrania entre hambrunas, guerras y persecuciones.

Pero los pueblos cambian. Alemania es hoy democrática. Y Ucrania es mayoritariamente una nueva identidad democrática también y diversa en sí misma. Putin no puede soportarlo.

Me contaron que cuando subió al tren que lo sacaría de Kiev, mi abuelo Manes vio cómo su madre, la madre de mi abuelo, arrancó en medio de su llanto un jirón de la ropa de su nieto mayor, del hijo del abuelo, mi tío, allí en las escaleras del tren que partía. Ella, mi bisabuela, en el andén porque allí se quedaba.

Era otro mundo. Las mujeres con la cabeza cubierta. La guerra y la paz entreveradas, pero los llantos ante las separaciones fueron y son esas heridas que se reiteran análogas.

Todos los que se quedaron entonces en Ucrania fueron asesinados luego durante el Holocausto. O quizás murieron antes, durante el Holodomor, el genocidio de ucranianos provocado por Stalin cuando decidió que la producción agrícola de Ucrania que era soviética fuera cedida a su ambición y demencia. Tres millones murieron de hambre.

En el pasaporte de Manes, que era un pasaporte polaco, por alguna razón vinculada a las fronteras móviles de entonces, se hace constar que hubo un pago de tres pesos oro en el consulado argentino de Varsovia para obtener la visa de ingreso a este país.

Y aquí llegaron con Olga mi abuela y dos hijos, Isaac y Dora y luego, en la Argentina, nacieron dos hijos más, León y Berta, mi madre.

Mi abuela materna Olga dejó atrás Kovel. Lo busco en las redes, hay fotos de Kovel en Internet, fotos históricas y fotos actuales.

A comienzos del siglo XX era una aldea pequeña con notables iglesias ortodoxas con cúpulas encebolladas y, ciertamente, alguna o varias sinagogas.

Kovel también siente ahora como entonces el asedio ruso.

Porque lo que sucede hoy ya sucedió.

Yo amo Rusia. Es decir, Tolstoi, Dostoyevsky, Pushkin… Como dijo Alexei Navalny, el disidente ruso encarcelado por el régimen despótico que hoy ensombrece al mundo, “Rusia es más que Putin”.

Mis ancestros observarían con asombro que un judío ucraniano como ellos, Zelensky, sea hoy el presidente de aquella tierras tan arduas.

Rogarían por su vida y por la libertad.

Fuente: Clarin

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